Las Ideas Rectoras como condicción trasformacional en las Comunidades de Propósito
Misión, Visión y Valores,
como Ideas Rectoras de Empoderamiento
Comunitario.
Cuando
Peter Senge habla de “Arquitectura
Organizacional”, coloca a las Ideas rectoras
en el vértice superior del triángulo que con las Teorías, métodos y herramientas (vértice derecho) y las Innovaciones en infraestructura (vértice
izquierdo), la conforman (Peter Senge y otros, La Quinta Disciplina en la práctica, Editorial Granica, 2006, pág.
22).
Para
el autor, las Ideas Rectoras son un
principio (o conjunto de principios) que nos parece decisivo como fuente
filosófica de esclarecimiento y dirección (Peter Senge y otros, La Quinta Disciplina en la práctica,
Editorial Granica, 2006, pág. 9).
Peter
Senge dice que las Ideas Rectoras en las
Organizaciones Inteligentes comienzan con la visión, los valores y el propósito
que se plantea la organización que desean crear sus integrantes (Peter
Senge y otros, La Quinta Disciplina en la
práctica, Editorial Granica, 2006, pág. 23). Y de esas tres ideas o
principios fundamentales es que nos vamos a ocupar en esta lectura: la Misión (Propósito), la Visión y los Valores Organizacionales.
Y
quisiera arrancar con la creencia personal, compartida por la mayoría de
quienes se dedican al estudio de las organizaciones, de que a lo largo ya de
treinta años (o más) que trabajamos a partir de estas Ideas Rectoras, la
mayoría de los esfuerzos terminan en proclamas vacías. Frases hermosas
destinadas a adornar las más diversas paredes dentro de la organización, pero
que tanto en la práctica como en los resultados, poco impacto tienen. Para
Peter Senge, en las organizaciones tradicionales sigue imperando la búsqueda
por el alimento, la vivienda y la pertenencia (tres primeros niveles de las
necesidades humanas que describe la escala de Abraham Maslow). En consecuencia,
el reconocimiento es ampliamente cuestionado todavía, y la autorrealización, en
la mayoría de las organizaciones tradicionalistas, ni siquiera ha podido ganar
un lugar pequeño.
Parafraseando
a Peter Senge, en la reflexión y en las conversaciones aún pendientes, es
necesario impulsar que las ideas rectoras
deben ser fortalecidas desde el enraizar de una “Profundidad Filosófica” y desde el entender que se trata de un “Proceso Continuo”, dinámico y en
constante transformación. Sin buscar detenernos mucho en todo lo analizado por
Peter Senge y colaboradores (mismo que puede encontrarse en Peter Senge y
otros, La Quinta Disciplina en la
práctica, Editorial Granica, 2006, pág. 24-28 y resto del libro), el autor
señala la necesidad cambiar de paradigma desde el comprender y aplicar “La
Primicia del Todo” (Pensamiento Sistémico), “La Índole Comunitaria del Yo” (la
construcción de Comunidades de Propósito) y “El Poder Generador del Lenguaje”
(uno de los pilares y fundamentos del Coaching Ontológico). Y es desde ahí que
quiero empezar a desmenuzar el entender de las tres Ideas Rectoras citadas, desde el marco conceptual que empieza a
imperar en los inicios de este Siglo XXI. Comencemos con la Misión.
Los objetivos son los
fines o los resultados que la empresa desea alcanzar y se derivan de su misión.
La declaración de la misión describe
el objetivo fundamental y la filosofía básica de una organización (O.C. Ferrell, Geoffrey A. y Linda
Ferrell, Introducción a los Negocios en
un Mundo Cambiante, McGraw Hill, 2010 Séptima Edición, pág. 210).
Para
algunos autores la Misión debiera
contestar a la pregunta ¿Qué se supone que hace la organización?, y quizás en
un principio esto fue útil porque generaba una especie de guía para todos los
integrantes de la organización, había un referente al cual recurrir incluso en
búsqueda de pertenencia. El propósito general del negocio, antes conocido y
resguardado celosamente por la alta administración, ahora era ampliamente
difundido y con posibilidades, incluso impositivas, de ser distinguido por
todos.
