La Resurrección en el "Para qué sí"
La Resurrección en el “Para qué sí”
En las organizaciones
tradicionales impera de manera inexorable la cultura del “por qué no”. Esta
cultura es aquella en la que, incluso antes de terminar de explicar un tema, el
que escucha ya está cuestionando ampliamente el “por qué no” es posible
atenderlo. En estas organizaciones todos están ampliamente dispuestos a
explicar por qué no se pueden solucionar los problemas, por qué no se pueden
superar los obstáculos que han surgido, por qué no se pueden alcanzar las metas
que se han planeado, por qué no se pueden asumir los retos necesarios para que
la organización mejore, por qué no se puede realizar a tiempo el trabajo que se
pide, por qué no se puede superar uno como trabajador, por qué no, por qué no,
por qué no…
Las organizaciones tradicionales
son aquellas de la época de la modernidad, en las que priva el eficientísimo,
la burocracia y el influyentísimo. Estos tres grandes cánceres, propios de la
cultura organizacional imperante en la segunda parte del siglo veinte, surgen
de la evolución de la Administración Científica y su ímpetu por deshumanizar
los ambientes laborales a través de la veneración por la técnica de tiempos y
movimientos y la división del trabajo.
Los ambientes de trabajo y el
clima laboral imperante en las “organizaciones modernas” obedece fuertemente a
la Cultura de la Obediencia”, la cual se explica por un desacerbado culto a la
jerarquía, la autoridad y la correspondiente subordinación necesaria para “eficientar” el
trabajo y encerrar las actividades y trámites dentro de reglas y procedimientos
férreos que no permiten la adaptabilidad a una realidad cambiante y cada vez
más exigente y “humana”.
Así, la cultura de la obediencia
va seccionando el talento de los trabajadores ante la poca apertura de los
directivos siquiera para escucharles. Por tanto, ellos se concretan a “obedecer”, desde una actitud centrada en el mínimo esfuerzo, la superficialidad y la falta
de compromiso.
La cultura de la obediencia
sobaja en valor de la persona que ocupa puestos operativos, colocándolos a
nivel de máquinas no pensantes que están sólo para obedecer. Y privilegia y
enaltece a quienes ocupan los puestos desde los que se ejerce el poder. Lo
anterior abre grandes brechas para la efectividad en la comunicación, el entendimiento, el rendimiento, el compromiso y la colaboración entre los unos y los otros; sin dejar de lado las
implicaciones que trae consigo en los aspectos más sentidos y apreciados por
los seres humanos.
Esta situación se vuelve perversa
cuando, en pro de privilegiar los intereses de grupo, la organización y la gran
mayoría de trabajadores y directivos pasan a un segundo término. Es aquí cuando
aparece la corrupción y todo lo malo que de ella emana.
Por tanto, sumergidos en un
océano de actitudes poco dispuestas a mostrar la mejor versión de cada ser
humano, tanto los trabajadores como los directivos, marchan todos juntos por el
día a día, sin importarles mucho la suerte de la organización, y mucho menos la
marcha del mundo, si no es para quejarse, para lamentarse de su mala suerte, de
lo cruel de su “destino”.
Cabe hacer mención de una
experiencia anecdótica que conservo en la memoria, para ejemplificar alguna
actitud de las imperantes en este tipo de organizaciones. Un día cualquiera,
justo al inicio de las labores y pasando yo por el lugar en el que estaba
ubicado el reloj “marcador de la presencia” en el que estampan su asistencia y
puntualidad los trabajadores, tuve la oportunidad de saludar a un viejo
compañero que tenía tiempo de no ver. Al coincidir con él y a manera de saludo
de dije: “Buenos días, qué haciendo tan
temprano” (cabe subrayar que mi compañero acababa de marcar su entrada a
trabajar); a lo que él me contestó, sin mayor emoción en el rostro: “Aquí, esperando que den las dos y media de
la tarde para marcar la salida”.
Y es así como viven la mayoría de
los operativos en este tipo de organizaciones, esperando desde su entrada que
llegue la hora de la salida, escondiendo y protegiendo con esmero y sigilo,
aquella que es “la mejor versión de ellos mismos”. Quejándose y quejándose,
pero sin atreverse a hacer nada para cambiar su destino.
