El Liderazgo y el Trabajo en Equipo
El Liderazgo y el Trabajo en Equipo
Uno de los libros que más me han impactado en la vida es aquel de Ken
Blanchard titulado “Un Líder como Jesús”, en el que el autor, junto con Phil
Hodges, recrea toda una conceptualización sobre el liderazgo, de la mano de la
vida de este gran líder de la humanidad: Jesucristo. Inspirado en ello, con respeto
a la Religión que profeso y toda proporción guardada con la obra del gran autor
que cito, intento explicar tanto el Liderazgo
como el Trabajo en Equipo desde una
figura que ha intrigado a mi mente desde siempre: la Trilogía del Padre, el
Hijo y el Espíritu Santo.
Según Blanchard, el Liderazgo es un proceso de influencia: Aquel que quiere
o requiere influenciar el pensamiento, el comportamiento o el desarrollo de las
personas con la intención de alcanzar una meta en sus vidas personales o
profesionales, estará asumiendo la función de líder.
Esto es válido tanto en el campo del auto-liderazgo, como en la oportunidad
de acompañar a alguien cercano, de dirigir un grupo, de buscar incidir en el
rumbo de la humanidad y en aquel de la trascendencia (de uno mismo y del
liderazgo en sí).
Para Rafael Echeverría, la figura del líder nos acerca al superhombre ya que hace de la vida un
camino de superación y trascendencia, tanto para sí mismo como para quienes le
siguen. Según Echeverría, el líder transforma el espacio social de su comunidad
y genera un ámbito en el que otros acceden a nuevas formas de ser. Es por tanto
el líder para Echeverría, la encarnación del ser social de su comunidad, pues
su posición implica el abandono de una visión individualista de sí mismo, y su
retorno a su Ser Social. Se trata de
la realización del ser individual en su ser
social.
Ser líder, por tanto, es siempre
un reto enorme, una responsabilidad que agota y una bendición que nutre. Por
supuesto que es un privilegio pero también implica un gran compromiso. Y todo
esto lejos está de tener que ver con los resultados, con las metas alcanzadas o
el beneficio económico. El Liderazgo es entre personas, para y por seres
humanos, y lo que está en juego son las personas en sí mismas, es por ello que
para el Líder es una gran distinción pero también un deber cotidiano que exige
lo mejor de sí mismo.
Y es desde esa concepción de
responsabilidad y realización personal (complementarias, inseparables,
recíprocas), que el líder es posibilidad. Es desde ahí que puede hacerse cargo
de su posición en el grupo y alcanzar la satisfacción propia de un gran artista
que disfruta su obra.
Es por ello que creo
fervientemente que los líderes de nuestro siglo deben entender, de acceder y
accionar el trabajo en equipo desde la concepción de Comunidad de Propósito. Es
decir, el “Trabajo en Equipo” no es una distinción en sí mismo, ni un
instrumento exclusivo de los equipos de trabajo, (y mucho menos su inevitable
consecuencia), sino una herramienta que permite a los miembros de la Comunidad
trabajar en armonía y complementariedad, en empatía y solidaridad, desde la
ética y la responsabilidad social, para lograr la sinergia que les impulse a
acceder a resultados espectaculares.
Ahora bien, como el presente
ejercicio no trata de expresar y menos juzgar el sentido religioso de la
Santísima Trinidad, rescato exclusivamente el misterio que encierra al declarar
que se trata de un solo Dios, manifestado en tres personas distintas e
inseparables; las tres compartiendo la misma sustancia divina. Cada una de
ellas es plenamente Dios en su manifestación; sin embargo, este Ser Supremo es
único e indivisible, no obstante la posibilidad diversa de su expresión
sublime.
Así, Dios Padre nunca está
completamente separado de Dios Hijo y del Espíritu Santo, las otras personas
divinas, por lo que se le concibe como una Trinidad (la Santísima Trinidad). Lo
anterior significa que ellos siempre existieron y existen, como tres “personas”
diferentes, pero siempre han sido y son, un solo Dios, con una única naturaleza
e identidad divina, un solo poder, una única voluntad y, por ende, una única
substancia generativa.
En resumen, Dios, siendo único, existe
simultáneamente y eternamente, como la unión de tres personas: el Padre, el
Hijo y el Espíritu Santo, quienes pudieran manifestarse como lo que son (Padre,
Hijo o Espíritu Santo), sin dejar por ello de ser, en esencia, Dios. Esto
explica porque el Padre no es el Hijo o el Espíritu Santo, el Hijo no es el
Padre o el Espíritu Santo y el Espíritu Santo no es el Padre o el Hijo. Sin
embargo, los tres (Padre, Hijo y Espíritu Santo) han sido y son, siempre y para
siempre: Dios.
Así es que, a partir de lo
anterior, retomo esta expresión de la Doctrina Trinitaria para explicar mi
visión de lo que “es” y cómo se manifiesta una “Comunidad de Propósito”, y cómo
incide en ella el Trabajo en Equipo, como herramienta principal de integración,
acción y resultado.
Inmerso en el mayor de mis
respetos por el contenido religioso de todo ello, reconstruyo el término
Trinidad desde el empirismo y la cotidianidad de lo humano.
El Ser Humano es ante todo, un Ser Social. Por tanto, no es entendible
concebirlo única y exclusivamente desde la individualidad y la diferenciación
de la Persona. Debemos entenderlo
siempre como lo que es, una porción de un sistema mucho más grande. Una
fracción que por sí misma representa algo único e irrepetible, pero que no por
ello deja de ser un miembro más (siempre diverso, siempre distinto, pero
siempre ser humano) de la Humanidad en su conjunto.
Así, para Rafael Echeverría
(Ontología del Lenguaje – Rafael Echeverría; Editorial Granica 2005, pág. 200,
203, 204), la persona representa nuestra
forma particular de ser humanos. El
autor señala que la persona es una historia sobre quiénes somos basada en las acciones que ejecutamos. Así, para él,
la existencia de la persona no sirve a ningún propósito, pero permite que
exista el propósito humano. Por tanto, siempre para el autor citado, la persona
se experimenta como unidad debido a que se vive como una unidad de experiencia.
Y sin embargo, existe algo de
nosotros que no se expresa, que transcurre oculta luchando por manifestarse, a
lo que Rafael Echeverría llama la Sombra.
Así, cada uno de nosotros tiene su Persona
y su Sombra (lo nuestro que se
expresa y lo propio pero que permanece oculto). En este trabajo en particular,
cuando yo hablo de la Persona o del Ser que soy, me refiero a esa conjunción
que tan bien explica Rafael Echeverría de la persona y su sombra.
No omito subrayar el hecho mismo
de que esta conjugación de mi persona y mi sombra no es una situación
predefinida, siempre estable e incambiable; por el contrario, se trata de una
de nuestras actividades más dinámicas que como seres humanos accionamos en la
cotidianidad. Rasgos nuestros que se muestran hoy y que en otro momento no se
manifiestan o que no lo hacen con la misma intensidad. Rasgos ocultos que
parecemos no tener, y que en un momento se manifiestan por uno mismo
considerarlo “lo más adecuado”. Por tanto, esta división dinámica, incierta,
cambiante, que cotidianamente evoluciona ya que la “historia sobre quienes
somos” (Rafael Echeverría) se va complementando y transformando día a día,
permite y provoca que ciertos rasgos propios se vayan presentando con
diferentes matices, unos se muestren y otros permanezcan ocultos según convenga
la expresión de la persona que somos para cierta circunstancia, y todo esto sin
dejar de ser “nosotros mismos”, sin perder nuestra identidad única e
irrepetible, sino por el contrario construyéndola, forjándola, día a día
conforme forjamos nuestro propio destino, conforme construimos una y otra vez
el “Ser que somos”.
Sin pretender abundar más en el
tema, baste decir que según Echeverría (Ética y Coaching Ontológico – Rafael
Echeverría; Editorial Granica 2011, pág. 32, 33), los seres humanos somos seres sociales, no sólo por cuanto lo
social representa una dimensión de nuestras vidas, sino en el sentido más
profundo de que la persona que hemos
llegado a ser es el resultado del conjunto de interacciones sociales que
hemos tenido en nuestras vidas y de los efectos que los diferentes sistemas
sociales en los que hemos participado han dejado en nosotros. Para el autor,
nuestro “Yo” es un producto social. Así mismo, Rafael da cuenta de que cuando
la persona actúa como líder, no sólo transforma el sistema social al que
pertenece; al hacerlo modifica también el
ser de muchos o incluso del conjunto de los individuos que conforman ese sistema social. Rafael Echeverría
considera a éste, uno de los rasgos más sobresalientes del fenómeno del
liderazgo, el cual, a su juicio, no siempre es adecuadamente reconocido.
Por tanto, el Líder debe tener en
cuenta que cotidianamente transforma el Ser
que es, pero al hacerlo, comúnmente (de forma consciente o inconsciente)
transforma el Ser de otros, e incluso llega a transformar el Ser de todos
(refiriéndose al alcance de su liderazgo como Líder de Líderes y de su propio
espacio humano de influencia). Es quizás ese su mayor compromiso con la
Humanidad (transformarse y transformar su entorno humano, en la búsqueda cotidiana
del bien común) y la base de su posibilidad de “Trascendencia”.
Retomando desde todas esas
consideraciones planteadas nuestro análisis, podemos decir que las personas que
están relacionadas con una organización que pretende actuar, manifestarse, accionar,
operar, hacer historia, como “Comunidad de Propósito”; como personas que son,
como el Ser que les constituye,
asumen tres diferentes marcos de posibilidad, de ejecución, de protagonismo,
tres roles básicos de acción: Líder, Seguidor y Contexto.