Y
entonces, ¿por qué se convierten en proclamas vacías?, palabras que no se
aterrizan en la práctica diaria y que no sirven para generar cohesión y
sinergia. Yo creo que tiene que ver con la imposición y el sentirse ajeno. Si
la declaración de Misión es una
facultad de la alta administración, por mucho que se diga lo contrario, son
ellos los que la imponen para que los demás simplemente la obedezcan. Se les
pide que se vean reflejados en ella, pero no pueden hacerlo porque se sienten
ajenos, no tomados en cuenta, no vistos.
Misión. Este
enunciado sirve como guía o marco de referencia para orientar sus acciones y
enlazar lo deseado con lo posible. Es recomendable que el texto de la misión
mencione la razón de ser de la organización en términos de propósitos
específicos, resultados esperados y compromisos por cumplir (Enrique
Benjamín Franklin Fincowsky, Organización
de Empresas, McGraw Hill, 2009 Tercera Edición, pág. 251).
Ahora
bien, cómo enlazar lo deseado con lo posible desde la mirada tradicional de las
organizaciones, fuertemente centrada en el individualismo y la división, donde
cada parte se siente el todo y la confrontación es por quien sobrevive a costa
de quién.
Una
posible respuesta surge del decir de este autor cuando refiere que es
recomendable que en la Misión se
mencione la razón de ser de la organización en términos de:
- Propósitos específicos. Entendiendo que la propia misión contiene el propósito superior que le da origen, sentido y posibilidad a la organización misma, desde sus más profundos orígenes generativos.
- Resultados esperados. Concentrándonos en esos resultados extraordinarios, propios de la sinergia que busca toda organización inteligente. Resultados extremos que resultan de operar en el punto de quiebre y asumir las consecuencias (Robert Bruce Shaw, 2018).
- Compromisos por cumplir. Transformando el compromiso organizacional desde el paradigma tradicional de “ponerse la camiseta”, al nuevo paradigma de “la promesa asumida a partir del Ser que soy (Liderazgo), mi cultura personal y la cultura colectiva a la que me estoy adhiriendo en libertad y convicción”.
Intentemos
distinguir la Misión desde la Gestión Ontológica y encuadrémonos en
los cinco dominios para una gestión efectiva que enumera Ivonne Hidalgo (Ivonne
Hidalgo Díaz, Gestión Ontológica, Servicios Editoriales Mil Palabras, 2009): el
Dominio de la Realidad, de la Posibilidad, de la Gestión de los Resultados, de
la Relación y de la Gestión del Aprendizaje. Además, es importante considerar
la Ontología del Lenguaje de Rafael Echeverría, como apoyo y fundamentación del
Paradigma que proponemos y que surge del Coaching Ontológico y su aplicación
práctica en las organizaciones de nuestro tiempo.
Y
entonces tenemos primero “Profundidad Filosófica” desde la Ontología y lo
Biológico-Cultural (Epistemología), y después “Proceso Continuo” desde la
evolución de los Procesos de Mejora Continua, para este Siglo XXI. También
tenemos “La Primicia del Todo” desde el Pensamiento Sistémico, la “Índole
Comunitaria del Yo” desde la Comunidad de Propósito y el “Poder Generador del
Lenguaje” desde la Gestión Ontológica y la Ontología del Lenguaje. Para
terminar aterrizándolo todo en la práctica diaria de los Lugares de Potencial
Realizado, a través de “hacer realidad” la existencia y prevalencia de
“propósitos específicos”, “resultados esperados” (previamente definidos con
claridad) y “compromisos por cumplir”. Mismo ejercicio a realizar con la Visión y los Valores Organizacionales.
