La Humildad y el Liderazgo, dos compañeros en el mismo andar...
Humildad y Liderazgo
En el inicio de la disertación del tema, permítanme
presentar, a mi manera, un cuento de esos que se aprenden en los libros y que luego
ya no es posible recordar en cuál; pero ahí están, siempre para uno.
Nuestra mirada se posa en un hombre de regular edad
que tiene un trabajo al cual acudir todos los días hábiles y por el que recibe
una mediana paga que le permite subsistir. En su intento por mejorar, estudia y
busca perfeccionar sus relaciones con sus demás compañeros de trabajo.
Pronto el gasto por los estudios lo colocan en
peores circunstancias económicas y amenazan su permanencia en el trabajo. Fiel
a su convicción sigue adelante, no importando lo difícil de las circunstancias.
Durante el trayecto en el tiempo, se ve forzado a tener un solo par de zapatos
para ir a trabajar, los cuales se van deteriorando rápidamente por el uso
diario, por más que el hombre los cuida y les da mantenimiento. Sin embargo,
los zapatos siguen tal y como él lo hace, firmes en el propósito y en espera de
tiempos mejores.
Y
el día llega, los estudios se han concluido y las relaciones con sus compañeros
han mejorado mucho. Sus autoridades le llaman para una entrevista de acenso.
Aún sin dinero, busca vestir su mejor ropa y lustra sus viejos zapatos para
estar a tono con la oportunidad. La entrevista es un éxito y logra un buen puesto
con el correspondiente incremento sustancial en sus percepciones.
Al
recibir su incremento de sueldo, compra ropa nueva y dos pares de zapatos. Pronto
los viejos zapatos quedan olvidados en un rincón del closet. El hombre está
feliz y pronto olvida los momentos de privación y lo mal que lo pasó. Sin
embargo, algo no resulta bien. Las relaciones con sus demás compañeros se van
deteriorando a medida que su ego se va fortaleciendo, producto de “haberse
probado” y “haber ganado”.
Aquel
hombre se cree merecedor del respeto y la admiración de la gente que le rodea,
por el simple hecho de que enfrentó momentos difíciles y logro salir adelante
gracias a su propio esfuerzo. Los demás no están de acuerdo y lo califican de
petulante, superfluo, intratable y de difícil convivencia con él (por decir lo
menos).
Pronto
el deterioro en sus relaciones laborales amenaza su permanencia en su nuevo cargo.
Y ante la advertencia de sus superiores de que debe buscar solucionar el mal
clima laboral prevaleciente en el área que dirige, al llegar a su casa, se sienta a reflexionar
intentando visualizar en qué se está equivocando.
Colocado
en un extremo de su cama, su mirada de pronto choca con las puertas de su
closet. Una de ellas se encuentra entreabierta dejando ver hacia el interior.
El Hombre se levanta y acomoda la ropa para que la puerta pueda cerrar. Al
hacerlo, de repente un bulto cae al suelo y aparecen sus zapatos viejos. Al
verlos, cuantos recuerdos brotan en su mente y que claro surge lo aprendido.
Cuantas emociones se disparan desordenadamente y cientos de cosquilleos le
recorren por todo su organismo; modificando, una y otra vez, su posición
corporal, su inquietud y su posibilidad de reflexión profunda.
Todo
ello choca bruscamente con su estado de ánimo y pronto entiende lo que ha
pasado. Durante todo el tiempo que sus viejos zapatos le acompañaron, fue mucho
más sencillo relacionarse con los demás, pues su ego no tenía tanta presencia y
protagonismo. Ahora, nuevo puesto, más ingresos, nueva ropa, zapatos nuevos y
variados, un cochecito propio y “el poder de mandar”, han desestabilizado su “Ser”
y se ha posicionado en un lugar que poco ayuda en su relación con los demás. Ha
confundido el hecho de ser “un triunfador” con la posibilidad (existente sólo
en sus creencias) de ser superior a todos sus subordinados. ¡Hay niveles! Era la
expresión argumentativa y representativa de los juicios personales no
fundamentados que lo estaban llevando al fracaso. Afortunadamente se había dado
cuenta a tiempo y podía “hacerse cargo” de ello.
Como
hombre responsable y emprendedor que siempre había sido, puso manos a la obra y
decidió que al día siguiente iría vestido a su trabajo calzando sus zapatos
viejos. Así lo hizo y pronto encontró respuestas. Desde su interior, el reconocerse
como el hombre de valía que había surgido de su grupo, le permitió distinguir el
enorme mérito que tenía el accionar de cada uno de sus compañeros que laboraban
en su área y bajo su liderazgo. Desde esa mirada, reconoció y dio sentido al
hecho de que nadie era capaz de hacer mejor las cosas por sí mismo, de lo que
eran capaces de hacerlas todos juntos. Que su fuerza estaba en “ser equipo” y
no solamente en la mejor aportación que pudiera hacer su mejor elemento o él mismo
como líder.
“El
poder requiere personalidades fuertes, libres y humildes que sean capaces de sustraerse a sus trampas y vanidades”
(Santiago Álvarez de Mon, El Mito del
Líder, p. 17).
Cuenta
aquella historia que aquel hombre, cada que sentía que sus relaciones con los
demás no marchaban correctamente o los resultados no se daban, calzaba sus
zapatos viejos y reflexionaba en cómo poder mejorarlas desde su propio Hacer. Siempre encontraba
respuestas, ya sea desde aquello que él debía accionar o desde aquello otro que
tendría que buscar impulsar en los demás. Es más, en la mayoría de las veces, la
nueva estrategia permeaba a través de ambas formas de Ser y de Hacer, surgiendo
de la capacidad generativa de “declaraciones
poderosas” que empujan a la acción comprometida, individual y colectiva.
