Las Conversaciones y la co-creación de “nuevos mundos” desde “Ser Posibilidad”.
Co-creando “nuevos mundos”
Era un día claro, fresco y
tranquilo. Invitaba a hacer actividad: trabajar, pasear, jugar, ir de compras, lo
que fuere. Sin embargo, era media semana, antes de las nueve de la mañana, y lo
más prudente era dirigirse al trabajo y hacerse cargo de las responsabilidades
y las acciones pendientes.
Al llegar a mi oficina, como
muchos otros días, me paro en el escaloncito de la puerta de la entrada, como
preguntándome hacia mi interior ¿entro o no entro? El escenario es el mismo de
siempre, las mismas personas, los mismos muebles, los mismos equipos, los
mismos problemas, las mismas acciones, las mismas caras (actitudes), lo mismo
de lo mismo… ¿Entro o no entro?
Será que yo acostumbro a
reflexionar. Como dice Humberto Maturana, los seres humanos, en la capacidad de
poder reflexionar, reflexionamos a través del lenguaje, como una operación que
hacemos a través de preguntas. Y ahí estoy yo, preguntándome ¿entro o no entro?
En un día más de mí ya larga vida laboral, antes de entrar (iniciar la jornada de
trabajo) reflexiono: ¿quiero seguir haciendo lo que he venido haciendo? ¿Estoy
dispuesto a “cambiar”? Y así, bajo el peldaño y camino lentamente, saludando a
todos, hasta llegar a mi despacho.
El trabajo se inicia, lo
programado va ganando su lugar asignado, y lo nuevo, lo que surge de improviso,
va conquistando los espacios necesarios, incluso a costa de lo programado. Y de
esta forma, el día transcurre en su diario vivir, consumiendo la dinámica del
“todos los días”, asumiéndose desde las acciones de siempre, escribiendo la
página correspondiente de ésta, la historia de mi vida, y la de otros.
Y entre el arduo trabajo que
agota mis sentidos y los interminables momentos de un hacer liviano que lo más
que busca es consumir el tiempo restante de la jornada laboral; las horas se
van formando al marchar, una tras otra, hasta lograr agotar lo hábil del día.
La hora de la salida llega y parado en el escalón de la puerta de la oficina,
ahora ya de cara al patio y sin mayor compañía, por lo avanzado de la tarde;
por un momento me pregunto ¿salgo o no salgo? ¿Quiero seguir haciendo lo que he
venido haciendo después del trabajo? ¿Estoy dispuesto a cambiar? Y entonces
bajo del peldaño y camino lentamente hacia el estacionamiento, donde abordaré
mi auto y me iré rumbo a casa, a “descansar”, para mañana iniciar nuevamente un
“nuevo” día de trabajo. Nuevas preguntas, nuevas respuestas, nuevos espacios de
reflexión.
Ya con el coche en marcha, me
asaltan nuevas preguntas en la conversación interna, producto de mi reflexión: ¿Estoy
dispuesto a reflexionar siquiera, sobre aquellas cosas que no estoy esperando?
¿Estoy dispuesto a cambiar de opinión, a llegar a un nuevo acuerdo conmigo
mismo? Y es entonces que aparece una nueva pregunta del inspirar en Maturana:
¿Realmente yo, en mi vivir cotidiano, en mi día a día, estoy conversando y
estoy dispuesto a cambiar de opinión, en aquellas conversaciones en las que
estoy?
La Conversación es un tejido donde vamos surgiendo en el
tipo de seres que somos. En la Conversación, aparece el mutuo respeto también,
como una emoción fundamental. En el conversar no hay expectativas, danzamos
juntos, vemos lo que pasa, “generamos mundos” (en el
decir de Humberto Maturana y Ximena Dávila – co-fundadores de Matriztica, Chile).
Para los autores en comento,
cuando hablamos de conversación y cuando hablamos de cambio estamos hablando de
dos espacios Psico-relacionales distintos, porque de repente, en nuestro
reflexionar, nos preguntamos ¿Qué quiero conservar? Y cómo cambia todo aquello
que estamos conversando, y nuestra mirada sobre lo que venimos conservando,
quizás aún en la inconsciencia.