El
nuevo paradigma que soporte y fundamente la Misión
debe tener un fuerte contenido filosófico que la respalde, así como el
conocimiento de “cómo” ese contenido filosófico va a impactar en los seres
humanos que conforman la organización. No se trata de proclamar por proclamar,
sino de establecer redes sociales que sustenten la intención humana colectiva
de vivir diariamente conforme al
contenido de la Misión proclamada. Y
no me equivoco al decir “vivir”, ni intento sonar como pretencioso en mis
términos.
Arranquemos
entendiendo “vivir” como tener vida; pasar y mantener la vida con lo necesario
para una persona, una familia, un grupo, etc.; habitar en un lugar; llevar un
determinado tipo de vida; acomodarse uno a las circunstancias o aprovecharlas;
experimentar; sentir profundamente lo que se hace o disfrutar con ello; entre
otras muchas posibles formas de interpretar lo que es vivir.
Ahora
bien, si la Misión es ese enunciado
que sirve como guía o marco de referencia para orientar las acciones de quienes
conforman la organización, y enlazar lo deseado por ella (como ente colectivo
vivo) con lo posible; Vivir (laboralmente) tendría que ser esa forma de Ser y Hacer que por ser parte de la organización, diariamente nos
llevaría a interpretar nuestra realidad laboral y a gatillar las acciones
consecuentes, alineadas siempre y en todo momento, al contenido y significado
profundo de la Misión Organizacional,
de tal forma que pudiera declararse con fundamento que, “como miembro activo y
convencido de mi comunidad, Soy y Hago con los demás (en lo relacionado
directa e indirectamente con ello), en observancia y sentido de la Misión de mi organización”; de tal forma
que en la expresión común de ello, se genere la sinergia necesaria para
convertir en posibilidad real nuestro propósito superior generativo que nos
hace “Ser Comunidad”.
Así,
nuestro fluir cotidiano, inmerso en un proceso continuo en torno a nuestro
propósito superior, no sólo nos consolidaría como Comunidad, sino que partiría de un Ser Colectivo en constante transformación y un Hacer corporativo en tiempo
real (Jim Selman), sin un principio y un final definido, siempre activo,
dinámico y cambiante. Es decir, un fluir constante, holístico, incremental y
trascendente, que se perfecciona a partir de la transformación permanente del Ser Colectivo, entendido como “Comunidad de Propósito”.
Y
ahí es donde aparece la “Primicia del
Todo”. Es decir, la comprensión sistémica de la Comunidad y su Propósito
como un todo inseparable e indisoluble, que hace lo “ideal”, posible. Una organización que funciona desde
un sentido colectivo de identidad e intención, en torno a un propósito superior
generativo, supera la individualidad, la división y la competencia, que tanto
dañan a la organización tradicionalista. Pero también permite que hacia su
interior, se generen y consoliden redes relacionales humanas que impulsan la
colaboración, la empatía, la solidaridad y la sinergia, desde una perspectiva
más integradora y más comprometida.
Relaciones y Resultados.
Ambos orientados, alineados, en concordancia con aquello que constituye su
origen generativo común y les otorga fortaleza y sentido de Comunidad que trasciende a su propio Ser Colectivo, a su tiempo y a su
pertenencia social local. Que supera la vieja aspiración de Tener (enfoque en los resultados) e
incursiona en un contexto más amplio, relacionado directamente con la capacidad
de llevar el potencial a realidades concretas en beneficio de todos,
garantizando felicidad y plenitud en la Comunidad
de Propósito (organización del Siglo XXI) y en los Lugares de Potencial Realizado que la constituyen y sustentan.