Y empezamos a desmenuzar el
misterio de las Comunidades de Propósito, desde el “orden implícito” de su
Trilogía Generativa. En esencia, una comunidad de este tipo no puede entenderse
sin personas. Toda Comunidad de Propósito es una entidad compuesta de personas,
generada por personas y para servir a personas. Sin embargo, también es siempre
un ente social generado e inspirado por un propósito que les es común a todos
los miembros involucrados. Es “comunidad” en tanto que las personas que la
conforman han aceptado vivir bajo ciertas reglas y dentro de un orden
establecido que les dicta el propósito que les incluye, les unifica, les
constituye y les da sentido, pertenencia, posibilidad de destino.
El propósito es la voluntad o
intención expresa de quienes forman el ente, de llegar a fin determinado, a un
resultado específico, que supera el hecho mismo del hacer y el tener, y se
coloca en la dimensión del Ser, forjando “destino”.
Si bien la vida en común y la
ayuda mutua, son características propias de las comunidades de propósito, lo
principal que les distingue es su apertura permanente al aprendizaje, su
sentido general de pertenencia y su convicción hacia el ejercicio pleno de su
responsabilidad social.
Por tanto, los personajes que distingo
en la conformación de Comunidades de Propósito son el Líder, los Seguidores y
aquel conjunto de personas que no formando parte directa de la comunidad,
indirectamente están relacionados con ellos (proveedores, gobierno, líderes
sociales, población local, “clientes”, usuarios de sus productos o servicios,
empresas de subrogación, etcétera). A todo este conglomerado, que
tradicionalmente se entiende ajeno a la organización, es el que yo llamo
Contexto, ya que representa el componente humano que se ve “afectado” por la
existencia de la comunidad sin formar parte de esta. Pero también representa un
grupo de personas cuya actuación puede “impactar” en la comunidad, no obstante
no formar parte de ella.
Así, el Líder asume la
responsabilidad en la conducción de la comunidad (entre otras muchas), mientras
sus Seguidores se esfuerzan al máximo para ejercer su papel en el accionar que
les permitirá alcanzar el propósito que les es común. Lo que yo llamo
“Contexto” estaría formado por todas aquellas personas (sin importar su rol
social que juegan, pero siempre reconociéndolo y respetándolo) que no formando
parte directa de la comunidad, influencian y son influenciados por ésta, en el
accionar cotidiano en pro del propósito comunitario.
Así, el Líder no es Seguidor, el
Seguidor no es Contexto, ni el Contexto puede ser Líder o Seguidor. Sin embargo, la
existencia de la Comunidad de Propósito depende de la existencia de estos tres
personajes, juntos, en tanto que se luche en unidad por alcanzar el propósito
determinado.
Una acotación más, aunque el
Líder no podrá ser Seguidor, en tanto que sea Líder; existe la posibilidad de
que para alguna circunstancia en particular, el Líder asuma una posición real,
aunque temporal, de Seguidor, así como de que algún Seguidor asuma la posición
de Líder para dicha circunstancia particular. Y para hacer más complicada la
paradoja, aún en ese desarrollo particular de la circunstancia determinada, el
liderazgo general no se transfiere, ya que sigue a cargo del Líder Comunitario,
quien atiende comprometidamente sus dos roles, dictando las prioridades de
expresión el propio propósito comunitario que se persigue y del cual formaría
parte, con la mayor precisión posible, el propósito específico que avala el
intercambio de roles.
Adicional a ello, cabe ser
enfático en que, simultáneamente y mientras se persiga el propósito generativo,
el Líder es Comunidad de Propósito, los Seguidores son Comunidad de Propósito,
el Contexto es Comunidad de Propósito. Y la Comunidad de Propósito no se puede
entender sin estos tres elementos activos, conjugados, aunque le sea condición inherente
que no forzosamente siempre los personajes deberán estar representados por las
mismas personas. Es así que, dentro de la comunidad, el personaje hace a la
persona, pero la persona no forzosamente hace al personaje. Es allí uno de los
mayores campos de la apertura al aprendizaje, ya que es esta posibilidad de
aprender permanente y cotidianamente, la que provoca, permite y mantiene que
cada personaje pueda ejercer asertivamente su papel, en tanto que la comunidad
se lo reclame; que las personas puedan cambiar de rol sin afectar a la
comunidad (incluso pretendiendo siempre fortalecerla) y que una persona pueda
dejar la comunidad y ser sustituida por otra persona que asumiría ese rol. Por
tanto, es esa condición de apertura permanente al aprendizaje la que permite
convertir los espacios de interacción humana, dentro y fuera (entorno,
contexto) de la comunidad, en “Lugares de Potencial Realizado”, los que agregan
valor y desarrollo en todo momento, tanto a la comunidad en su conjunto, como a
cada persona que en ella y por ella se involucra.
Es así que en la Trilogía del
Trabajo en Equipo, tanto el Líder como los Seguidores, así como las personas
que conforman su Contexto, se constituyen permanentemente y en esencia, en
Comunidad de Propósito; sin dejar de ser por ello, ni el personaje que les
corresponde ni la persona que cada uno de ellos “Es”. De esta manera es que se
posibilita la existencia de la Comunidad y de las personas que le constituyen,
dando incluso viabilidad para que aquello que le es particular a cada persona,
por su propia naturaleza intrínseca, se pueda alinear a aquello que le es
propio a la comunidad en su conjunto, para potenciar y fortalecer las
posibilidades reales de ser alcanzado. Esto posibilita el forjar con éxito el
destino común pretendido, mientras se construyen los destinos particulares que
les son propios a cada persona.
Por tanto, una Comunidad de
Propósito busca forjar destino a través de su pretensión común generativa,
mientras potencia y fortalece las
posibilidades de construir destinos particulares que pertenecen a la
individualidad manifiesta en cada persona asociada a ella. Busca que se muestre
la “mejor expresión humana” de cada persona, manifestándose por consecuencia la
“mejor expresión comunitaria”. Busca ser conformada por personas felices, para
aspirar verdaderamente a ser “una organización feliz”, basándose en la
expresión real y cotidiana del Potencial Realizado.
En advertencia, las personas que
asuman el rol de líder, no podrán ser lo que son dentro de la comunidad, fuera
de ella (al no pertenecer o dejar de hacerlo), mientras que la comunidad si
podrá ser lo que es, aún con diferentes personas. Ese es el “gran secreto” de
esta Trilogía, los líderes forzosamente deben estar presentes en el accionar de
la comunidad, pero las personas pueden ser o no las mismas, para que la comunidad
se constituya y pueda ser exitosa. Lo anterior no implica que quienes dejan de
pertenecer a una comunidad no puedan ser “personajes exitosos” dentro de
cualquier otra, o no puedan alcanzar el éxito como personas en lo que decidan
en adelante, simplemente no lo harán como el personaje que eran en la comunidad
de origen.
Es entonces, el carácter
sistémico, vinculante, relacional, asociativo, generador de identidad, comunitario
en sí mismo, de la Comunidad de Propósito, lo que le otorga primacía sobre las
demás formas de constituir organización. El líder fuera de la comunidad (sin
pertenecer a ella) es solamente “una persona” común y ordinaria. Y aunque ser
la persona que uno es no es poca cosa, ni ejercer roles determinados dentro de
un grupo (sobre todo los relacionados con el poder y la autoridad) lo es; el
líder, dentro de la comunidad (perteneciendo a ella) es un personaje
fundamental para la propia existencia de lo comunitario. El líder (en el
ejercicio pleno de su rol comunitario) es inspiración, es posibilidad (algo
mucho más valioso y ético que el simple “poder”), es grandeza, inclusión,
empatía, guía, espejo, camino a seguir, trascendencia. Su obra fundamental, la esencia de su liderazgo, es sublime,
holística, artística, virtuosa, imperecedera, exponencial, explosiva,
disruptiva, escalable, creativa, innovadora, transformadora, humana, espiritual
y, por qué no, lo más cercano a lo divino que un ser humano puede aspirar a
estar.
El Líder es el Padre, en
correspondencia y toda proporción guardada, a la Trilogía Divina. Y esto no implica que su rol sea más
importante que los otros dos, sino que su posibilidad de Ser es mayor, porque puede “ser” en sí mismo, tanto como puede
“ser” en los otros (seguidores o contexto). Así, su responsabilidad es mayor,
su capacidad de servicio debe ser sustantivamente mayor, su compromiso con la
comunidad y lo comunitario es mayor, su intención manifiesta de trascendencia
es mayor; es por ello seguramente que Rafael Echeverría lo identifica como el
superhombre, y yo creo que no hay mejor frase que lo describa que aquella que
manifestó en vida la Madre Teresa de Calcuta: “Ama hasta que te duela, si te
duele es buena señal”. Así, el líder es aquel capaz de entregarse por su
comunidad, sin reparar en el dolor que ello le pudiera implicar a su persona. Y
hablando de esta gran líder de nuestro tiempo, la Madre Teresa de Calcuta, hay
otras frases suyas que dan claridad a lo que es un líder: “Yo sola no puedo
cambiar al mundo, pero puedo lanzar una piedra a través del agua para crear
muchas ondulaciones”, “La alegría profunda del corazón es como un imán que
indica el camino de la vida”, “Nunca estarás tan ocupado como para no pensar en
los demás”, “Para lograr que una lámpara esté siempre encendida, no debemos de
dejar de ponerle aceite”, “Si eres humilde nada te puede dañar, ni los elogios,
ni la vergüenza, porque sabes lo que eres”, “No deis sólo lo superfluo, dad
vuestro corazón”, “Lo que importa es cuánto amor ponemos en el trabajo que
realizamos”. Y todo Líder que se precie de serlo siempre debe recordar: “Dar
hasta que duela y cuando duela dar todavía más”.