¿Qué quiero conservar? La
pregunta que abre la ruta del cambio. Qué le da sentido a todo, qué nos pone en
el camino, más que el mejor plan que podamos generar. Porque si tengo claro qué
real y profundamente quiero conservar, todo lo demás, absolutamente todo, lo
puedo cambiar, lo puedo “sacar”. Y ya está, solamente nos falta ir colocando
los “cómo” y los “cuando”. Ser riguroso en ello, no pensando en lo que estoy
soltando, lo que estoy dejando ir, sino en el gran espacio que estoy creando
para poner todo aquello que responde a la pregunta: ¿Realmente yo, en mi vivir
cotidiano, en mi día a día, estoy conversando y estoy dispuesto a cambiar de
opinión, en aquellas conversaciones en las que estoy? Y con ello crear un
“mundo nuevo”, el mundo en el que realmente quiero estar, en el que podré ser
feliz desde el soltar de mis apegos.
Decirlo quizás es muy fácil.
Parado en esa puerta al llegar a mi trabajo, cambio la pregunta y en lugar de
cuestionarme en el ¿quiero o no quiero entrar?, cambio la pregunta y digo ¿Qué
quiero (y quizá, debo) conservar? Y desde una conversación diferente, producto
de esta reflexión, me interrogo ¿Qué realmente quiero conservar, de todo
aquello que digo que quiero conservar?
Y entonces me sumerjo en el
placer que genera la curiosidad, la curiosidad de vivir realmente. Porque según
Maturana, Ximena y colaboradores, la curiosidad es el espacio entre la pregunta
y la respuesta. Y la reflexión, como un acto de la emoción, nos lleva a un
profundo sentimiento, entendimiento y comprensión, de desapego. Ahora sí, estoy
en condición de dejar aparecer todo aquello que resultará de la reflexión
profunda sobre aquello que estoy esperando, por lo que estoy dispuesto a luchar
hasta alcanzarlo. No solamente en favor mío, sino de todos aquellos otros que
aparezcan con mí “dejar aparecer”.
Puede ser que no pueda
cambiar mi lugar de trabajo, ni mi empleo, al menos por el momento; pero puedo
cambiar mi manera de mirar. Puedo ser un observador diferente y, desde este
lugar, cubrirlo todo (lo interno y lo externo) desde una mirada diferente,
desde una re-expresión de nuestro Ser.
Puedo repetirme una y mil veces, que al comprender que toda opinión es una
visión cargada de historia personal, no debe entonces buscarse la forma de
dejar de opinar, o de cerrar nuestra escucha hacia la opinión de los demás. Por
el contrario, ésta es una gran oportunidad para el desapego, para “dejar
aparecer”. Dejar que nuestras opiniones se muestren y sean vistas, desde el
entendimiento de que son eso, opiniones; opiniones que resultan, en mucho, de
cómo nuestra historia se ha escrito con el paso del tiempo. Pero también es
oportunidad sine qua non para que las opiniones de los “otros”, que cohabitan
conmigo en el contexto que compartimos, se muestren y se escuchen en esta danza
respetuosa y amalgamadora del “dejar aparecer” de Maturana.
Y no todo acaba ahí. Lo
anterior nos lleva a entender y asimilar que todo juicio es una confesión. Y en
mi reflexionar profundo me doy cuenta que, en efecto, todo juicio habla más de la
persona que lo emite, que del contenido lingüístico del propio juicio. Hacer un
juicio cualquiera es colocarme ante un espejo y dejar ver el Ser que soy. Esto es de tenerse en
cuenta… o acaso es de hasta aterrorizarse
ante esta realidad.
Ahora bien, según Humberto
Maturana y Ximena Dávila, co-fundadores de Matriztica, Institución Chilena
dedicada principalmente a la difusión y enseñanza de los fundamentos de la
Biología-Cultural, el apego es esa experiencia en la que siento que estoy
haciendo, que me estoy relacionando, que me está pasando algo que me causa
placer, que me gusta, pero que a la vez me causa daño.