En correspondencia, el directivo (o
protegido de este) difunde con énfasis su nivel en la jerarquía formal o
informal, para que a todos les quede claro que es aquel el que le da
legitimidad a los privilegios y canonjías de las que goza. “Hay niveles, no somos iguales y mi trabajo me ha costado llegar a
donde estoy” parecieran frases que encierran y ejemplifican “el privilegio
de mandar”.
El problema es, más que una distinción
moral o incluso ética o eficientista, que desde esta posición, el directivo
también oculta y salvaguarda aquella que es “la mejor versión de él mismo”.
Por todo ello, tanto directivos
como operativos accionan desde lejos de su mejor versión como los seres humanos
que son, por lo que su actuar poco ayuda a la organización. Entonces, mal que
está la organización por sus propias características; lejos que se colocan
directivos y operativos entre ellos, separados por la brecha cultural que se les
interpone, y sin la actitud y el compromiso necesarios para enfrentar los retos
que el cambio constante y la innovación acelerada imponen a las organizaciones
de nuestros tiempos; es fácil imaginar el presente cotidiano que apresa a estas
instituciones o empresas, y a los seres humanos que las integran y en ellas
trabajan.
Es por ello que las
organizaciones que quieren sobrevivir están abandonando los esquemas
tradicionales y emigran hasta convertirse, transformarse, reinventarse, en Organizaciones Inteligentes. Estas organizaciones,
que pertenecen a la postmodernidad y comienzan a surgir en los últimos años del
siglo pasado, han empezado a proliferar en el inicio de este nuevo siglo, como
posibilidad de aspirar a un mundo mejor.
Cabe señalar, que para Peter Senge, autor de La Quinta Disciplina (entre otros
libros), que con su mirada sistémica de la organización inicia el camino del
cambio, la principal virtud de este tipo de entes postmodernos es su apertura
al aprendizaje profundo, como herramienta principal para su transformación y la
de su gente.
Para otros (o quizá una
definición más actual), una Organización
Inteligente es aquella que construye una filosofía de gestión compartida en
todos los niveles y que se mantiene en constante retroalimentación con su
interior (empleados) y con su exterior (sus “clientes”). Quienes así se
manifiestan señalan como sus principales principios: las relaciones cálidas y
de apoyo entre todos sus integrantes (empleados y directivos), y la
Administración por Liderazgo.
Y es entonces que se da la Resurrección de las Organizaciones en
los albores de este el Siglo XXI, desde la intención generalizada de que sea
distinguido por su apertura al aprendizaje, por la humanización del actuar de
las personas, por el apego a la ética, por la colaboración que venza a la
competencia sin razón y sentido, y por la solidaridad que nazca constantemente de la empatía
cultural, de la empatía por el otro, como mejor forma del "Ser Yo".
Me explico…
En la filosofía del Coaching, el
proceso de transformación organizacional puede asumirse desde posiciones de lo
más superficial hacia lo más profundo. Así, una primera ambición podría ser “la
optimización de procesos”, que en las organizaciones tradicionales resulta ser
“el todo aspiracional”. Aún más, podríamos decir que la burocracia y el
eficientísimo llegan a hacer que ese tipo de organizaciones se queden en la
etapa más superficial posible: la transformación de los Indicadores de
Desempeño para lograr los resultados que se pretenden. Esto tiene mucho que ver
con la Cultura de la Obediencia, ya que los directivos consideran como única
solución posible a este lograr por lograr, la subordinación de los empleados
para que ajusten su productividad a los indicadores de desempeño que los
primeros “dictan”, que se circunscriban al obedecer cotidiano del accionar por
accionar, porque se lo piden, porque así se lo indican, porque se lo ordenan,
porque para eso está. Y claro que aquel “dictan” tiene mucho que ver con una
especie de “dictadura” como forma de dirigir, como manera de supuestamente
liderar.
Profundizando en la intención,
las organizaciones tradicionales dieron un gran paso cuando personajes como
Elton Mayo, Abraham Maslow, Wilhelm Dilthey, Max Weber, Karl Ransom, Frederick
Herzberg, entre otros muchos, empezaron a buscar la posible humanización de los
espacios de trabajo, como condición necesaria para la evolución de la
Administración Científica. Hoy podemos entender esta etapa como todavía
incluida en el campo de la Optimización de Procesos, a través de la Evolución
de los Procesos Productivos por medio de esfuerzos conscientes y dirigidos cómo
la capacitación, la motivación, el reconocimiento, el mejoramiento de los
espacios de trabajo, la robótica, la tecnología informática y muchos otros. Yo
diría que un primer encuentro fundamental entre empleados y directivos se da entonces
a través del trabajo en conjunto y el cuidado en los ambientes de trabajo, (primeros
esfuerzos reales por acotar la brecha generada por la Cultura de la Obediencia
y superar los aspectos negativos del eficientísimo y la burocracia que ya avisaban
su obsolescencia).