Es quizás esta situación de
entrega en favor de los demás lo que hace difícil de alcanzar el reconocimiento
pleno en los resultados, como líder en muchas de las organizaciones, sobre todo entre menos humanizadas éstas últimas estén. Sin embargo, es también esta condición la que
está directamente relacionada con el reconocimiento irrestricto de los subordinados
hacia un líder en especial, por lo que me atrevería a decir que aquel líder que
es querido y reconocido por sus seguidores, lo es más por sus condiciones a
favor del reconocimiento pleno de los derechos de los seres humanos a ser
tratados como tales, que por los resultados que la organización alcance en sus
pretensiones. Es de sentido común (quizás) concluir diciendo que en las Comunidades de Propósito, es el balance
adecuado entre las capacidades sobresalientes de los líderes para que sus grupos
aporten valor y posibilidad de logro en pro de alcanzar el propósito planteado,
y el reconocimiento de sus seguidores a su calidad humana y su capacidad de
guía, de entrega, de compromiso, lo que hace más valioso al líder para la
organización, ya que la comunidad considera que ambas características están
íntimamente relacionadas con la posibilidad comunitaria de alcanzar su
propósito común, su responsabilidad social y el potencial realizado, así como
el éxito en la forja de destinos comunes y aquellos relacionados con los
individuos que las conforman.
Baste agregar que algo parecido
sucede tanto para los Seguidores como para las personas que conforman el Contexto. Fuera de la comunidad son exclusivamente personas, es el buen
abordaje del rol que desempeñan dentro de la comunidad lo que les otorga la
calidad de personajes y les faculta para juntos alcanzar cosas extraordinarias.
Una vez que nos hemos dedicado
con suficiencia del Liderazgo y su
contextualización dentro de las Comunidades
de Propósito, ocupémonos ahora del Trabajo
en Equipo. Y que mejor hacerlo en la continuidad y la elocuencia de citar
frases de la Madre Teresa: “Yo puedo hacer cosas que tú no puedes, tú puedes
hacer cosas que yo no puedo”; juntos podemos hacer grandes cosas”, “Hay muchas
personas dispuestas a hacer grandes cosas, pero hay muy pocas personas
dispuestas a hacer las cosas pequeñas”, “La disciplina es el puente entre las
metas y los logros”, “Sabemos muy bien que lo que estamos haciendo no es más
que una gota en el océano. Pero si esa gota no estuviera allí, al océano le
faltaría algo”, “El trabajo sin amor es esclavitud”.
Entiendo el trabajo en
equipo como la posibilidad comunitaria de trabajar en pro de un propósito
común desde la aceptación de que en un grupo en asertividad, la
posibilidad de hacer grandes cosas es más amplia que la suma de sus
potencialidades individuales. El trabajo en equipo impulsa la
sinergia positiva que distingue y diferencia a la comunidad. Así mismo, hay el convencimiento de que en una verdadera comunidad aún los trabajos más sencillos o
las aportaciones más pequeñas son indispensables para el funcionamiento
correcto del sistema que la comunidad es (por lo que todo aporta valor y es
necesario por el bien de todos), lo que los predispone a esforzarse al máximo y dar lo mejor de sí (potencial realizado), no importa que tan sencilla sea la tarea o el valor que pueda tener para la organización. También es de señalarse que la
comunidad reconoce la aportación positiva de la disciplina en el accionar
organizacional, por lo que le otorga su lugar a su observancia irrestricta desde la convicción personal y no
desde la imposición a partir de las fuentes de poder relacionadas con la autoridad, la subordinación y la obediencia. Así las posibilidades de rechazo disminuyen grandemente.
Por último, subrayar que cada miembro de la comunidad se
sabe fundamental e insustituible en su rol, dentro de un sistema holístico e
incluyente; conocedor de que es el Ser, Hacer y Tener desde “el amor”
lo que permite lograr un paso firme en la consecución del
propósito común anhelado, lo que conscientemente se traduce en pasión, ética, solidaridad,
empatía y compromiso en cada uno de ellos.
Constituyéndose y accionando como
ha quedado establecido; en resumen, la Comunidad de Propósito requiere del Trabajo en Equipo como herramienta
unificadora y potenciadora de sus posibilidades de alcanzar resultados
extraordinarios. Un trabajo en equipo fundamentado en el respeto, la confianza
y el compromiso; pero a la vez basado en la colaboración, la solidaridad y la
ética, a fin de impulsar la existencia y el accionar de una organización sustentable en el capital social que le es inherente y los
valores que han (con voluntad,
libertad y convicción) adoptado sus
integrantes para su observancia y cultivo. Un trabajo en comunidad fundamentado
en el amor por el ser humano, la lucha cotidiana por el bien común y la
identidad y fortuna de pertenecer.
Ahora bien, tradicionalmente parece
que todo empieza al formar equipos de trabajo cuya pretensión principal es precisamente
esa: trabajar en equipo. Y digo que empieza aquí, porque los equipos de trabajo
son una evolución de los grupos de trabajo, por lo que si queremos ir
profundizando en las bases del trabajo en equipo hay que empezar a hurgar en
esta evolución y el por qué fue necesaria. ¿Qué no tuvieron los grupos de
trabajo que se buscó en los equipos de trabajo? ¿Por qué siguen existiendo los
grupos de trabajo en organizaciones que ya han evolucionado con firmeza hacia
el esquema de la conformación de equipos de trabajo? Y la gran paradoja: ¿el
trabajo en equipo se presenta (existe), única y exclusivamente hacia el
interior de los equipos de trabajo y como consecuencia de estos? Para ir
desmenuzando esas interrogantes analicemos primero los dos tipos de grupo en
cuestión.
Para Robbins y Judge, un grupo de trabajo es aquel que interactúa
principalmente para compartir información y tomar decisiones que ayuden al
desempeño de cada uno de los miembros en su área de responsabilidad. Para los
autores, los grupos de trabajo no tienen la necesidad u oportunidad de
involucrarse en el trabajo colectivo que requiere un esfuerzo conjunto, de
manera que su desempeño es únicamente la suma de la contribución individual de
cada uno de sus integrantes. No existe sinergia positiva que genere un nivel
general de desempeño que sea mayor que la suma de las aportaciones
(Comportamiento Organizacional – Sthephen P. Robbins y Timothy A. Judge;
Pearson Educación México, Decimoquinta Edición, 2013, pág. 309).
Los mismos autores señalan que,
por otro lado, un equipo de trabajo
genera una sinergia positiva gracias al esfuerzo coordinado. Los esfuerzos de
sus individuos dan como resultado un nivel de rendimiento superior a la suma de
las aportaciones individuales (Comportamiento Organizacional – Sthephen P.
Robbins y Timothy A. Judge; Pearson Educación México, Decimoquinta Edición,
2013, pág. 309). Para Robbins y Judge, el uso extenso de los equipos crea el potencial para que una organización
genere mejores resultados sin aumentar sus insumos. Sin embargo, los propios
autores enfatizan el hecho de que han marcado la generación de potencial exclusivamente, ya que, advierten, no hay
nada mágico en los equipos que
garantice el logro de esa sinergia
positiva. Como tampoco por llamar equipo
a un grupo,
mejorará en forma automática su desempeño (Comportamiento Organizacional –
Sthephen P. Robbins y Timothy A. Judge; Pearson Educación México, Decimoquinta
Edición, 2013, pág. 309).
En base a lo anterior, podemos
decir que el simple hecho de conformar un equipo de trabajo no garantiza el
hecho de que éste se vaya a desempeñar como tal, por lo que la sinergia positiva
que se busca podría nunca presentarse, ya que el grupo de trabajo sigue
actuando como eso, y no más, permaneciendo ausente la sinergia positiva ante la
ausencia misma del trabajo en equipo.
Así mismo, el hecho de cuidar la
conformación asertiva del equipo de trabajo, tampoco garantiza la tan anhelada
sinergia positiva, ya que ésta depende más de la actitud de las personas
implicadas, que de sus aptitudes; por lo que la pretensión podría quedarse en simple potencial. Es decir, en teoría el
equipo podría alcanzar lo pretendido pues cuenta con los recursos y las
habilidades necesarias para ello, pero no hay garantía de que finalmente se
logre, pues las personas podrían (consciente o inconscientemente) no colaborar
como es requerido, ya que el propósito impuesto podría no estar dentro de sus
prioridades y/o intenciones relevantes.
Por otra parte, para Idalberto
Chiavenato, la base fundamental del trabajo de cada gerente está en el equipo. Éste
constituye su unidad de acción, su herramienta de trabajo. Con él, el gerente
alcanza sus metas, supera objetivos y ofrece resultados. Chiavenato es enfático
cuando señala que para ello, el gerente –como administrador de personas– debe
saber cómo escoger a su equipo, cómo desarrollar el trabajo para aplicar las
competencias del equipo, cómo entrenar y preparar al equipo para aumentar su
excelencia, cómo liderar e impulsar al equipo, cómo motivar al equipo, cómo evaluar
el desempeño del equipo para mejorarlo cada vez más y cómo recompensar al
equipo para reforzar y reconocer su valor. Para el autor, este es el terreno
del gerente, trabajar con el equipo se convierte en la actividad principal del
ejecutivo como administrador de personas
(Gestión del Talento Humano – Idalberto Chiavenato; McGraw-Hill/Interamericana
Editores, Segunda Edición, 2009, pág. 233).
Con lo que se ha dicho, queda
claro que la administración de personas no es materia ni simple, ni fácil. Pero
el problema no acaba ahí. Insisto en que todo lo que dice Chiavenato que debe
hacer el ejecutivo para garantizar que su equipo funcione cabalmente, no
garantiza que se alcance el buscado “alto rendimiento” y menos que se logre el
propósito común que les une. Como ya quedó establecido en el decir de Robbins y
Judge, todo ello permite crear potencial,
no genera mejores resultados, no basta para alcanzar el propósito generativo del grupo o
impulsar la sinergia positiva.