Y entonces, salir al desapego
significa “salir de una adicción”, al encontrar y enfocarnos en aquello que
“queremos conservar”. Y desde el escalón de la puerta de mi oficina, viendo
hacia el interior, cada mañana, encuentro que hay cosas que nos significan, que
proporcionan valía a mí persona y a mis colaboradores, que nos resultan
“disfrutables” y hasta nos acercan a la realización personal y profesional. Y
son todas esas cosas que “queremos conservar”, las que me impulsan a dar el
paso hacia adelante y entrar a entablar una nueva lucha en pro de la
posibilidad de convertirnos en un “Lugar
de Potencial Realizado”, más allá de la materia y el contenido de lo que
hacemos.
Recuerdo la historia del
joven que acude a visitar a su Maestro y le pregunta por todo aquello que a su
juicio le falta por saber. El ilustre Maestro le contesta, mientras llena un
vaso con agua hasta que ésta se derrama: mira ese vaso, nada le puede caber
mientras esté lleno hasta el tope. Si desde nuestra arrogancia, nuestra
soberbia, nuestra certidumbre, no dejamos que aparezca conscientemente en
nuestra reflexión, todo aquello que queremos conservar; no podemos soltar todo
lo demás y hacer espacio para aquello que ahora es importante incorporarlo para
nosotros. Seguimos en el apego a nuestra zona de confort, creyendo que “más
vale pájaro en mano que un ciento volando”, que es mejor no movernos para no
sentir la incertidumbre que implica el enfrentar las preguntas ¿Estoy dispuesto
a reflexionar y a operar sobre aquellas cosas que no estoy esperando, y que me
gustaría que llegaran? ¿Estoy dispuesto a soltar mis apegos, sobre todo aquello
que no cabe en “mi particular y profunda mirada sobre aquello que deseo
conservar realmente”? ¿Estoy dispuesto a cambiar de opinión y dejar aparecer lo
que es nueva “posibilidad” para mí Ser? ¿Estoy preparado para pagar el
precio por ello y asumir las consecuencias de mi Ser Transformado y mi nuevo Hacer
mundos? ¿Estoy listo para impulsar, gatillar, un observador semejante en
los otros, para juntos buscar apasionadamente alcanzar nuestro “propósito común compartido”? Y entonces,
¡la magia que maravilla!: ¿queremos
seguir haciendo lo que estamos haciendo?, ¿estamos dispuestos a cambiar?, ¿estamos
dispuestos a forjar otros destinos?
Aprender a desaprender, para
luego volver a aprender. Soltar nuestra certidumbre, para luego “dejar aparecer”.
Amar no porque se tenga que amar, sino desde el abrazo con el otro. Mirar desde
la curiosidad y no desde la certeza. Soltar certidumbres arraigadas y
transformarnos, desde lo más profundo de nuestro Ser. ¡Dejar aparecer! Aceptar al otro como legítimo otro, inclusive
a nuestro propio “otro”. Validar mi propia existencia, en el poder mirar al “otro”. Soltar todo
apego, y preguntarnos ¿Qué hay, para mirarlo?
¿Qué hay, para mirarlo? Gran
pregunta, potenciadora de la pasión e impulsadora del “cambio de fondo”. Qué
hay, para poder descubrirlo, para hacer que se muestre, para conseguir que
importe. Para mirarlo y remirarlo, y poder mirarlo
desde un lugar distinto, desde su apreciación como posibilidad, como
posibilidad “posible”, válgame la redundancia. ¡Qué hay para poder mirarlo! Imperativo de mi decisión y mi
convicción de encontrar algo nuevo, algo diferente, que pueda superar mis
índices de satisfacción y estar conmigo, sin ser un apego.