Así entramos en lo que en la
filosofía del Coaching Ontológico se ha dado por llamar el Saber Hacer, en contraposición a aquel pensamiento ampliamente
difundido de que “el fin justifica los medios” (tener por tener, lograr por
lograr, hacer por hacer). Los directivos se dan cuenta que requieren de
empleados comprometidos y capaces para poder lograr los resultados deseados, no
solamente de trabajadores autómatas entrenados para obedecer. Por tanto,
pasamos del escueto “Tener para ser alguien” y nos colocamos ahora en el “Saber
Hacer para poder Saber Tener”, en donde la importancia se centra en las acciones emprendidas como garantes
insustituibles para el logro de los resultados pretendidos. A este primer
movimiento se le conoce como Reforma
y está íntimamente asociado con la declaración de la Misión Organizacional y el Trabajo en Equipo, como guía del conjunto con algún tipo de propósito compartido.
Ya en la teoría de las Organizaciones Inteligentes, a esta etapa se le ubica
como Aprendizaje de Primer Orden y
podríamos considerarlo como un aprendizaje superficial o tradicional, pero ya
“aprendizaje que busca el cambio”.
Podríamos decir que las
organizaciones de la postmodernidad surgen a partir de que se identifica y
enfrenta la necesidad de la declaración de la Visión Organizacional y su ubicación como guía capaz de crear
presente y futuro a la vez, para la propia organización y sus integrantes. Así,
la Visión pasa del simple anhelo por alcanzar cotidianamente lo pretendido
(Misión), a darle a ello una razón y un sentido a través de ambicionar un futuro
específico al cual poder acceder a través del esfuerzo. Es así que se busca lograr
la Revolución de las organizaciones a
través de la transformación consciente y dirigida del Clima Organizacional
imperante en los espacios de trabajo. Se trabajan las Emociones y los Estados
de Ánimo imperantes, por lo que a fines del siglo pasado “se genera” una
revolución de fondo en la conceptualización de lo que se entendía por
Inteligencia, y se acepta que ésta supera lo meramente racional, apareciendo
entonces (haciéndose popular) la “Inteligencia
Emocional”, principalmente impulsada por el decir de Daniel Goleman
(Psicólogo, Antropólogo y Periodista Estadounidense). De aquí a la Inteligencia
Social y de ahí a la conceptualización y respaldo científico de las Inteligencias
Múltiples, solamente ha sido cuestión de creatividad, innovación y evolución de
lo que podemos llamar Aprendizaje de
Segundo Orden.
Cabe mencionar que estamos en los
principios de la posmodernidad y de la aparición del anhelo organizacional por
crear y mantener en desarrollo Equipos de Alto Desempeño; aspiración que hace
evolucionar lo pretendido anteriormente a través del Trabajo en Equipo. Por
tanto, inicia una declaración franca y directa contra la Cultura de la
Obediencia y un trabajo específico para erradicar la burocracia y el
eficientísimo de las organizaciones. Los resultados entonces se entienden como
simple consecuencia del Saber Sentir,
que sustenta el “Saber Hacer”, para fundamentar el “Saber Tener” desde un
espacio conceptual, ético y práctico, mucho más humano, sistémico e incluyente.
Es entonces que surge la ambición por transformar las organizaciones
tradicionales en Organizaciones
Inteligentes, de la mano de Peter Senge y su famoso libro “La Quinta
Disciplina” (el Pensamiento Sistémico), en donde asume que es la conjunción de
las cuatro primeras (Dominio Personal, Modelos Mentales, Aprendizaje en Equipo,
Visión Compartida) en la quinta, fusionándolas como un todo, lo que genera y da
soporte a la evolución organizacional. A estos tiempos y esfuerzos (fines del
Siglo XX), corresponde la aparición incipiente de lo que en Coaching Ontológico
se ha acuñado en su conjunto como el Saber Ser (sentir, pensar y
propiamente ser, esto último desde lo
más profundo de uno mismo), que complementa lo externo al ser humano (hacer y
tener) con aquello que nace de su propio interior, de la “persona que es”.