Creo que las limitaciones
frecuentes pueden deberse a que mucho es lo que se ha escrito y dicho sobre los
equipos de trabajo y poco, muy poco, mucho menos quizá, sobre el trabajo en
equipo. Y entonces se crean grupos humanos, distantes o cercanos, a aquellos
grupos de trabajo que les dieron origen. Pero insuficientes, incapaces,
limitados, no favorecidos, para realmente crear una organización distinta, con un modo
de Ser diferente. Una organización más humana, más holística, más sistémica
(menos lineal), capaz de accionar en tiempo real, retando a la paradoja
tradicional que incorpora y separa a la vez a la visión estratégica y el caos,
permitiendo que los espacios de trabajo que conforman la organización se
transformen en verdaderos Lugares de
Potencial Realizado. Y ese es el secreto fundamental, ser capaces de no
sólo generar potencial, sino
asegurarse de edificar, de forjar, de cultivar, de desarrollar lugares en los
que ese potencial se exprese, accione,
produzca, construya, transforme. Se transforme en potencial puesto en acción,
potencial que se realiza en la creación humana, potencial que satisface y
regala satisfacción, potencial que emerge desde la expresión cotidiana de ese Mejor Ser que todos podemos ser, y que
es el que debe constituir el Ser
Organizacional del ente colectivo. La esencia no está en el hacer o en el
tener que construye al equipo de trabajo, se encuentra en el Ser que desde su naturaleza humana,
genera, constituye, transforma, consolida, trasciende en el Trabajar en Equipo por un Propósito que les
es Común, que les es exponencial. Es ahí donde se alcanza la sinergia
positiva que hace la gran diferencia, pero también es ahí donde esa sinergia se
potencia sustentada en la colaboración, la solidaridad y la ética. Cuando la
colaboración es verdadera, el rendimiento en equipo es, en la práctica, mucho
más que la simple suma de las acciones individuales. Cuando aparece la
solidaridad, consolidando la colaboración, las capacidades del equipo rebasan
en mucho, aquellas de su mejor elemento. Cuando se asume la ética grupal por
todos los miembros del equipo, la ventaja competitiva no se queda en el hacer
(procesos), ni mucho menos en el tener (resultados), se profundiza en su
constitución impactando directamente en el Ser
de las personas involucradas y, en consecuencia, en el tipo de Ser Colectivo que el equipo asume Ser.
Intentemos un ejemplo: según la
Madre Teresa “el amor no puede permanecer en sí mismo, no tiene sentido. El
amor tiene que ponerse en acción. Esa actividad nos llevará al servicio”. Así,
si el equipo se desempeña desde el Amor (Valor en la Ética del grupo), esto los
impulsa a actuar, pues sólo en la acción se produce el acto de amar; amar es
acción, no puede entenderse de otra forma. Y el amar nos lleva a servir. A
servir a los demás, y con ello a nosotros mismos, pero siempre al servicio. Y
servir también es acción, acción en favor de alguien, de algo o de alguna
causa, pero acción. El servicio al cliente nace desde esa mirada que cree en
que desde el amor, es posible servir al otro. Para Humberto Maturana, el amor,
como emoción biológica fundamental, son aquellas conductas relacionales en los
que el otro/a (o uno mismo) surge como legítimo otro en el encuentro con uno.
Así, si servimos al cliente desde
el amor, aparece la empatía que nos permite identificar mucho mejor, desde la
legitimidad del otro, lo que realmente desea y espera de nosotros. Surge la
solidaridad que nos lleva a ofertarle, entregarle, justo aquello que requiere
para satisfacer una necesidad o cumplir una expectativa, y no lo que nosotros
queremos ofrecerle. Y se consolida el respeto por él, puesto que al buscar
satisfacerle, estamos haciéndolo desde el conocimiento de lo que él quiere, de
lo que desea o necesita, de lo que es importante o fundamental para él. Así, el
cliente surge legítimo como otro, en el encuentro con nosotros mismos y nuestra
capacidad y vocación de servicio. Y al surgir legítimo ante nosotros y ser
materia de nuestro enfoque, le encontramos desde el amor, y le servimos desde
el amor. Y según la Madre Teresa, “para que el amor sea verdadero, nos debe
constar. Nos debe doler. Nos debe vaciar de nosotros mismos”. Y es en este
sentido, el que encierran en lo profundo estas palabras, que se constituye, que
se fundamenta, que adquiere razón y sentido el enfoque al cliente. Es entonces
que “el enfoque al cliente” no es un proceso a través del cual dirigimos todas
nuestras habilidades a otorgarle justo lo que él quiere y/o necesita, desde la
conveniencia de nuestro negocio, desde lo que producimos o el servicio que
damos; sino un acto de amor nacido
desde la profundidad del Ser que somos,
y que refleja nuestra intención irrestricta de que él alcance la satisfacción a
la que aspira, mientras buscamos superar (en lo posible) las exceptivas que
sobre nosotros se haya forjado. Este acto de amor es una actitud, no una
habilidad. Habla de cómo somos, del Ser
que somos; no de lo que somos capaces de hacer
o lo que queremos lograr tener
como resultado para nosotros. Servir al cliente desde esta mirada hace una
diferencia que potencia al equipo y hace escalable su trabajo, pero que sobre todo: genera satisfacción en el "cliente" al que se sirve.
Ahora hablemos del Respeto según Rafael Echeverría. Para
este autor, el Respeto como fenómeno
lingüístico es el juicio de aceptación del otro como ser diferente a mí,
legítimo en su forma de ser y autónomo en su capacidad de actuar. Implica, por
lo tanto, la aceptación de la diferencia, de la legitimidad y de la autonomía
del otro en nuestra convivencia común. Implica, por ende, la disposición a
concederle al otro un espacio de plena y recíproca legitimidad para la
prosecución de sus inquietudes (Ontología del Lenguaje – Rafael Echeverría; Editorial
Granica, Séptima Edición, 2005, pág. 79).
Desde un análisis empírico del
párrafo anterior, podríamos apreciar que, en lo esencial, la descripción de Respeto de Rafael Echeverría se acerca
mucho a la definición de Amor por
parte de Humberto Maturana. Ambos conceptos hablan de la aceptación de la
legitimidad del otro a ser otro y,
por tanto, un Ser diferente a mí.
Ambos se ocupan de subrayar lo fundamental de la capacidad relacional como
escenario humano para que tanto el amor como el respeto se den. Y en este caso,
en la cita de Rafael Echeverría es rescatable el señalamiento de la autonomía
en su capacidad de actuar que el otro tiene dentro de nuestra convivencia
común. Así como la identificación de nuestra aceptación por “concederle” al
otro un espacio de plena y recíproca legitimidad para la prosecución de sus
inquietudes. El otro es a mí, como yo soy el otro para él.
Y desde allí es que quiero
retomar el ejemplo del enfoque en el cliente. En la filosofía del
emprendimiento es muy aceptado el hecho de que el cliente cuenta con la plena
legitimidad de tener las aspiraciones y necesidades que tiene, y que nuestro
producto/servicio tiene que corresponder plenamente a esa capacidad del cliente,
so pena de que éste no “compre” (adquiera pagando un precio por él) nuestro
producto/servicio. Es por ello que se le dice al emprendedor: “toma tu idea
sobre el segmento de clientes a servir y el producto mínimo viable (prototipo
básico y económico), y sal a la calle a investigar lo que el cliente potencial
opina sobre todo ello, validando entonces las hipótesis que te habías planteado
y replanteando en el acto lo que tengas que replantear”. Y es este
reconocimiento de la legitimidad del cliente a ser quien es, este respeto que
sustenta nuestra convicción de servicio, lo que hace la diferencia en su
aceptación. No le imponemos lo creemos que necesita, creamos lo que él nos ha
dicho (o nos dirá) que requiere. No estamos hablando de “hacer” para “tener” el
resultado que queremos. Estamos aceptando que si conocemos el Ser que es nuestro cliente, tenemos
mejores opciones y oportunidades de relacionarnos, servirle y generarle satisfacción, por lo
que nuestro “hacer” debe ajustarse a esa aceptación ética de legitimidad
implícita y enfocarse en el logro de lo que el cliente desea, anhela, espera,
imagina que vendrá. Servir desde esa mirada es lo que a mi entender, ha
inspirado al Coaching Ontológico a proclamar lo fundamental del servir desde el
amor y el respeto por el otro.
Considero que lo anterior se
complementa y consolida cuando también tomamos en cuenta en ello, la aceptación
de la legitimidad que tiene el cliente a ejercer autonomía en su capacidad de
actuar dentro de nuestra convivencia común, en su papel de persona foco potencial de nuestro
emprendimiento, pero sobre todo en la posibilidad humana de Ser en el individuo que es.
Para Rafael Echeverría su
planteamiento del respeto (y yo asumo que para mi pretensión también) nos lleva
a un punto fundamental en la ontología del lenguaje. Se trata del
reconocimiento de que la ontología del
lenguaje se sustenta en una determinada ética de la convivencia, basada en el
respeto mutuo. Y agrega al respecto que el respeto mutuo, como nos señala
Maturana, es no sólo precondición del propio lenguaje, sino de toda forma de
convivencia social, desde la cual el mismo lenguaje emerge (Ontología del
Lenguaje – Rafael Echeverría; Editorial Granica, Séptima Edición, 2005, pág. 80).
Y digo que para mi pretensión
también, ya que la relación que nos ocupa, “cliente-emprendedor”, como forma de
convivencia social que es, es un ejemplo claro de cómo la práctica comprometida
y de profunda convicción ética es lo que al final hace diferencia, es lo que
transforma lo ordinario en excepcional, es el cimiento que sustenta el “logro”
en la satisfacción profunda del cliente
y en la realización plena del emprendedor.