Y
ahí nos topamos con “La Índole
Comunitaria del Yo”. Rompemos con el mito de que el individuo es más
importante que su comunidad (primero yo, después yo y siempre yo), superando la
posición de identificar al Yo con el Ego y de asignarle un valor superior a
este último, a costa del dejar aparecer
a los demás. Dejamos de considerar a la organización (ahora Comunidad) como una red de compromisos
contractuales con intercambios simbólicos y económicos, firmemente enfocada en
el Tener; para apreciarla desde una
nueva mirada que, parafraseando a Peter Senge, guarde coherencia con una visión
sistémica de la vida, donde el Yo
nunca es algo “dado”, y siempre está en proceso de transformación. La
naturaleza comunitaria del Yo nos
permite apreciarnos como Ser Colectivo,
lo que de hecho transforma profundamente nuestro Ser (individual), pues exige que se exprese permanentemente “lo
mejor de nosotros mismos” en busca del beneficio grupal fusionado. Se supera la
competencia y el individualismo destructivo, mientras se fortalece la identidad
y pertenencia a una Comunidad de
Propósito, cuya Misión nos llama
y enfoca en un actuar conjugado y cohesionado que nos proporciona Horizonte de Sentido, Forja de Destino,
Ánimo de Trascender y Orgullo de Pertenecer; todo ello en colectivo,
en lo social, en Comunidad.
¿Qué
aporta a todo esto “El Poder Generador
del Lenguaje”? Es quizás aquí que mayormente podemos apoyar nuestro nuevo
paradigma. El lenguaje, que durante muchos tiempo nos ha servido para describir
“mundos” y todo lo relacionado con ellos, ahora sabemos que también nos permite
“construirlos”, generarlos. Nuestra posibilidad humana de interpretar de
múltiples formas una realidad dada, nos permite además seleccionar aquellas que
nos sean más útiles para un propósito particular, desde el entendido de que no existe una interpretación inequívocamente
correcta, ni del todo equivocada.
“En vez de considerar
que el lenguaje describe una realidad independiente, podemos reconocer la
capacidad del lenguaje para renovar nuestras interpretaciones de la
experiencia, y así permitirnos suscitar nuevas realidades” (Peter Senge y otros, La Quinta Disciplina en la práctica,
Editorial Granica, 2006, pág. 28).
Cómo
nos puede ayudar esto en la asunción real de la Misión como “Idea rectora” imperecedera e intemporal: permitiendo
que todos los miembros de la organización se sumen a su observancia de manera
libre y comprometida, generando con ello una realidad proveedora de rumbo y sentido para el Hacer
cotidiano de los miembros de la “Comunidad
de Propósito” en que se han constituido.
Cómo
podemos superar las proclamas vacías y suscitar realidades cotidianas siempre
alineadas a la Misión y a la
expresión sistémica de la organización misma. Un buen principio es comprender a
la Misión como parte de un argumento
dinámico y transformacional que forma parte de las conversaciones que se
suscitan en los “Lugares de Potencial
Realizado”. Conversaciones Poderosas, surgidas de la reflexión y el compromiso
colectivos, fundamentadas en un Propósito
Superior que convoca e inspira.
Un
“Lugar de Potencial Realizado” es
aquel donde se conversa, se reflexiona, se lenguajea, se co-crean “mundos
nuevos”; se transforma permanentemente el Ser
y la “posibilidad” se convierte en “realidad”, el “potencial” se traduce en
“resultados superiores precisos”. Por tanto, un Lugar de Potencial Realizado no es un área física determinada
dentro de la organización, ni forzosamente permanente en el paso del tiempo. Es
más una percepción filosófica que rescata la gran capacidad potencial del ser
humano, la empodera en su posibilidad de ser
realidad y la alinea a propósitos determinados. Por decirlo de algún modo,
es más el espíritu transformador del
potencial humano en realización y plenitud colectiva, que el hecho concreto de
generar un bien o servicio.
