Propósito y Potencial Realizado

Propósito y Potencial Realizado.

Dos términos centrales en mi proyecto de humanización de las organizaciones son el Propósito, que es aquel que le da sentido al Ser Comunidad, y el Potencial Realizado, que se constituye en la base necesaria para que los espacios de trabajo realmente abonen al bienestar común, a la realización de los seres humanos y al engrandecimiento de la humanidad en su conjunto.
Caminando por la vida y los espacios del Liderazgo me he tropezado con la posibilidad de expresar el “para qué” una organización tradicional debiera convertirse en una “Comunidad de Propósito”, y los espacios de trabajo que en ella habitan debieran transformarse en verdaderos “Lugares de Potencial Realizado”. Y la parte central en todo ello es el “Propósito Compartido” y la aparición del “Potencial Realizado”, dos temas que me inspiran y de los cuales pretendo hacerme cargo en esta provocación de conversación con todo aquel que se tome un tiempo para leer este ensayo.

Quizás se pudiera pensar que es una posición ingenua, que se trata de una ilusión o incluso de una fantasía deseable (pues posiblemente ni siquiera “deseada”); pero yo creo que es el asomarse de un futuro que cada vez está más en el presente, que hoy habita más entre nosotros. Hay muchas organizaciones que, a su manera, ya aplican los principios que encierran los términos planteados, por lo que me atrevo a insistir en que estamos en el advenimiento de este cambio de paradigma, el cual habrá de darse, con o sin nosotros, por su propia inercia y la universal necesidad de fortalecer e impulsar la naturaleza humana en un mundo mejor.
Un buen punto de partida es dejar establecido que el Propósito es más o menos a la Comunidad, lo que la Visión, la Misión y los Valores son en conjunto, a la Organización de fines del Siglo XX. Sin embargo, es necesario dejar establecidas diferencias básicas y nuevos conceptos que constituyen el espíritu de este umbral, el Propósito.

Desde mi punto de vista, el Propósito es la evolución consecuente de aquellas Ideas Rectoras que se constituyen en el vértice de unión de ellas mismas, con las Teorías, Métodos y Herramientas y las Innovaciones en la Infraestructura, en aquella Arquitectura Organizacional de Peter Senge (La Quinta Disciplina). Es más, en mi concepto, es el Propósito lo que le da sentido al Aprendizaje Profundo, base de las Organizaciones Inteligentes conceptualizadas por este mismo autor. El Propósito nace del Orden Implícito que marca el punto de partida de la vida organizacional y es la representación conceptual del Sentido Generativo que hace a la Organización: Comunidad (mucho más social, ética y encaminada al bien común). Por último, donde más se aprecia la evolución que atañe a las Organizaciones Inteligentes es en los Resultados con los que culmina el esquema, ya que el Propósito está íntimamente relacionado con el Ser Colectivo que quiere “ser” esa Comunidad, más allá de los resultados objetivos que pueda obtener con ello. Así, el Propósito impulsa el Ser en que se asume la Comunidad en su conjunto, mismo que determina, alinea, enfoca y dirige el Hacer que le es organizacionalmente generativo y el Tener (Resultados), consecuencia ética y social de esa particular forma de Ser y de Hacer en Comunidad.
Un buen principio, pero es necesario seguir adelante. Para los que conocemos de Coaching, es muy familiar decir que el apoyo que brindamos a nuestros Coachees principalmente está enfocado a que se descubran como la Posibilidad que son. Es decir, que identifiquen, utilicen y fortalezcan capacidades, habilidades y competencias en ellos, que previamente no sabían que tenían o que consideraban poco les ayudaban para lo que deseaban o querían hacer. Es así que lo que se persigue es que se aprecien como Posibilidad, como capaces de alcanzar sus anhelos, de transformar sus sueños en realidades positivas para ellos mismos. Así, es el Propósito lo que le da consciencia y sentido a la Comunidad para saberse Posibilidad, para sentirse capaz de forjar su propio destino, de construir el futuro colectivo que desea para ese conglomerado humano que la conforma y para la humanidad en su conjunto.

Y empiezo a definir el Propósito desde las conceptualizaciones más generales y aceptadas. Desde esa mirada, el propósito es la determinación firme que tienen los seres humanos de hacer algo. Es la intención o el ánimo de hacer o dejar de hacer algo. Pero también se entiende por propósito aquel objetivo que se pretende alcanzar. Es algo que se quiere conseguir y que requiere de esfuerzo y de ciertos sacrificios. Y en un nivel más profundo y trascendental, el propósito de un ser humano, es el sentido que otorga a su vida.
El Propósito es ese potenciador del “alma” institucional que le permite a la comunidad constituirse como una entidad forjadora de destino, capaz de romper el paradigma del futuro incierto y entenderse como posibilidad, posibilidad infinita nacida de su naturaleza humana, fundamentada en el esfuerzo y el trabajo, y sustentable en su enfoque social y los valores que profesa.