Así, aquel hombre se convirtió en un verdadero “forjador de destinos” a partir de su capacidad de liderazgo (un líder forjador de
destinos), que permitía la “mejor expresión del Ser” que se contenía en él mismo y en todos aquellos que trabajaban
con él, en la búsqueda de alcanzar un “propósito
común compartido”.
“La
Humildad nos lleva al reconocimiento
de que siempre puede haber otro que sea capaz de hacerlo mejor” (Carlos Llano Cifuentes,
Humildad y Liderazgo, p. 19).
Dicen
los diccionarios que la Humildad (humilitas - pegado a la tierra) es la virtud que consiste en
conocer las propias limitaciones y debilidades y actuar de acuerdo a tal
conocimiento. Yo creo que la Humildad es aquella mirada que nos permite
apreciar nuestro propio potencial y el de los otros, desde nuestra capacidad social
(comunitaria) de superar limitaciones y debilidades, en tanto mejor
aprovechamos fortalezas y oportunidades, para estar en capacidad de co-crear exitosamente
nuevos mundos.
Si
la Humildad la situamos en el terreno
de lo común (y corriente) y no en el de lo especial (y distinto), queda aquí
más subrayada” (Carlos Llano Cifuentes, Humildad y Liderazgo, p. 54).
Por
tanto, la Humildad es una condición de lo humano que en el Líder se presenta
bajo dos expresiones de su voluntad: su capacidad de “Ser Humilde” y de gatillar “Humildad” a lo largo y ancho de su
organización y/o su equipo. Sin duda, al alcanzar esta virtud en común, las
potencialidades del grupo hacen sinergia.
“El
Liderazgo empieza con la voluntad que es la única capacidad que tenemos, como
seres humanos, para que nuestras acciones sean consecuentes con nuestras
intenciones” (James Hunter, La Paradoja, p. 90).
Un
líder no sólo tiene la misión de llevar a su grupo hasta la consecución de sus
objetivos. Su responsabilidad va mucho más allá. Al forjar destinos y consolidar
comunidades abiertas al aprendizaje, ahora se agrega el compromiso con la formación y guía de Líderes de Líderes, es decir aquellos que al impactar en grandes
grupos de personas, contribuyen a la transformación positiva del Mundo (un
asunto no menor). También asume un papel protagónico en la trascendencia del propio Liderazgo
y el bienestar común de la humanidad.
En
un espacio así de impactante tanto hacia nuestro interior como en razón de
nuestro entorno, es fácil confundirse y perderse. Por ello, la humildad del líder siempre será como
los zapatos viejos del hombre de la historia; provee del enfoque y el espíritu
que le permiten alcanzar la maestría que sustentan su capacidad y deseo de conducir
a otros seres humanos hacia el alcanzar un propósito superior íntimamente relacionado
con su plenitud y felicidad colectivas: ¡Vaya
empeño!
“Entre
las definiciones de Liderazgo no deberíamos subrayar tanto la capacidad de ser seguido, sustituyendo esta expresión por la
capacidad de consecución de una meta en común. La diferencia entre una
concepción y otra se encuentra dada por la humildad. En la capacidad de ser
seguido lo fundamental es el líder a quien se sigue; en la capacidad de
consecución de una meta en común lo importante no es el líder sino la meta en
común. No hay entonces una distinción entre el líder y los demás, ni la meta es
más del líder que de los que trabajan con él” (Carlos Llano Cifuentes, Humildad y Liderazgo, p. 52).
Y
así, el Liderazgo implica un
compromiso generativo con “el servir a
los demás”. “Ser líder” es ocupar
un rol en la organización, un rol que no nace del poder ni de la autoridad, ni
se fundamenta en la capacidad de influir en los demás para que se haga lo que
el líder quiere que se haga. Es un rol fundamentado en el Servicio, en el servicio con propósito, con un propósito común que
inspira a todos y los motiva a caminar juntos, acompañándose en el “ser posibilidad”.
No
se trata de mandar o imponer, consiste en el arte de “forjar destinos”. Destinos
comunes que surgen de la expresión social de un grupo entregado a un Ser y Hacer distinto, comprometido con el bien común, la ética y el
capital social, como posibilidad de transformar el Mundo en algo mucho mejor
para todos (inclusión).
Así,
el Liderazgo es la expresión de
influencia y servicio del anhelo comunitario (no hay líder sin equipo, ni equipo
sin líder) y la Humildad es la
virtud que “genera posibilidad”. Se complementan y fortalecen en el respeto, la confianza y el compromiso
recíprocos, que sustentan “redes
relacionales poderosas”; mientras paralelamente generan “resultados extraordinarios” desde la
colaboración, la empatía, la solidaridad y la sinergia entre todos los
involucrados.
La
Humildad es la base para “dejar aparecer al otro”, para respetarle
su lugar en el entorno y en la vida misma. La Humildad nos lleva a poder caber (todos) en una realidad producto
de nuestra forma de interpretarla. Deja espacio para los demás, espacio que le
hemos arrebatado a nuestro Ego por no ser su legítimo propietario y no sumar al
propósito superior que nos impulsa y convoca.
El
Liderazgo es nuestra mayor expresión
en el “servicio a los demás”. Es lo que nos hace reconocidos e inspiradores
desde la mejor expresión de nuestro Ser. Liderar
es una distinción que surge desde la legitimidad que otorgan los seguidores,
que se consolida desde la consecución
en el forjar destinos, y que
trasciende en la evolución misma del Liderazgo y de la propia Humanidad.
“El
liderazgo se asienta con firmeza en la humildad,
la participación, el desarrollo y la confianza” (Carlos Llano Cifuentes, Humildad y Liderazgo, p.391).
Roberto Arzate

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