Ya en plena “Rebelión” contra la
Cultura de la Obediencia, la ambición evoluciona y ubica como necesaria la
transformación no sólo del clima laboral, sino de la propia cultura que impera
hacia el interior de las organizaciones, ya que es en ella donde se ubican
muchas de las restricciones, creencias, hábitos, prácticas, limitaciones y malos
entendidos, que impiden o hacen lenta la evolución de las Empresas e Instituciones.
Esta “Rebelión”, que también
acciona guiada por la Visión Organizacional y el Desarrollo de Equipos de Alto
Desempeño, busca transformar la Cultura Organizacional a través de
la superación de quiebres y posiciones limitantes desde los pensamientos, las
expectativas, los prejuicios y las ideas sobre las cosas. Es aquí que se
fortalece el Coaching y los Coaches se constituyen como los profesionales “acompañantes”
de las personas en evolución, tanto en lo individual como en los grupos y las
organizaciones.
Estamos en el ámbito del Aprendizaje de Tercer Orden, en el que
el Saber Pensar desde el Saber
Sentir, es reconocido como la base para que todo lo demás realmente se logre,
para que el Ser mismo de cada quien, evolucione. Es aquí que verdaderamente se
hace posible el aprendizaje profundo a través de la constitución de
“Comunidades de Propósito abiertas al Aprendizaje” que permitan la
transformación de los lugares de trabajo en “Lugares de Potencial Realizado” y
busquen afanosamente el Desarrollo Sustentable y la Trascendencia Humana.
Y llegamos al Aprendizaje de Cuarto Orden, la culminación
y consolidación del Saber Ser. El
arraigo y la consolidación de la Visión Organizacional son buscados
afanosamente a través de la transformación profunda de los Estilos de Liderazgo
imperantes en la organización. Puesto que lo que se busca es la evolución en
campos tales como el tipo de Observador que son las personas que la integran,
el condicionamiento que soporta la interpretación humana de la realidad
reinante en el entorno organizacional, los puntos de vista que compiten entre
sí (en lugar de colaborar y ser solidarios entre ellos), las actitudes base del
Ser que son (cada persona) y en el que se constituyen, los paradigmas que los
atan al pasado, al miedo y a la inamovilidad, los principios que profesan y que
comprometen en su diario actuar; es que se cree y se dice que lo que
transformará a la Organización en su conjunto para enfrentar con éxito los
retos del nuevo siglo es una profunda y comprometida Resurrección que le permita a cada ente colectivo creado por los seres humanos, constituirse en una “Nueva Organización” con todo lo que esto
implica.
Es en esta pretensión que cabe y
se justifica mi pequeña aportación en la definición y conceptualización de lo
que he dado por llamar un Líder forjador
de Destinos, que básicamente consiste en que el Líder sea capaz de forjar
su propio destino desde el Ser que es; que coadyuve comprometidamente en la
forja de destinos de aquellos que, formando su grupo cercano de impacto, así lo
pidan y lo acepten; que guie el accionar y el esfuerzo innovador en el crear
destinos específicos (propósitos en común) para aquellos colectivos le han
distinguido como su Líder Formal; que asuma un papel profundo de influencia e
inspiración en la construcción de destinos masivos que busquen el bienestar
común y la transformación positiva, ecológica y sustentable del mundo en que
vivimos (desde nuestra pequeña parte de él o zona de influencia), y que atraiga
para sí la responsabilidad de trascender a su propio tiempo y hacer evolucionar
permanentemente la conceptualización y la práctica del Liderazgo mismo,
principalmente a través de su participación en la formación de futuros “Líderes
de Líderes” y el impulso a la innovación y la continua transformación del
“Liderazgo”.
Es entonces que el “Saber Ser” fundamenta el “Saber Pensar”,
lo que impacta en el “Saber Sentir” que soporta el buen “Saber Hacer” y hace
que surjan los resultados que permiten a cabalidad el “Saber Tener”, desde los
elementos constitutivos de los seres humanos y sus principios generativos, posibilidad
sine qua non en la humanización de las
organizaciones del Siglo XXI.
Así, la resurrección
organizacional es aquel acto de resurgir profundo que prácticamente nos lleva a
concebir una nueva organización, naciente de los principios generativos que
inspiraron a aquella que le da origen. Por tanto, es un ente nuevo que no
olvida su historia, su pasado, lo que le constituye. En ello, no es necesariamente indispensable que la
organización se encuentre en “ruinas” y, cual Ave Fénix, resurja de sus
cenizas. La resiliencia, aunque necesaria en el cambio profundo, sería
altamente insuficiente para explicar por sí misma esta transformación.