Si la Visión Organizacional define lo que la organización quiere lograr en el futuro, es lo que aspira a ser; el Propósito es aquello que le confiere origen a la Comunidad en la que se ha transformado la organización. Aún más, representa lo supremo que habita en el interior de ese ente humano y da sentido a la aspiración de futuro colectivo que los compromete, los guía, los alienta y los contiene para que siempre estén enfocados en lo pretendido, sin distracciones o extravíos.
Así, el Propósito encierra el pasado generativo de la comunidad, pero también comprende su presente activo y el anhelo común por un futuro compartido que puede construirse, forjarse en destino, ser resultado de su capacidad transformacional y su posibilidad de trascender.

Ahora bien, comprendiendo por Misión Organizacional aquella declaración que corresponde a la razón de ser de la organización, que se instituye en el resumen de todos sus valores, objetivos e intenciones, constituyéndose en la identificación de la idea de negocio en la que se actúa (Hacer) y se logra (Resultados). Cabe señalarse el hecho de que esta declaración generalmente es definida por los fundadores e impuesta desde la alta dirección. En contraste, el Propósito es lo que transforma a todos y cada uno de los miembros de la comunidad en militantes del sueño corporativo. Los constituye en co-creadores de un  performance cotidiano que los identifica, los arraiga, los amalgama y los une, más allá de sus diferencias y aspiraciones personales y sin renunciar a ellas. El Propósito de la Comunidad permite a los seres humanos que la integran, accionar en tiempo real sin perder el enfoque en la pretensión de futuro que les es común.
Y es en este describir del propósito donde nos acercamos al aprendizaje profundo, que distingue a las organizaciones inteligentes y que se compone en primer lugar por la capacidad colectiva de la comunidad de enfrentar de manera profunda su necesidad permanente de cambio, fuente sine qua non del aprendizaje, que no sólo distingue a la organización sino que le da posibilidad de ser, convirtiéndose en el alma de la propia comunidad. Así, cuando el aprendizaje se torna indisoluble y amalgamador no sólo del esfuerzo humano, sino de su propia naturaleza práctica, es que nos acercamos afanosamente al potencial realizado (acompañante activo del propósito colectivo).

Y es en el arranque de la consciencia colectiva donde iniciamos el ciclo virtuoso que sustenta la posibilidad de construir sentido común y, con ello, posibilidad de aparecer para el Ser Colectivo que constituye el alma de la comunidad en su conjunto. Como dice Peter Senge, es esta posibilidad de generar consciencia y sensibilidad lo que impulsa en el ser humano colectivo el anhelo de evolucionar y transformarse cotidianamente. Y es ahí donde aparece el liderazgo que habrá de guiar estos anhelos y los alineará a una realidad de ser posibilidad, en la realización humana y la plenitud colectiva, que supera la ambición por el resultado o por alcanzar el éxito.
Es en ese principio generativo (sistémico, dinámico, holístico e incluyente), que nace, crece y trasciende la cultura organizacional sustentada en las actitudes y creencias que se hacen generales, que se transforman en hábitos y buenas prácticas, observadas y apoyadas por todos los integrantes de la comunidad, desde su personaje y su rol que le toca a cada quien poner en acción, al servicio de los demás, en la tarea cotidiana de generar comunidad.

Y luego, en el accionar en tiempo real, en la vorágine que significa la evolución del cambio duradero hacia la conceptualización y práctica del cambio dinámico y permanente, al que estamos más que acostumbrados en estos principios del Siglo XXI; es que encontramos los fundamentos “inteligentes” de las aptitudes y capacidades que se aprecian día a día en el clima organizacional existente y en su dinámica creativa e innovadora.
Y aunque parece que agotamos el esquema impulsado por Peter Senge y que representa a las Organizaciones Inteligentes, apenas nos estamos adentrando en aquel esquema que identifica el Alma de la organización, desde los Dominios de Congruencia de Alberto Beuchot (y colaboradores) y su filosofía del Ser, representada en su Modelo de Cambio Personal y Organizacional, y que rompe el paradigma tradicional de “Hacer para Tener”, sustentada en la, afortunadamente, superada idea de que el fin pudiera justificar los medios para lograrlo.