Ahora
bien, esto es así porque cuando nuestra mirada se enfoca obsesivamente en
resultados, lo más que podrá lograr es algo “cercano” a esos resultados. Sin
embargo, cuando nos enfocamos en ser un mejor Ser, alineados en nuestra convicción y orgullo a un propósito
superior colectivo, nuestras distinciones nos permiten empoderarnos y
transformarnos para mejor, en la colaboración, la empatía, la solidaridad y
la sinergia, lo que sin duda se
refleja generativamente en nuestro Hacer
(nuestro accionar) y nuestro Tener
(los resultados que alcanzamos), desde una posibilidad real de generar “nuevos
y mejores mundos” en los que los resultados extraordinarios se dan, pero
solamente son el piso desde el cual sostener muchas otras cosas y
circunstancias superiores, incluyendo incluso la “grandeza del Hombre”.
En
este contexto, la Misión Comunitaria
nace en la intensión colectiva de forjar destinos, se sustenta en un propósito
superior compartido, creciendo y desarrollándose en el compromiso comunitario
de co-crear “nuevos mundos”.
Al
iniciar a forjar destinos aparecen
las Ideas Rectoras y con ello la Misión. Así, la red relacional
necesaria empieza a formarse y a consolidarse, y la alineación y el enfoque de
la acción colectiva no se limita a un resultado (o conjunto de ellos) sino que
se sitúa en el esfuerzo por crear, innovar, trascender, en pro del bienestar
común. La capacidad sinérgica que se genera lleva a los resultados y a los
equipos mismos, al nivel “extremo” del que habla Robert Bruce (Robert Bruce
Shaw, Equipos Extremos, Editorial
Paidós Empresa, 2018), haciéndose responsables de las consecuencias generadas
también.
Y
así, la Misión ya no es una Afirmación (descripción de la realidad)
o un Juicio (nuestra manera de
interpretar dicha realidad), como tradicionalmente lo es en las organizaciones
a través del Lenguaje Descriptivo. Sino
que el colectivo la asume desde su convicción y cohesión en su propósito
(destino a forjar), así como su conocimiento y distinción del Poder Generativo del Lenguaje; como una Declaración (aquello que quiero que
pase).
Así,
la Misión es una Declaración, para la cual no importa quien la haya redactado, pues
lo fundamental es que yo la asumo como propia y entonces se convierte para mí
en un objetivo concreto que me comprometo a cumplir cotidianamente llevando a
cabo acciones necesarias y comprometidas para que ello ocurra. Por tanto, la Misión “baja” de los cuadros desde los
que adornaba, y se convierte en práctica diaria, acción comprometida que vive y
reina en los Lugares de Potencial
Realizado.
Como
Declaración, la Misión es una Promesa (Las promesas son
compromisos que asumimos. Son Ofertas
o Pedidos más la declaración de
aceptación, es decir, más un “Sí”), una Promesa
que se sustenta en el Compromiso
libre, convencido e involucrado de aquellos (todos) que forman una Comunidad de Propósito por el “orgullo
de pertenecer”.
Y
así, en el universo multirrelacional que conforma a la Comunidad, y específicamente a los Lugares de Potencial Realizado, la diversidad se vuelve en
fortaleza desde el Compromiso que sustenta a la Promesa compartida.
Compromiso
es lo que transforma una promesa en realidad.
Es
la palabra que habla con coraje de nuestras intenciones.
Y las acciones que hablan
más alto que las palabras.
Es
hacerse del tiempo cuando no lo hay.
Salir airoso una y otra
vez, año tras año.
Compromiso
es el material que hace el carácter;
el
poder de cambiar las cosas.
Es el triunfo diario de
la integridad sobre el escepticismo.
Shearson
Lehman
Y
retomamos el orgullo de pertenecer… Quien pertenece está orgulloso de ello y,
por lo mismo, comprometido con todo aquello que dicha pertenencia le genera, le
provoca y le reclama. Quien no está comprometido, simplemente “no pertenece”.
Entonces, desde esta distinción, la Misión
se cumple porque todos están orgullosos de cumplirla, y cumplirla en la promesa comprometida le da sentido a su
“Ser Comunidad” y a su pertenecer a ella.