Me sigo explicando…
Nos hemos acostumbrado a
visualizar que el fin último de una organización, principalmente aquellas con
una intención manifiesta de lucro, es asegurar el rendimiento adecuado para la
inversión necesaria que implica (traducido en lograr resultados específicos que
justifiquen el gasto, para aquellas no lucrativas). Sin embargo, no es así de
simple. Bimbo busca alimentar, deleitar y servir a nuestro mundo. Coca Cola
pretende refrescar al mundo en cuerpo, mente y espíritu. Disney busca crear
felicidad al brindar el más fino entretenimiento para personas de todas las edades, en cualquier lugar. Sony
busca experimentar la alegría del progreso y aplicar la tecnología en beneficio
de las personas. Google pretende organizar la información mundial para que
resulte universalmente accesible y útil. Microsoft trabaja para ayudar a las
personas y a las empresas de todo el mundo a desarrollar todo su potencial.
Apple ha buscado siempre producir alta calidad, bajos costos, productos fáciles
de usar que incorporan alta tecnología para el individuo. Nike pretende traer
inspiración e innovación para cada atleta en el mundo (y amplía la definición
de atleta, declarando que si tenemos un cuerpo, somos un atleta). Wal-Mart
busca ahorrarnos dinero para que vivamos mejor.
Todas estas empresas buscan
generar el mayor rendimiento posible para sus inversionistas, sin embargo este
no es su propósito central. Y no lo es porque han comprendido que si viven
conforme a su propósito generativo (el declarado), los altos rendimientos son
simple consecuencia de su congruencia manifestada por y en el “Ser” en el que se constituyen y expresan.
No pretendiendo abundar en lo
anterior, para no perder el foco en destacar la importancia del propósito
organizacional en el encontrar el ¡PARA
QUÉ SÍ! que nos habrá de impulsar a la acción. Baste decir que las
declaraciones que he puesto de ejemplo nacen de la ubicación y respeto al
propósito generativo de las empresas y son la base de sus valores, los que
encausan y contienen su accionar corporativo.
¿Qué pretendo decir?
Que en esas empresas todo lo que
sucede tiene que ver o está alineado a sus propias declaraciones, a su mirada,
a su decir, al Ser Colectivo que son.
Cuando su gente se enfrenta a una necesidad o aspiración organizacional, a la
posibilidad de hacer para tener a
favor de sus clientes, en base al reconocimiento y la convicción de Saber Ser (en lo colectivo y en lo
individual), encuentran comprometidamente su posibilidad, desde el cultivar el ¡Para
que sí hacer las cosas!, desde el construir la viabilidad de propósito específico
y alinearla al propósito generativo de la organización. Así, nadie pierde la
posibilidad de hacer, porque ello estaría en contra no sólo de la naturaleza
del Ser que son (persona), sino
principalmente en contra del Ser en que
se han constituido como Organización (comunidad de propósito,
responsabilidad social, humanización organizacional). Por tanto, el por qué no, no sólo es una afrenta en el
mirar de las personas, sino que se convierte o traduce en creencias limitantes
que son rechazadas y perseguidas corporativamente dentro de la organización, ya
que atentan directamente contra su Ser
(el Saber Ser, individual y colectivamente), contra lo más profundo de su
naturaleza humana, contra su propia razón de existir y el sentido de la vida (con su posibilidad de existir, más allá del simple vivir).
Sin embargo, la nueva cultura no
surge por casualidad o por obra de magia, hay que construirla, trabajarla,
mantenerla, hacerla crecer, permitir que evolucione…
Por tanto, quisiera reflexionar
sobre cómo lograr esta transformación cultural que a todos convenga, al menos
desde mi convicción y compromiso personal con el conocimiento.
Ya vimos que los indicadores de
desempeño no aseguran el éxito organizacional; sin embargo, no podemos negar
que están íntimamente ligados a los resultados, tanto que pareciera que estos
dos tienen una profunda interdependencia. No obstante, me atrevo a asegurar que
el simple impulso en la gestión del desempeño no es suficiente para alcanzar la
transformación organizacional a la que aspira una Organización Inteligente. Las
posibles mejoras alcanzadas siempre serán limitadas, insuficientes y de corto
alcance.