Y ahí es donde adquiere valía el Marco Ético y el Enfoque Social que hace sustentable a la Comunidad de Propósito. En las primeras organizaciones postmodernistas, junto a la Visión y a la Misión Organizacional, fueron fundamentales los Valores declarados e instituidos. La observancia irrestricta de dichos valores y su interpretación jerárquica, llegó a construir el sentido de que eran estos valores (y no otras filosofías, ideas, personas o personajes) los que deberían guiar y dirigir a la organización en su totalidad. Los valores marcaron los límites que nos sostenían dentro del camino aspiracional y nos permitían un actuar ético, necesario (quizá indispensable) para colocar, en lo general, la presencia del poder al servicio de la sociedad, y al servicio de la organización, sus clientes y sus miembros, en lo particular.
En las organizaciones de la postmodernidad, los valores organizacionales son un elemento clave por los que se rigen las personas que colaboran y trabajan juntas para poder obtener el objetivo al que aspiran. Y aunque los valores organizacionales declarados son tomados, muchas veces, como sentencias vanas que realmente no inciden en el desempeño corporativo; es claro que cuando se asumen desde la convicción y no desde la imposición, los valores compartidos constituyen el cimiento no sólo para la existencia plena de la organización, sino para el perseguir activo del bienestar común, dentro y fuera de ella.

En la construcción del Propósito, el Marco Ético Colectivo es mucho más que un conjunto de valores que pueden favorecer de manera directa la realización de las funciones propias del grupo, por lo que van más allá de la construcción de un ambiente de trabajo, encargándose de sustentar la cultura y el liderazgo dentro de la comunidad. Los valores acompañan al dar forma y sentido a la aspiración humana que se transforma en Propósito, garantizando su sustentabilidad ya que representan esa “Mejor Expresión” del Ser Colectivo que constituye el Alma de la Comunidad. Son mucho más que la identificación y declaración de aquello que cimenta la práctica ideal a ser observada por todos, para convertirse en el fundamento del “forjar destino” que consolida a la comunidad como un ente humano vivo y generoso que persigue, en su conceptualización más amplia, el bien común; la evolución y la superación, para bien de la humanidad en su conjunto.

No es cuestión de conseguir y superar logros, es la posibilidad de transformar permanentemente el Ser Colectivo, el Alma Comunitaria, desde la esperanza, el amor y el compromiso. Es el Ser Posibilidad desde el trabajo colaborativo, solidario e incluyente, que distingue a las Comunidades de Propósito, y al Propósito mismo, como impulso generativo de dichas Comunidades.
Por otra parte, una lectura inversa del ciclo virtuoso de Cambio Duradero de Peter Senge nos permite avanzar en la apreciación del potencial realizado.
Mucho es lo que se ha dicho sobre la bondad de los programas de capacitación y desarrollo de los trabajadores. Hay organizaciones que apuestan grandes cantidades de dinero e ilusión al invertir en este rubro, buscando que sus trabajadores se acerquen al ideal que la organización cree necesitar de ellos. Y sin embargo, los resultados no son tan relevantes como se esperaría y rápidamente pierden vigencia con el paso del tiempo.
Es experiencia de todos nosotros que después de asistir a una capacitación, en el mejor de los casos, nuestra motivación se fortalece y queremos regresar al trabajo para iniciar a aplicar lo aprendido. Sin embargo, pronto nos damos cuenta que se necesita más que deseos para alcanzar un cambio profundo, que se requieren nuevos recursos, que los demás ofrecen resistencia para cambiar, y pronto nuestra motivación va decreciendo, hasta que aceptamos seguir como antes, seguir como siempre, y dejamos nuestra capacitación en el cajón de los recuerdos.

Y claro que el entrenamiento impulsa las habilidades y destrezas de los individuos, mejorando sus competencias naturales y su experiencia, en el contacto cotidiano con el trabajo, el puesto y la organización. Incluso también fortalece los rasgos de personalidad ligados a las competencias que condicionan el comportamiento en el trabajo.
La formación y la capacitación continua perfeccionan las habilidades y destrezas del personal y fortalecen su actitud ante el compromiso de pertenecer a un proyecto integrador. La capacitación prepara para el trabajo, tanto en el presente como a futuro, siendo fundamental como respuesta planeada y congruente con los resultados de la evaluación del desempeño.

El entrenamiento, la capacitación y la formación de las personas, se entremezclan en un solo sistema integral que acerca el conocimiento a la organización y fortalece el talento humano. Este sistema es la base del desempeño y el desarrollo de los miembros de la organización y coadyuva, sin lugar a dudas, en la búsqueda del Objetivo Común Colectivo, mientras que en un cierto nivel, genera satisfacción y bienestar.
Y sin embargo, poco tiene que ver este sistema con la generación de “Lugares de Potencial Realizado”. Está más que demostrado que todo este sistema integral genera exclusivamente potencial en los miembros de la comunidad. Sí, los hace más aptos para el trabajo. Pero la verdadera expresión de ese potencial sigue siendo un asunto individual y profundo, arraigado fuertemente en las creencias de la gente. Así, mucho de ese potencial recién creado, se pierde y se desgasta al no ser utilizado.