Entonces,
la Misión ya no es algo que se
escribe y se proclama, buscando que se le “haga caso” de una u otra forma. Es
algo que vive dentro del Ser de cada
uno de los pertenecientes a la Comunidad
de Propósito, y en ese vivir activo, se transforma en movimiento cotidiano
y permanente, que le da sentido a su compromiso por hacerse cargo de los “destinos” que han decidido forjar juntos. Y
la Misión se observa con orgullo en
cada rincón de la organización, en cada Lugar
de Potencial Realizado, porque no hacerlo así, sería tanto como negarse a pertenecer.
Deberíamos ser capaces
de observar cuán lejos estamos de nuestra comprensión tradicional del lenguaje.
La concepción del lenguaje como descriptivo y pasivo ha sido sustituida por una
concepción diferente, que ve al lenguaje como acción y, en tanto tal, como una
fuerza poderosa que genera nuestro mundo humano (Rafael Echeverría, Ontología
del Lenguaje, Editorial Granica, 2005, pág. 59)
La
Misión convertida en Promesa,
adquiere dimensiones que no pueden entenderse más que en la acción cotidiana de
quienes han prometido, ya sea a
través de una oferta o una petición. Pues “son las Promesas que cumplimos y
las que no cumplimos, las que nos
convierten en la persona que somos.
Desde
la Ontología del Lenguaje, un Pedido
es una conversación que a través de su manifestación, puede despertar el
compromiso de alguien más y ayudarnos así, a satisfacer una necesidad. Cuando
yo pido y alguien escucha mi pedido, al comprometerse a responder a él afirmativamente
se expresa poderosamente la colaboración, ya que siempre existirá la
posibilidad de que los actuantes en la conversación ocupen los lugares
contrarios y fortalecer la red relacional que permite e impulsa la respuesta y
la acción futura deseada, sustenta la reciprocidad necesaria en la danza conversacional
permanente dentro de los Lugares de
Potencial Realizado. Y no es que dar condicione y garantice la opción de
recibir, pues se da desde la mirada de no esperar nada a cambio, o en la
convicción del acuerdo cumplido. Por ello, dentro de una Comunidad de Propósito se vive en la certeza de que el forjar destinos siempre requerirá de
múltiples conversaciones en las que habrá pedidos
y posiciones recíprocas para atenderlos, por lo que la fortaleza de la relación
está en el Ser que cada quien es, y
en la capacidad social del grupo para constituirse en el Ser Colectivo que sustenta a la Comunidad
de Propósito. Así, todos colaboramos desde la convicción de que hay que
hacerlo sin esperar nada a cambio (Relaciones
de Comunidad); pero también desde el saber de que en las Relaciones de Intercambio yo doy lo
prometido por mí, desde la certeza de que recibiré de mi contraparte lo
prometido por él (ellos) o ella(s). La fuerza está en la promesa; en su
cumplimiento en sí, y en el hacerlo con las condiciones de satisfacción empeñadas
en ello. Una promesa involucra tanto el hacerlo como el hacerlo bien, esa es la
diferencia.
Las
Ofertas se hacen cargo de las
necesidades de los demás. Las Ofertas se manifiestan en las conversaciones que
surgen desde el compromiso como posibilidades brindadas a partir de uno mismo,
para otras personas. Cuando yo ofrezco mi “colaboración” y el(los) otro(s) la
acoge a través de su declaración de
aceptación, se consolida la Promesa.
Como en el Pedido, esto sucede tanto
en las Relaciones de Comunidad
(ofrezco sin esperar nada a cambio de lo que doy) como en aquellas de
Intercambio (ofrezco en el acuerdo de recibir en reciprocidad aquello que me
han prometido a cambio).
Por
tanto, la ya mencionada danza conversacional permanente que sustenta los Lugares de Potencial Realizado, se
realiza desde la expresión dinámica de los Pedidos
y las Ofertas, convertidos en Promesas a través de las Declaraciones de Aceptación
correspondientes.