Es lo que transforma el potencial, en “potencial
realizado”. Es parte de lo que permitirá la evolución del paradigma de la ontología metafísica hacia el paradigma de la ontología del lenguaje, ocupación comprometida de Rafael Echeverría y otros muchos.
En consecuencia, el trabajo en equipo es la mirada desde la
cual, los miembros de una Comunidad de
Propósito asumen la actitud necesaria para que, todos en conjunto, logren
forjar el destino común al que aspiran, utilizando en ello todas las
habilidades y aptitudes que el reto les demanda, pero principalmente
sustentando la acción en las actitudes y la esencia que se determinan desde el Ser que cada individuo que conforma el
equipo es, tanto como y principalmente, desde el Ser Colectivo que han logrado constituir en su conformación
comunitaria. Alcanzando entonces, desde su sustentabilidad en la colaboración,
la complementariedad y la ética, un accionar dinámico y transformador, que les
asegura cotidianamente la realización de su potencial, surgiendo a cada momento
y por doquier, los Lugares de Potencial
Realizado. Pero no sólo eso, sino también logrando alinear a las
capacidades y el propósito del grupo, aquellas aspiraciones personales que más
les significan a cada quien, potenciando su capacidad de convertirlas en
realidades experienciales y asegurando el respeto irrestricto al Ser Individual de cada persona en el
grupo.
Y no todo queda ahí. La práctica
permanente del trabajo en equipo consolida las relaciones humanas implicadas,
fortalece la confianza mutua y recíproca, impulsa la conformación de ambientes
de trabajo sanos y el desarrollo progresivo de las personas. La expresión
endémica del potencial realizado y el
sentido de pertenencia que aporta el
vivir en comunidad, son condiciones sine qua non para acceder a la felicidad, como ventaja competitiva y
distinción organizacional.
Decía la Madre Teresa: “no
siempre podemos hacer grandes cosas, pero siempre podemos dar algo de nosotros
mismos”. Y yo soy un convencido que ese algo se torna en “bastante”, en
suficiente, en lo necesario, cuando asumimos el compromiso permanente de
expresar en la acción a ese, el Mejor Ser
que podemos ser, tanto como personas como en comunidad.
Así, apoyado en el decir de
Alberto Beuchot, propongo que un liderazgo trascendental forjador de destinos,
una cultura organizacional firme en la buena práctica y la ética colectiva, y
un clima laboral sano y productivo, sustentan el Ser Comunitario que conforma y distingue a la organización;
mientras que las acciones que de ello surjan estarían dictando los procesos
productivos y los indicadores de desempeño que acrediten los resultados
obtenidos y valoren el actuar humano y en particular de las personas, y no en el orden contrario.
Que la aceptación y
materialización de todo lo comentado implica un gran reto y un trabajo
descomunal; probablemente sí. Que parece mucho más fácil mantener todo esto en
la teoría que llevarlo exitosamente a la práctica; sí, seguramente sí. Que
implica una confrontación total con lo que hasta ahora viene soportando el
quehacer organizacional tradicional; sí, principalmente en la falta de apertura
que la burocracia y el eficientísimo implican. Pero la posibilidad de
vislumbrar y conquistar organizaciones humanizadas que coloquen al centro de sí
mismas al ser humano y le reconozcan toda su valía, bien hace que valga la pena
el desafío, la incertidumbre y el esfuerzo.
Ahora quisiera retomar el “Modelo
de la Eficiencia del Equipo” que marcan Robbins y Judge (Comportamiento
Organizacional – Sthephen P. Robbins y Timothy A. Judge; Pearson Educación
México, Decimoquinta Edición, 2013, páginas 312-322), para poder explicar lo
que considero debemos tener en cuenta en ese campo, en base a todo lo explicado
anteriormente:
En cuanto a los factores
contextuales que marcan los autores me atrevo a decir lo siguiente:
· Recursos
adecuados. Los autores señalan que quizás una de las características más
importantes de un grupo de trabajo eficaz sea el apoyo que el grupo recibe de
la organización. Sin embargo,
extrapolando lo anterior al trabajo en equipo dentro de una comunidad de
propósito, lo primero a trabajar es lograr la magia que implica esa conjunción
entre el líder, los seguidores y el contexto. Cuando esta trilogía funciona de
forma tal que la comunidad se ve favorecida por una eficacia exponencial, es
cuando podemos asegurar que se cuenta con los recursos necesarios para su
funcionamiento. Pero no sólo eso, podemos afirmar que los miembros de la
comunidad hacen y garantizan el mejor uso de ellos.
· Liderazgo
y estructura. Los autores destacan que los equipos que establecen un
liderazgo compartido al delegar de manera eficaz suelen ser más eficaces, que
los equipos que tienen una estructura tradicional con un solo líder. Aquí cabe señalar que, aunque ya hemos
abordado con suficiencia el tema del liderazgo, no está por demás acentuar que
la magia aparece en esa capacidad extraña (poco tradicional) de trasladarse el
liderazgo fácilmente y con transparencia, dentro de una comunidad de propósito,
de un líder a un seguidor, sin que el líder estructural pierda su
responsabilidad comunitaria o no pueda actuar cabalmente como seguidor. Y que
esto suceda cotidianamente y a todo lo largo y ancho de la comunidad en su
conjunto, desde los niveles más altos de “responsabilidad y servicio” hasta los
más operativos, de ida y vuelta, cuando así lo justifica y sustenta el
propósito común que se persigue. Así, hay tres principios básicos que nunca se
pierden:
o El
liderazgo es flexible y adaptable dentro de toda la comunidad y ser líder no es
una posición de poder sino una distinción de servicio que se legitima día a día
a partir del respeto y el reconocimiento de los seguidores. Lo anterior evita
la competencia que demerita al otro, fortaleciendo la empatía, la solidaridad y
los valores compartidos.
o El
liderazgo no es sólo una herramienta operacional, sino que principalmente
encierra una relación humana de correspondencia y reciprocidad entre el Tutor
(el líder de que se trate) y el Aprendiz (los seguidores involucrados en cada
caso en particular), lo que se traduce en oportunidades exponenciales y
extra-escalables de aprendizaje.
o En una
comunidad de propósito es el “propósito común” que se persigue el que manda. No
el poder que se ejerce desde la jerarquía o la autoridad. Es la observancia de
los valores lo que establece posibilidades y límites, más allá del orden
necesario para que la organización funcione eficientemente. Es aquel orden
implícito generativo lo que le da razón y sentido a la comunidad, y no la
estructura organizacional que deba asumirse en innovación constante y
permanente.
· Clima de
confianza. Según los autores, los miembros de los equipos eficaces confían unos
en otros y también en sus líderes. En las
comunidades de propósito, la confianza es un principio fundamental (junto al
respeto y el compromiso) que soporta sus posibilidades reales de forjar
destino. Por lo mismo, es un rasgo cultural que distingue y diferencia a la
comunidad, y no una característica a mantener dentro del clima laboral. En
cuanto a la confianza que los seguidores (principalmente) y las personas que
conforman el contexto, otorgan a los líderes comunitarios, es de destacarse que
ésta es una condición que se legitima día a día por el líder desde el ejercicio
práctico de su liderazgo, y no una concesión otorgada por seguidores que, en un
acto de fe, creen en sus líderes. Es además, una condición preexistente para la
trascendencia del líder y del propio liderazgo como tal.
· Evaluación
del desempeño y sistemas de recompensas. Para los autores, es posible que
las evaluaciones del desempeño individual y los incentivos interfieran con el
desarrollo de los equipos de alto rendimiento. Por lo que, además de evaluar y
recompensar a los trabajadores por sus contribuciones individuales, la gerencia
debería modificar la evaluación tradicional orientada al individuo, así como el
sistema de recompensas, para que realmente reflejen el desempeño del equipo, y
enfocarse en sistemas híbridos que reconozcan a cada miembro por sus
contribuciones excepcionales, y recompensar a todo el grupo por los resultados
positivos. Lo anterior adquiere singular
importancia al buscar consolidar el carácter comunitario ineludible de la “Comunidad
de Propósito”. Por tanto, desde el sustentoSer que soy es una condición necesaria, tanto como la de ser
consciente de mi aportación constante a la expresión del Ser Comunitario que me contiene. Y esto lo es tanto para cada
individuo como para estructura organizacional en su conjunto y en acción, por
lo que la gestión del desempeño y las recompensas tienden a ser el reflejo práctico de esta condición
filosófica.
En razón de la composición del
equipo, lógicamente debemos de hablar de que lo importante es constituirnos en
comunidad, y que los equipos que surjan y funcionen hacia el interior de dicha
comunidad, sean reflejo pleno de la comunidad que los incluye. Es decir, son
pequeñas comunidades (“subcomunidades” alineadas al propósito común que les es
generativo, que se sustentan en propósitos más específicos que persiguen con el
fin de coadyuvar al logro del gran propósito central. Es esta condición
prácticamente mágica, la que le da cohesión firme y poderosa a la comunidad de
propósito. Funciona desde mi identidad local, que no pelea ni compite con mi
identidad corporativa, sino por el contrario, la enriquece y empodera. Es desde
aquí que entendemos las siguientes variables:
· Habilidades
de los miembros. Para los autores, parte del desempeño de un equipo depende
del conocimiento, las aptitudes y las destrezas de cada uno de sus miembros. Sin embargo, en una comunidad de propósito
esto es secundario. Como ya ha quedado establecido, antes de dedicarse a este
tema, debería quedar perfectamente determinado el cómo hacer para coadyuvar a
que los miembros de la comunidad asuman el compromiso permanente y evolutivo de
alcanzar la expresión práctica de aquel Mejor
Ser que pueden ser, y empeñarse en su constante superación y desarrollo.