Todo esto es lo que por la
mañana me impulsa a bajar del escalón y entrar a la oficina. Pero también es lo
que por las noches me impulsa a atravesar el escalón de la puerta y dirigirme a
completar mi vida. El convivir en familia, la reunión con los amigos, mis
experiencias religiosas, el hacer deporte, todo está matizado, desde hace algún
tiempo, por mi posibilidad de reflexionar desde el lenguaje.
Y desde esta posibilidad
transcurre mi vida y creo que la de mis colaboradores, impulsada en la
flexibilidad y la adaptabilidad que nuestro tiempo demanda. Flexibilidad para
cambiar, adaptabilidad para consolidar el cambio. Vivir en tiempo real, en el
presente y en compromiso con el futuro a la vez, provoca y reclama que la danza
del cambio surja desde la complementariedad de estos dos fundamentos centrales,
y se perpetúe en el transcurrir del tiempo, con una agilidad y una dinámica
nunca antes vista.
Maturana muestra su gusto por
la “distinción del observador” que dice: “La inteligencia es la plasticidad
conductual ante un mundo cambiante”. Para él, si uno no tiene dicha plasticidad
la vida se hace más difícil, aparecen las certidumbres, los apegos, las
verdades, las teorías, todo eso que nos ata, nos amarra, que no nos deja vivir
como “realmente queremos vivir”, ocultando la mejor expresión del Ser que somos.
Implica soltar la arrogancia,
el poder por el poder o por el saber, el considerarnos inteligentes en razón de
nuestro nivel académico alcanzado, el sentirnos “más” por haber leído
(estudiado) más, la soberbia de una trayectoria afortunada no legitimada, el
nivel que otorga la autoridad del organigrama, el Ego exacerbado… Soltar todos
estos apegos se llama Humildad. Y de Humildad ya hemos hablado antes.
El Reflexionar, ese acto de la reflexión que nos permite a los seres
humanos, gracias al lenguaje, colocarnos en un espacio más amplio que las
circunstancias en las que nos encontramos. Ese acto fundamental para poder
forjar destinos, destinos producto de cada respuesta particular a la pregunta
¿Qué es lo vivo, qué muere? Todo ello traducido en aquel “propósito superior” que le da sentido a nuestra reflexión, a
nuestro convivir, a nuestras conversaciones, a nuestro practicar, a nuestro
lenguajear, a lo humano, a la naturaleza del vivir, al sentirnos orgullosos de pertenecer
en comunidad, al “dejar aparecer”.
Ya cerrando, hablo de
hacernos cargo de la co-creación de nuevos mundos, cada quien desde nuestro
propio espacio. Hablo de dejar de mirar al cielo, como esperando no sólo que
cayeran las respuestas, sino que de una vez, el nuevo hacer llegara y con él
los nuevos mundos. Hablo de dejar de quejarnos de las circunstancias, y empezar
a construir las “nuevas circunstancias” desde nuestra capacidad humana de
forjar destinos. Hablo de nuestros anhelos, convertidos en realidades, en
realidades palpables y objetivas, que podamos disfrutar. Hablo de llegar al
trabajo a hacer el mejor de nuestros esfuerzos para provocar evolución y
progreso. Hablo de irnos de nuestro trabajo con la satisfacción del deber
cumplido y la ilusión de poder provocar tiempos mejores. Hablo de no rendirnos,
de seguir ahí, a la caza de la innovación y la trascendencia, desde la
capacidad transformadora de nuestro Ser.
Hablo de generar nuevas conversaciones, conversaciones poderosas que le
permitan a nuestras organizaciones y a todos los seres humanos que las
conformamos, generar nuevos mundos en los que corrupción e impunidad sean historias
superadas (por ejemplo), y felicidad y plenitud sean emociones fundamentales en
la descripción de nuestro nuevo día a día.
Las conversaciones permiten
“co-crear nuevos mundos”, desde la mirada compartida de “dejarlos aparecer”
como posibles. Aquí radica la maravilla del “trabajo de equipo” en pro de un
propósito común compartido, un anhelo colectivo que reta, convoca, inspira,
convence, apasiona y enorgullece a las personas involucradas.
Roberto Arzate

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