Ahora bien, complementar el
esfuerzo a partir de la reingeniería de los procesos productivos que nos
permita, al menos en teoría, fortalecer las acciones emprendidas y alinearlas eficazmente
a la obtención de los resultados deseados; pareciera también estar muy lejos de
verdaderamente lograr la transformación profunda. Aunque desde esta mirada ya
se aprovecha mejor el factor humano y, lo más importante, se empieza a reconocer
lo fundamental de su valor para la organización; todavía estamos colocados en
el terreno del hacer (aunque ya hayamos logrado transitar de la aspiración del
“tener por tener”), nos colocamos en el campo de los tecnicismos que explican el trabajo en
los manuales, en la supervisión constante y en la evaluación crítica del
quehacer de la gente; pero no en la práctica diaria, ahí donde la intervención directa,
específica, comprometida, de las personas, hace diferencia y condiciona en
buena medida el éxito. Sin embargo, es aquí donde nace la posibilidad del conocimiento
cómo factor fundamental derivado de la apertura al aprendizaje, al enfocarse en
garantizar el “Saber Hacer”. Y es este Aprendizaje
de Primer Orden el que empieza a incorporar al Liderazgo como factor
fundamental no sólo en la guía del esfuerzo humano sino principalmente en la conducción
de las personas, como seres humanos que son y que así deben de ser respetados.
Ya en los terrenos puros del Ser, durante la segunda mitad del siglo
pasado, se incursiona en el campo del estudio y el cuidado del Clima Laboral
(que no solamente del ambiente imperante en los lugares de trabajo), como
posibilidad real de alcanzar una transformación profunda para la organización. El
cuidado del clima laboral permite que las personas estén mejor en su ambiente
de trabajo, pero también permite que estén bien entre ellas mismas, en las
relaciones que construyen; pero todavía no incursiona en lo profundo de la
naturaleza humana que ello implica. Trabaja ya en el Saber Sentir, haciéndose cargo de las emociones y los estados de
ánimo, pero dejando la principal responsabilidad de ello en “los directivos y
los trabajadores” como personas que son, y poco en los líderes que las dirigen
y motivan, en la valía de "ser equipo", en el valor de "asumirnos comunidad". Aunque el Liderazgo avanza grandemente, sigue siendo más una
competencia dirigida a garantizar la eficiencia que un compromiso con el aprecio
y la estima de los seres humanos, una mirada más dirigida a su valor laboral que
a la valía intrínseca de personas.
Ya colocados en el campo del Saber Pensar, nos damos cuenta de que el
secreto está en la verdadera transformación de los seres humanos, en la
posibilidad de pensar desde el reconocer que antes han sentido, y que todo lo
demás vine por añadidura. El cambio sustantivo en sus rutinas, sus hábitos, sus
creencias, sus pensamientos, sus prejuicios y sus ideas sobre las cosas, es lo
que realmente hará un cambio profundo en la Cultura Laboral, en la cultura
imperante hacia el interior de la organización. Una nueva cultura es lo que
permitirá construir una comunidad de propósito (en todo lo que esto significa e
implica) y alcanzar la apertura plena de la organización hacia el aprendizaje.
Es más, es ello lo que abonará exponencialmente en la satisfacción laboral y el
bienestar común, en las posibilidades reales de construir un entorno mejor para
vivir en él.
“Nuevas Personas” (al transformar
su Ser y lograr la expresión de lo mejor de ellas mismas), generan una nueva
cultura; una nueva Cultura Laboral (Organización Inteligente abierta al
Aprendizaje ↔
Lugares de Potencial Realizado), propicia un nuevo clima o ambiente de trabajo;
un nuevo Clima Laboral (Comunidades de Propósito), atrae nuevas posibilidades
de impulsar y empoderar los procesos productivos; nuevos Procesos Productivos
(Organizaciones de Alto Rendimiento), logran nuevos y mejores resultados; Resultados
Renovados y Potencializados (excelente calidad en productos y servicios,
clientes satisfechos con expectativas superadas, alto retorno de la inversión,
visión sistémica de la organización, crecimiento y desarrollo laboral, satisfacción
en el trabajo, desempeño ético y compromiso laboral, humanización de las
estructuras organizacionales), consolidan la expresión incluyente, exponencial
e incremental de “Nuevas y Mejores Personas”. Así, el Saber Sentir (Inteligencia Emocional), propicia un mejor Saber Pensar (Coaching), y es este la
plataforma impulsora del Saber Ser
propiamente dicho, de su concepción integradora (cuerpo, emoción, mente, alma),
la expresión de nuestra mejor versión como seres humanos que somos, de nuestra
propia naturaleza, de nuestra espiritualidad.