Así mismo, cada miembro de la comunidad de propósito debe asumir un compromiso “inteligente”
e incremental, con el perfeccionamiento de su contribución personal (a través
del aprendizaje) en la conformación y presencia de ese Ser Colectivo que es la comunidad en su conjunto (Organizaciones
Inteligentes, parafraseando a Peter Senge). La consciencia sobre el Ser y la responsabilidad sobre lo que
ello implica, tiene que ser lo primero que se logre que opere con la perfección
y la exactitud del mecanismo de un reloj, desde la perfección (alcanzable y
superable en cierta temporalidad) en la creación y funcionamiento de sus
piezas, hasta la exquisitez de su perfección sistémica perdurable.
Ahora bien, es necesario destacar el
funcionar del ciclo virtuoso que ha determinado Peter Senge para el Aprendizaje
Profundo que nos lleva, permanentemente y en forma incremental y holística,
al Cambio Duradero. Repetimos, todo nace del acto de estar conscientes
del Ser Colectivo que somos y de
cómo este impacta en nuestra realidad como la comunidad que asumimos ser. Así,
la consciencia y la sensibilidad que nos permiten conocer y disfrutar de ese Ser Colectivo que somos, así como
imponernos su constante superación para bien, en lo individual y como conjunto
pleno; es lo que determinará las actitudes y creencias que asumamos y
declaremos como propias. Por tanto, las unas y las otras (actitudes y creencias
individuales y colectivas) deben estar en constante transformación y perfeccionamiento,
a la luz del Mejor Ser Colectivo que
podemos ser, dentro de un marco ético que hemos elegido comunitariamente en
libertad y compromiso. Este cambio permanente se reflejará en una sinergia
positiva que impulsa el progreso firme y sólido de nuestras aptitudes y
capacidades, lo que se refleja cotidianamente en el incremento de nuestros
conocimientos, aptitudes y destrezas, a las que se refieren Robbins y Judge. Es
todo esto, en conjunción y funcionamiento “perfecto”, lo que le otorga
sustentabilidad a nuestra comunidad de propósito, sustentabilidad basada en su
“capital social” y sus “principios y valores” (La Quinta Disciplina en la
Práctica – Peter Senge; Editorial Granica, 2004 / Comportamiento Organizacional
– Robbins y Judge; Pearson Educación de México, 2013, como fuente inspiracional).
· Personalidad
de los miembros. Para los autores, la personalidad tiene una influencia
significativa en la conducta del empleado individual. Entendiendo a la personalidad como el conjunto de rasgos y cualidades
que configuran la manera de ser de una persona y la diferencian de las demás, y
ya en el campo de las comunidades de propósito; es importante destacar que este
ente colectivo también tiene una “personalidad propia”. Sin embargo, esos
rasgos y cualidades colectivas se asumen en consciencia plena, libertad y
compromiso, al construir, afinar y pulir la cultura comunitaria, y se asumen
por todos y cada uno de los miembros de la comunidad, sin faltar ninguno. A
diferencia de los rasgos y cualidades individuales que son producto quizá, de
nuestra propia naturaleza o de las experiencias que vamos acumulando casi
inconscientemente en el devenir de nuestra vida. Es por ello que esta
“personalidad colectiva” debe ser prioritaria en la consciencia, el interés y
el accionar de los líderes comunitarios. Nadie cambia su personalidad porque
alguien más se lo pida, esto no existe, no es verdad. Pero ante la simple
sospecha de que existen rasgos y cualidades que nos pueden ser mejores,
adquirimos la convicción (a veces más superficial a veces más profunda y
duradera) de que nos es bueno cambiar, que nos aporta valor. Y al cambiar esos
rasgos y cualidades que nos distinguen, cambia nuestra personalidad, cambia el
Ser que somos, y desde el liderazgo, es posible también que contagiemos a otros
en esa convicción de cambiar. Y entre más seamos los que queremos cambiar, más
posible y permanente es la posibilidad de cambio. En mucho, en esto consiste la
evolución, no solamente la evolución humana, sino la evolución propia de todo
ser vivo, ya que es este uno de los grandes secretos de la vida. Y en esto
consiste la posibilidad humana de trascender, de lograr que nuestra obra vaya
más allá de nuestra propia existencia. Y esta posibilidad de trascender no
solamente se basa en nuestro legado, sino en cómo nuestra obra cimenta las
bases para la evolución de otras obras, y cómo estas “nuevas” obras, cimentan
las bases para la evolución de otras muchas obras. Y así, en un ciclo virtuoso
que fundamenta y da posibilidad al Cambio
Duradero basado en el Aprendizaje Comunitario
Profundo (parafraseando a Peter Senge), principio mágico, según yo, de la
evolución organizacional.
· Asignación
de roles. Para los autores, los equipos tienen necesidades diferentes y
debería seleccionarse a sus integrantes de modo que se garantice la cobertura
de los diversos roles que ellos señalan como fundamentales: Integrador,
Creador, Promotor, Evaluador, Organizador, Productor, Controlador, Salvaguarda,
Asesor. Como ya quedó establecido, yo
creo que desde el misterio que encierra la Trilogía que soporta la existencia
exitosa de las Comunidades de Propósito, existen tres roles supremos que
estarían dando sustento firme y persistente a los roles señalados por los
autores: Líder, Seguidor y Contexto (por
no haber encontrado aún una mejor forma de definir la presencia e impacto de
las personas que, sin ser parte formal de las comunidades de propósito, desde
el exterior impactan con su Ser, Hacer y Tener a la comunidad de la que
indirectamente forman parte.
· Diversidad
de los miembros. Robbins y Judge señalan que muchos de nosotros tenemos la
idea optimista de que la diversidad tiene que ser algo bueno: los equipos
diversos deberían beneficiarse de perspectivas diferentes. Sin embargo,
diversos estudios señalados por los autores demuestran que esto no es así,
yendo los resultados desde no tener relación con el desempeño a tener una
relación negativa. Por lo que destacan que un liderazgo adecuado suele mejorar
el desempeño de los equipos diversos. Rescatemos
entonces que el liderazgo puede ser la clave para que la diversidad aporte a
favor del buen desempeño en la comunidad de propósito, por lo que la “gestión
de la diversidad” es una responsabilidad destacada del rol de líder. Sin
embargo, la magia está en cómo se maneja la gestión de la relación. Claro que
la diversidad es una de las potencialidades de una comunidad que ha elegido
luchar unida por un propósito común, por forjar un destino que les sea propio y
nazca de sus anhelos. El problema es que como lo señalan Robbins y Judge, la
diversidad no abona naturalmente a favor del propósito ya que la comunicación,
la colaboración, la complementariedad, la sinergia, la empatía, la solidaridad
y demás competencias necesarias se dificultan ante la falta de homogeneidad en
las personas que constituyen la comunidad. Con todo, cuando la Trilogía
funciona adecuadamente, el liderazgo impulsa la buena marcha a partir de una
gestión de la diversidad asertiva. Es por ello que la presencia del líder en
los equipos diversos marca diferencia, porque la diversidad se gestiona, no
produce resultados positivos por ella misma.
Otro de los aspectos que hace que la
diversidad sea una fortaleza en las comunidades de propósito es el sentido de
pertenencia. Las personas diversas se saben homogéneas en cuanto a que son
parte importante de la misma comunidad, que luchan juntos por el mismo
propósito, que se esfuerzan todos unidos dentro de un reto comunitario. Esta
homogeneidad no mata la diversidad implícita en cada una de ellas, sino por el
contrario, es lo que le potencia para alcanzar un desempeño de alto rendimiento
basado en la colaboración, la complementariedad, la solidaridad y la ética.
Además, el amalgamamiento que se alcanza en la comunidad de propósito es resultado directo de la observancia irrestricta de tres propósitos centrales que profesan en comunidad: el respeto, la confianza y el compromiso. Una explicación simple: el respeto genera confianza, la confianza genera compromiso y el compromiso genera comunidad.
Además, el amalgamamiento que se alcanza en la comunidad de propósito es resultado directo de la observancia irrestricta de tres propósitos centrales que profesan en comunidad: el respeto, la confianza y el compromiso. Una explicación simple: el respeto genera confianza, la confianza genera compromiso y el compromiso genera comunidad.
“Cuando
un propósito superior nos une, nuestras diferencias nos empoderan y nos
impulsan para alcanzar lo pretendido. Sin embargo, cuando son nuestras
diferencias lo que nos separa, el propósito común se vuelve esquivo e imposible
de alcanzar”.
· Tamaño de
los equipo. Robbins y Judge subrayan que la mayoría de los expertos
coinciden en que una de las claves para incrementar la eficacia de los grupos
consiste en mantener un número reducido de miembros. Yo no creo que estén equivocados, pero esta es una de las razones por
las que hago la diferencia entre equipos de trabajo (que es la ocupación de la
mayoría de los expertos en recursos humanos) y el trabajo en equipo. Ya que
este último es una de las competencias generales que se cultivan y perfeccionan
de forma holística e incremental al interior de una comunidad de propósito. El
trabajo en equipo existe y se dispersa de forma libre por toda la comunidad,
tanto a nivel de la entidad en su conjunto, como el las “subcomunidades” que
emergen por doquier con la finalidad de apoyar el logro del propósito común, a
través de fortalecer la especialización concreta requerida y facilitar el
interactuar en grupo en pro de un propósito específico (que no aislado o
separado del propósito común). En las “subcomunidades” es donde más es de observarse
las ventajas que tiene trabajar en equipos pequeños, pero los miembros de estas
no se consideran ajenos a la comunidad por sentirse parte de una subcomunidad,
por el contrario la distinción en respeto, confianza y compromiso que
representa esta “doble afiliación o pertenencia” les enaltece y les motiva a
luchar por el propósito común.