Es por ello que en las Comunidades de Propósito se debe aspirar a transformar cualquier espacio organizacional existente en un laboratorio vivo, dinámico y permanente de aprendizaje, de conocimiento, de transformación y trascendencia. Es por ello que se debe provocar y cultivar el aprendizaje profundo que hace sustentable el cambio duradero. Es por ello que hay que ir mucho más allá del sistema integral de entrenamiento, capacitación y formación de personas (que muchas veces ni existe o funciona limitadamente en la mayoría de las organizaciones).
La apertura al aprendizaje comunitario debe materializarse en un verdadero cambio de paradigma, donde no sea la imposición, la conveniencia y/o la obligación, lo que cimente los esfuerzos por acercar el conocimiento.

Los Lugares de Potencial Realizado son espacios humanos, donde se busca el conocimiento porque se tiene la convicción de que cada día hay que lograr ser mejores; que hay que cultivar nuestro Ser para que esté acorde a nuestra necesidad de satisfacción, realización y felicidad.
Para danzar armónicamente al compás que dictan los estilos de liderazgo, nuestra cultura comunitaria y el clima laboral que nos acompaña propositivamente en nuestra cotidianidad, hay que tener el conocimiento que la creatividad y la innovación nos requieren, y cotidianamente transformarlo en el Capital Intelectual que solidifica nuestra convivencia y nutre el accionar en Comunidad. Así, ese conjunto de información y demás activos intangibles, que se van consolidando con el paso del tiempo (contrario a la simple capacitación), llegan a constituirse en el tesoro más preciado para la Comunidad.

Por tanto, no nos limitamos a fortalecer las aptitudes y capacidades de los miembros del grupo, trabajamos directamente en torno al Ser que cada uno de ellos es y al Ser Colectivo del que forman parte como miembros de su Comunidad. Se trabaja en los estados de ánimo individuales y colectivos y en las emociones. En los pensamientos, expectativas, prejuicios y demás ideas sobre las cosas. Y no nos olvidamos de incidir en los condicionamientos, los puntos de vista, los paradigmas y los valores que conforman el Observador en que cada quien nos constituimos, la mirada particular desde la que interpretamos cada uno nuestra realidad. Y no solo eso, ya que asumimos la interpretación y conformación colectiva en cada uno de estos espacios, mismos que impulsan la generación del Ser Colectivo, el Alma propia de la Comunidad.
Más allá de las acciones, las formas de trabajar, y mucho más lejos del simple perfeccionar las capacidades para producir resultados, nos ocupamos de las actitudes y las creencias de los miembros de la comunidad para que asuman los dominios de congruencia que son necesarios para alcanzar el propósito de aspiración común, la consolidación en su integración comunitaria y el ser posibilidad ante la felicidad (aspiración humana más elevada).

Es entonces que surge la posibilidad de ser conscientes de nuestras pretensiones y sensibles a lo que la vida reclama de nosotros en el camino de construir nuestro futuro, de forjar el destino de nuestra comunidad. Y de ahí, de nuevo a trabajar sobre las actitudes y las aptitudes.
Por tanto, en este contexto, el potencial se realiza, se expresa, se materializa en situaciones concretas, en objetivos concretos. Las personas crecen y se desarrollan desde la convicción de que todo debe surgir de su Ser, de su Alma y del Alma de su Comunidad. Se alinean las aspiraciones personales al Propósito Colectivo, y uno a otro se ayudan para convertirse en realidad. Una realidad que no les es impuesta, que no les resulta ajena, que les genera identidad y les acerca a la felicidad, no como meta a alcanzar, sino como estado de ánimo permanente, como forma de vivir en conjunto, como resurgimiento del Orden Implícito que como Comunidad les resulta generativo, y que les permite ir más allá de los resultados, persiguiendo su plenitud y su trascendencia.

En los Lugares de Potencial Realizado aparece el milagro de lo humano, de nuestra propia naturaleza, de nuestra forma de Ser Posibilidad como seres humanos que somos. Es base de las Organizaciones Felices que se dispersan por el planeta, como posibilidad real de construir un mejor mundo para todos. Según Beuchot, es nuestra Metanoia, nuestro superar la reforma, la revolución y la rebelión, para que aparezca nuestra Resurrección como Comunidad de Propósito.
Roberto Arzate

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