Partiendo de lo individual y ya
creada la plataforma evolutiva, a través del impulso al mejoramiento personal
con convicción y compromiso, se debe lograr esto mismo a nivel corporativo. Hay
que recordar que la organización es un ente vivo que actúa desde su autonomía
colaborativa y solidaria, su apertura al aprendizaje y su marco ético propio;
por lo que su forma de actuar debe entenderse desde su cultura, el clima
laboral imperante, sus procesos productivos y sus resultados; pero sobre todo,
desde el aspecto humano que sustenta el factor de participación comunitaria y responsable,
de las personas que la conforman.
Y es ahí donde el Liderazgo es fundamental (líderes y
seguidores unidos por un propósito compartido). Es ahí donde se debe apreciar
el accionar congruente de aquellos que lo ejercen (formal e informalmente)
desde el entendimiento, la convicción y el compromiso con este arte de concebir y crear destinos, de
construirlos conscientemente, desde su propia capacidad comunitaria de
forjarlos, desde su aspirar a ellos y desde su hacerlos posibles: desde el ¡Para qué sí!.
Un Liderazgo basado en valores, en las capacidades de influencia entre
el grupo (desde una posición más horizontal y basada en la colaboración, que
aquella tradicional vertical sustentada en el poder y la autoridad) y en una honda transformación inspiradora del Líder (de
la resurrección de cada líder en un Líder
forjador de Destinos). En la resurrección del liderazgo a través de la
transformación profunda del Observador
que es cada líder en la organización, y cada seguidor involucrado y proactivo.
Una transformación radical capaz de transmutar los paradigmas imperantes,
afianzar los valores organizacionales, trastocar las actitudes limitantes, superar
el condicionamiento que nos ata a la cultura anterior, permitir la evolución de
los puntos de vista y el renovar de los modelos mentales colectivos.
Pero principalmente un Liderazgo
que, a diferencia del tradicional, se convierta en factor en la construcción de
relaciones profundas y significativas basadas en el respeto, la confianza y el
compromiso mutuos. Un Liderazgo que accione como impulsor exponencial de la
mejor expresión de lo humano y de las posibilidades reales de transformación del
mundo para el bien de todos. Y, por qué no, desde ahí, coadyuvar en la
evolución del universo en su conjunto.
Una posibilidad de “ver” al otro, como principio de posibilidad y legitimidad de su propia existencia.
Una posibilidad de “ver” al otro, como principio de posibilidad y legitimidad de su propia existencia.
Organizaciones que asuman su
responsabilidad social y la de su liderazgo corporativo, impulsando entonces el
resurgimiento de sus líderes, como constructores apasionados de un futuro
promisorio y del perfeccionamiento del bien común, afianzando cada lucha
colectiva en pro del propósito compartido y la consolidación exitosa del
esfuerzo colaborativo y solidario, basado en valores. Líderes promotores de la
madurez y la independencia de las personas y del rescate de las virtudes que la
niñez otorga y que se pierden en el devenir de los tiempos. Líderes que asumen
con convicción y compromiso su “apostolado” creativo e innovador, capaz de
trascender en la formación de nuevos líderes, en la evolución del liderazgo
mismo y en la consolidación de Líderes de Líderes que habrán de ser posibilidad en la forja de nuevos y mejores Destinos.
Concluyo entonces...
Así, la resurrección en el "Para qué Sí" afianzará las posibilidades reales de las organizaciones de este Siglo, para asumir el reto de Ser, Hacer y Tener como la Organización Inteligente que son.
La cultura del “Para qué sí” superará
el ámbito de la culpa, de la explicación de lo no posible, de la falta de
involucramiento activo, del vivir para tener, del ser individuo sin “ser humano”. El ¡Para qué sí!, devolverá el sentido y la razón a la vida misma,
otorgándole oportunidades de Ser desde el servicio al otro, desde su capacidad
de dar, más que desde su posibilidad de poder recibir. Por tanto, será posible que:
El “Poder” sea para poder… para poder
hacer, para realmente poder servir, para poder trascender; para poder ser
historia, historia digna de ser contada.
Roberto Arzate

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