· Preferencia
de los miembros. Los autores establecen que no cualquier trabajador es un
buen participante de un equipo. Argumentan que si se les da la opción, muchos
individuos elegirán quedar fuera de un equipo. Así mismo, cuando se solicita a
personas que prefieran trabajar solas que se unan a un equipo, surge la amenaza
directa al estado de ánimo del equipo, y a la satisfacción de cada integrante. Este es uno de los temas que considero menos
ha permitido el avance de los equipos de trabajo. Estos no dejan de ser más que
una forma de dividir el trabajo, y aunque en el corto plazo rinden resultados
porque ser tomados en cuenta y tener una responsabilidad es motivante, la falta
de apoyo y de reconocimiento van deteriorando el ánimo de los miembros y hacen
que pronto disminuyan su rendimiento inicial.
Dentro de una comunidad de propósito lo que
une a las personas es la búsqueda del propósito pretendido, su división interna
práctica depende más de la posibilidad o necesidad de alcanzar propósitos
específicos para ir sumando hacia la consecución del propósito central que de
alguna estructura organizacional probada, por lo que no es propiamente una
división del trabajo, sino una conformación de la comunidad misma para poder
operar con éxito. De esta forma, el sentido de pertenencia se acentúa, ya que
el elemento que pertenece a una “subcomunidad” (temporal o de mayor
permanencia) no solo no deja de pertenecer a la comunidad global, sino que
además entiende que su inclusión en el grupo pequeño es para potenciar sus
posibilidades de coadyuvar al logro general pretendido. Como en una verdadera
democracia, la constitución de las subcomunidades se hace desde el respeto, la
confianza y el compromiso, así como en el marco más amplio posible de libertad
y sentido humano. Los miembros de una comunidad están ciertos de que pertenecer
a ella es un privilegio y una oportunidad, por lo que su identidad les genera
orgullo, satisfacción y posibilidad de realización. Es esta identificación
plena con el sentido comunitario que lleva inmerso la pertenencia libre y
soberana a una comunidad de propósito, una de sus principales fortalezas y el
impulso a la presencia permanente del Potencial
Realizado. Así, los Lugares de Potencial
Realizado no son las oficinas de los equipos de trabajo, sino lugares de
convivencia armónica de personas convencidas y comprometidas con su pertenencia
comunitaria, que a partir de la expresión del mejor Ser que son, pueden coadyuvar en la expresión de ese Mejor Ser
Comunitario, que sustenta el éxito de la Comunidad en el logro de su
propósito y le permite aspirar a alcanzar cosas extraordinarias.
Por otro lado, ya inmersos en la
última categoría que los autores citan en su Modelo de la Eficiencia del Equipo,
relativa a las variables del proceso, que ellos vinculan principalmente con
aspectos que son especialmente importantes en los equipos más grandes y donde
hay mucha interdependencia; es de destacarse su dicho sobre el hecho de que
cuando la contribución de cada miembro no se observa con claridad, los
individuos tienden a disminuir su esfuerzo. Según ellos, esta pereza social
ilustra una pérdida del proceso como resultado del uso de los equipos. Y es
precisamente a esta categoría a la que más contribuye la filosofía que sustenta
las comunidades de propósito. Y lo
es, porque profeso la creencia de que aquellas variables generales que difícilmente
impulsan a las organizaciones tradicionales, por más que las proclamen, son las
que más generan sinergia positiva y buenos resultados en las comunidades de propósito. Explico en que
me baso, al tratar cada una de ellas:
· Propósito
y plan comunes. Para los autores, los equipos eficaces primero analizan su
misión, crean metas para lograr esa misión y desarrollan estrategias para
alcanzar las metas. Los equipos que se desempeñan mejor de forma consistente
han logrado establecer una idea clara acerca de lo que se necesita hacer y cómo
hacerlo. Yo creo que uno de los problemas
que surgen es que el equipo considera que la misión particular del grupo es la
pretensión a alcanzar, y les es difícil visualizar que sólo es una parte del
todo que por sí misma no alcanza el valor deseado (pensamiento lineal). Esto se
acentúa cuando la misión organizacional es una simple declaración que todo
mundo proclama y a la vez, en la práctica, ignora o no le otorga suficiente
valor. Es entonces que cada equipo persigue su misión particular y esto los
enfrenta con los demás y los hace competir, más cuando se trata de luchar por
recursos escasos. Muchas veces, esta cultura se replica hacia al interior del
equipo y la competencia y la confrontación se observa entre sus propios
miembros.
Los autores
señalan que los miembros de los equipos exitosos dedican gran parte de su
tiempo y esfuerzo a analizar y establecer un propósito que les pertenezca,
tanto en forma colectiva como individual, así como para ponerse de acuerdo
sobre este. Cuando el equipo acepta este propósito común, se convierte en lo
que la navegación astronómica representa para el capitán del barco: ofrece la
dirección y guía para cualquier condición. Al
respecto, es de comentarse que aquí nos estamos topando de frente con el
fundamento principal de la filosofía que soporta el accionar de las comunidades
de propósito. Para este tipo de crear organización, el propósito común que
les une es tan relevante que está plasmado en la identificación misma del tipo
de comunidad que son: Comunidad de
Propósito. Es así que el propósito compartido se vuelve esa guía y
dirección que los autores señalan. Y se vuelve así, no porque el grupo
gerencial lo ha proclamado (o mucho menos lo ha impuesto) de esta forma, sino
porque quien acepta pertenecer a esa comunidad, en libertad y convicción,
aceptan forjar un destino en torno a
ese propósito en particular. Es más, los miembros de una comunidad de
propósito saben que el propósito de que se trate no solo les proporciona
dirección y guía, sino que fundamentalmente les es generativo. Esto es,
la comunidad existe porque el propósito existe y lo han hecho suyo, de lo
contrario no existiría. Esto conlleva un orden implícito que es mucho más
propio del Ser que se es (tanto en lo individual como por el colectivo), que
del hacer o el tener que se busque. Y es esta condición generativa, ontológica,
la que impulsa la sinergia positiva que se pretende dentro de la comunidad. Lo
comunitario de la Visión y la Misión es lo que marca diferencia y detona la
magia de la Trilogía.
Robbins y Judge
subrayan que los equipos eficaces también muestran reflexividad, lo cual significa que recapacitan y ajustan su plan
maestro cuando sea necesario. Comentan que un equipo debe tener un buen plan, pero
también tiene que estar dispuesto a adaptarse y ser capaz de hacerlo cuando las
condiciones así lo requieran. En una
comunidad de propósito esta condición reflexiva soporta la capacidad de
accionar en “tiempo real”, de lo que Jim Selman ha hecho toda una doctrina. En
general se trata de ser mucho más flexibles e intuitivos y tener la capacidad
de tomar decisiones en el presente, actuando siempre alineados a ese propósito
que se vislumbra en el futuro. Actuar en este contexto implica toda una
revolución para la planeación estratégica y sus herramientas, por lo que se
tendrá que innovar y sentar nuevas bases para la planeación exitosa dentro de
las realidades actuales tanto de las comunidades, como del mundo mismo.
· Metas
específicas. Los equipos exitosos, según Robbins y Judge, traducen su
propósito común en metas de desempeño específicas, mesurables y realistas. Las
metas específicas facilitan una comunicación clara y también ayudan a los
equipos a mantenerse enfocados en la obtención de resultados. Desde mi apreciación personal, es este
enfoque en los resultados lo que sustenta la cultura eficientista y pierde a la
persona, al hacerla considerar que lo importante es alcanzar ese resultado
específico a toda costa, muchas veces en contra del propósito común inclusive.
Otra situación que se presenta es que el trabajador promedio muchas veces no
alcanza a distinguir fácilmente en que contribuye su hacer al logro del
propósito común, confundiéndole y restándole motivación para alcanzar la meta.
En las comunidades de propósito, cada miembro de la comunidad sabe que todo lo
que se busca hacer suma a favor del logro de ese propósito que le es generativo
como comunidad y que da sentido y razón a su acción. Es más, todos saben y
aceptan en libertad y convicción que la comunidad tiene una responsabilidad
social superior a su propósito y que pertenecer a ella les otorga posibilidad
de coadyuvar al cumplimiento comprometido de coadyuvar al bien común y la
transformación del mundo. La difusión y fortalecimiento de esta cultura en una
responsabilidad importante inherente al liderazgo y a los líderes.
Para los autores,
las metas de los equipos tienen que ser desafiantes, ya que las metas
difíciles, pero viables, mejoran el desempeño del equipo en aquellos criterios
para los cuales se establecieron. Desde
mi óptica, esta posición haría que toda aspiración menor o toda tarea que no
implicara una meta relevante, no se hiciera con el mismo ímpetu y la pasión
necesaria dentro de la comunidad. Sin embargo, yo creo que esto no sucede en
realidad. Dentro de una comunidad de propósito se vive una cultura sistémica y
holística. Sus miembros saben que las tareas, aún las más complejas y
desafiantes, no agregan valor en sí mismas, sino como parte del esfuerzo en pro
del propósito común. Y en este mismo sentido, aún la meta más sencilla y fácil
de alcanzar, tiene un valor intrínseco importante como parte del todo, por lo
que su carácter comunitario le hace no solo significativa sino indispensable.
Saben que la magia está en la sinergia positiva que se genera, no en las
características individuales de la meta. Como decía la Madre Teresa, “Hay
muchas personas dispuestas a hacer grandes cosas, pero hay muy pocas personas
dispuestas a hacer las cosas pequeñas”. Pero en las comunidades de propósito
todos saben y están convencidos que la parte del esfuerzo que les toca, por
pequeña que parezca, es tan importante como la más grande y compleja. La Líder
ejemplar de su tiempo que tanto nombro decía: “no siempre podemos hacer grandes
cosas, pero siempre podemos dar algo de nosotros mismos”, y en este rasgo es
donde está la diferencia. En ese dar algo de nosotros mismos, muchas veces sin
esperar nada a cambio, es donde se fortalece y consolida la magia de la
Trilogía que soporta el accionar de las comunidades de propósito. Un último
recuerdo de la Santa en comento, relacionado con esta parte del tema, podría ser: “Sabemos muy bien que lo que
estamos haciendo no es más que una gota en el océano. Pero si esa gota no
estuviera allí, al océano le faltaría algo”. Para los miembros de las
comunidades de propósito esto es claro y contundente, su trabajo hace falta, su
esfuerzo es valorado e indispensable, el logro de sus metas “menores” es parte
del camino a recorrer para alcanzar el propósito común pretendido y sin ese
logro podría incluso no llegarse jamás, esa es su importancia y trascendencia.
Quizá sea un solo paso en el andar, pero ese paso hace falta, bien que hace
falta.
· Eficacia
de los equipos. Según los autores, los equipos eficaces tienen confianza en
sí mismos: creen que pueden tener éxito. Esto se denomina eficacia del equipo. Los equipos que han tenido éxito incrementan
sus creencias acerca del futuro éxito. En
las comunidades de propósito todo éxito menor se festeja, pues les confirma no
sólo la confianza en sí mismos, sino que van por el camino correcto para el
logro del propósito común. Aún más, les permite sentirse integrados como grupo
(subcomunidad) y como comunidad. Les permite afirmarse capaces de forjar
destino y transformar al mundo, y les hace saberse más cerca cada vez de esa
intención, motivándoles a seguir adelante.
· Modelos
mentales. Para Robbins y Judge, los equipos eficaces tienen modelos mentales precisos, es decir,
representaciones mentales organizadas de los elementos fundamentales que hay
dentro del entorno de un equipo y que comparten sus miembros. En nuestra teoría de las comunidades de
propósito, la Quinta Disciplina de Peter Senge es base fundamental de su
filosofía y práctica. Así, los modelos mentales imperantes en la comunidad y
aquellos propios de las subcomunidades, son importantes en razón de que forman
parte de las cinco disciplinas fundamentales (el Dominio Personal, los Modelos
Mentales, las Visiones Compartidas, el Aprendizaje en Equipo y la disciplina
amalgamadora y potenciadora del sistema, el Pensamiento Sistémico mismo), que
conforman la apreciación sistémica de la comunidad, y le dan sustento.
· Niveles
de conflicto. Los autores señalan que el conflicto en un equipo no es
negativo necesariamente, ya que en los equipos que realizan actividades que no
son rutinarias, los desacuerdos sobre el contenido de la tarea (llamados conflictos de tarea) estimulan la
discusión, promueven la evaluación crítica de los problemas y las opciones, y
conducen a tomar mejores decisiones en equipo. También subrayan que la forma en
que se resuelven los conflictos también distingue a los equipos eficaces de los
ineficaces, ya que los primeros resuelven los conflictos analizando de manera
explícita los problemas, en tanto que los segundos enfocan más los conflictos
en la personalidad y en la forma en que se dicen las cosas. En nuestra teoría sobre las comunidades de
propósito, la filosofía que las sustenta coloca lo que los autores denominan
“conflictos de tarea” (y a otras muchas posibles diferencias similares) como
una característica inherente a la naturaleza humana y a la diversidad que
distingue a los miembros de la comunidad. Coincidimos en que bien gestionadas,
estas diferencias fortalecen el sentido comunitario, la colaboración, la complementariedad,
la empatía y la solidaridad, impulsando la sinergia positiva que distingue a la
comunidad. Sin embargo, estamos ciertos que el conflicto (de cualquier
naturaleza) desgasta la relación, pone en duda la confianza y afecta al Ser
de las personas en problema. Por ello, una de las responsabilidades permanentes
y cotidianas de los líderes es estar atentos a la presencia del conflicto
(cualquiera que este sea) e involucrarse rápidamente en su mejor solución
consensuada. Soy creyente experimental de que conflicto que no se atiende, se
incrementa y se hace más compleja su solución, y que éste no puede ser considerado
sinónimo de diversidad, por lo que estar atento a atacarlo de frente en las
etapas tempranas, permite asegurar mejores resultados. En nuestra filosofía,
tal como lo señalan los autores, la gestión del conflicto va de la mano de la
gestión de la diversidad, sin ser lo mismo, y es el enfoque explícito en el
problema, y no en las relaciones personales involucradas o en las diferencias
entre los seres humanos diversos, o en la forma de utilizar el lenguaje y crear
realidad a partir de la interpretación personal de él, lo que aporta a favor,
lo que ayuda, lo que facilita el acuerdo y la solución.
· Pereza
social. Para los autores, los equipos eficaces reducen esta tendencia a la pereza social al responsabilizar a sus
integrantes –tanto a nivel individual como a nivel colectivo– del propósito,
las metas y los métodos del grupo. Por consiguiente, los miembros deben saber
claramente cuáles son sus responsabilidades como individuos y cuáles son las
responsabilidades que comparten con su equipo. En una comunidad de propósito, sus integrantes saben que asumir la
pereza social es fallarle a su comunidad y a ellos mismos, por lo que procuran
evitarlo a toda costa. Cada individuo se responsabiliza del logro del propósito
común, desde su ámbito de competencia, por lo que entienden que su desempeño
específico es sólo parte de todo el desempeño que la comunidad genera
cotidianamente, pero que es igualmente vital y necesario, por lo que asumen su
accionar desde esta convicción. Es ello el fundamento del compromiso
comunitario que asumen todos los miembros de la comunidad.
Es entonces que trabajo en equipo
podría considerarse más como una herramienta de orden, colaboración y
entendimiento, que la consecuencia práctica de formar “equipos de trabajo” como
forma estructural y especializada de dividir y asignar las tareas. Las
comunidades y subcomunidades a que nos hemos referido, lo son porque sus
miembros (todos) así lo consideran y no por reflejar un tipo concreto de
organización. Es el espíritu comunitario que en ellas impera lo que las hace
comunidad, por lo que lo serían así igualmente aunque no las nombráramos como
tales. Las comunidades lo son en razón de su liderazgo, de su cultura y de su clima
laboral, en razón del Ser Colectivo que
sus miembros se han comprometido a crear, mantener y desarrollar.
El trabajo en equipo les coloca
en un contexto definido, conocido e inherente a las organizaciones, por lo que
evita que se confundan y propicia que entiendan con claridad que no es en sí
algo estable preexistente, sino es algo dinámico que se va construyendo día a
día con el desempeño colaborativo, complementario, solidario y ético de todos
los involucrados.
Equipo lo entendemos no solo como
aquel grupo de personas que se organiza para realizar una tarea o trabajo, sino
lo equiparamos al sentimiento mismo de pertenecer, al espíritu que nos hace “ser
equipo” porque estamos juntos, unidos, entrelazados, luchando afanosamente por
alcanzar aquel propósito que nos es común. “Somos equipo” porque interactuamos,
contendemos, discernimos, transcurrimos en forma coordinada y cooperativa,
unidos por lo que nos es generativo, propio, diferenciador, potenciador; capaz
de generar “sinergia positiva” y permitirnos “ser posibilidad”. Así, “Ser Equipo”
es una forma concreta de “Ser Comunidad”, sobre todo en el ánimo de las
personas, que se consolida a través de nuestro desempeño comunitario, de
nuestro trabajar como equipo, de nuestro trabajo
en equipo como posibilidad de empoderarnos a través de la acción. Es
consolidar nuestra Trilogía planteada en la filosofía, en un acto concreto,
cotidiano, dinámico, innovador, evolutivo; pero siempre accesible y práctico,
llevado a la acción.
Es lo que le da rumbo, razón y
sentido al involucramiento de las personas del contexto en su interrelación con
la comunidad; al desempeño de cada seguidor y de todos ellos en su conjunto, en
su perseguir el propósito comunitario, y en el caso particular de los líderes a
su capacidad inspiracional, transformacional y de servicio, que les permite ser
impulsores de la magia humana de forjar destino comunitario y personal en
paralelo, colocando siempre al centro del foco colectivo al ser humano, al
bienestar común y a la aspiración legítima de acceder a un mundo mejor, para todos
nosotros y para las generaciones venideras.
La magia: El Líder lo es en tanto que
es Comunidad, los Seguidores
lo son en tanto que son Comunidad, el Contexto lo es en tanto que es Comunidad. Los tres
compartiendo la misma Substancia
Comunitaria. Es su propio Ser lo
que les permite ser en su rol específico como parte de la Comunidad, y es la
conjugación colectiva de los Seres lo que les permite constituirse como
el Ser Colectivo, base de la Comunidad que busca alcanzar un Propósito común específico, co-crearse como
una Comunidad de Propósito.
Por todo ello, es que me atrevo a
concluir con un pensamiento más, atribuido a la Madre Teresa: “A veces sentimos
que lo que hacemos no merece la pena. Pero siempre hay alguien que lo
agradecerá”. Y yo soy un firme y convencido creyente en que el primero que lo
agradecerá será el propio Ser que
cada uno de nosotros lleva en su interior, y que le resulta generativo al Hacer
y Tener personal. Habrá que recordar
siempre y a cada momento, que somos la organización que somos, debido al Ser que cada uno de los que la
conformamos nos permitimos ser y al Ser
Colectivo que entre todos nosotros vamos construyendo en la lucha diaria
por forjar destino común, por alcanzar un propósito específico, propio y
diferenciador.
Roberto Arzate




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