De
nuevo, es una distinción ontológica decir y afirmar: “Son las promesas que cumplimos,
y las que no cumplimos, las que nos convierten en la persona que somos”. Respecto al Ser Colectivo, es la Cultura
de la Promesa Cumplida lo que le da valor y valía a la Comunidad en su conjunto, y no sólo eso, es lo que le otorga sentido y orgullo de pertenecer, por lo
que “no cumplir” genera un daño
irreversible a la Comunidad y al Propósito Superior que se persigue,
tanto o más como a aquel o aquellos que incumplen. Daño que en ocasiones no se
repara ni desde el re-prometer de mutuo acuerdo. Todo ello nos deja ver cómo
desde esta mirada, el vivir en la Misión
que nos orgullece, guía y enfoca, garantiza que la acción presente del
colectivo este firmemente alineada a “hacer realidad” cotidianamente la Declaración hecha desde el vivir en la Promesa, desde el ser
congruentes con la expresión poderosa de nuestro Ser Colectivo, desde lo que la Comunidad
quiere que pase, desde el logro exitoso en la Forja del Destino que se persigue. Todo ello, fundamentado en el Ser de cada persona involucrada.
Así,
las Comunidades de Propósito tienen un presente claro y preciso, enfocado en
aquello que les convoca, les reta, les inspira y otorga convicción, les
apasiona y les genera orgullo; a todos aquellos que forman y van formando parte
del anhelo colectivo. Cuentan con una
Misión que cohesiona y provoca
conversaciones que permiten “co-crear nuevos mundos” desde la mirada compartida
de “dejarlos aparecer como posibles”.
La
fortaleza se consolida cuando la Comunidad
de Propósito tiene una percepción común, clara y precisa, del futuro al que
aspira colectivamente y que se contiene en la declaración de su Visión. Idea Rectora que surge, se consolida y trasciende a través de esta
nueva forma de Ser, que
coherentemente genera un nuevo Hacer
y Tener, en la cotidianidad de un
presente activo, que se refleja en el futuro que día a día se va construyendo.
Así, la Visión (como la Misión) es
una Declaración hecha en la Promesa Colectiva que sustenta la forja
de un Destino Común anhelado. Y que,
en cambio, se ocupa de la Perspectiva de
Futuro que contiene al Propósito
Superior que le es propio y generativo a la Comunidad. La Misión es
presente en acción, la Visión es
futuro que se construye desde el presente. Ambas en tiempo real, ambas desde la
cotidianidad del día a día.
Como posibilidad de futuro, la Visión
provee a la Comunidad un lenguajear
corto y fácil de entender, pero rico en su contenido filosófico y su
profundidad de comunicación y reflexión. Surge entonces una conexión poderosa
entre todos los miembros de la Comunidad,
ya que se ven representados en el Propósito
Superior que se encuentra contenido (de alguna forma) en la narrativa que
da cuerpo y movimiento a la Visión.
La Primicia del Todo (Peter Senge) se
constituye en las conversaciones que surgen alrededor de la Visión, ya que la Comunidad tiene claro que es su sustentabilidad como tal lo que
está en juego y por encima de todo. Sólo siendo Comunidad es que alcanzarán el logro del Propósito perseguido. Además, dado que este le es generativo, la Forja del Destino que convoca, inspira y
cohesiona a todos los miembros de aquella, para la construcción exitosa del Destino elegido; es necesario que
primero que todo sean Comunidad, sin
perder el derecho de cada quien a Ser Persona,
o el Ser de la persona que son. Todo
ello se fundamenta en el Pensamiento Sistémico y fortalece la Declaración que soporta a la Visión, misma que también da pertenencia
y que responde a las preguntas: ¿Qué quiere la Comunidad que pase en el futuro?, ¿Qué tiene que construirse
(forjar destino) en la cotidianidad del presente, para que ese futuro ideal sea
una realidad?, ¿Qué tiene que transformarse en el Ser Colectivo para que su conversar, su reflexionar y su lenguajear
les lleve a vivir ese futuro cuyo anhelo les es generativo como Comunidad?, ¿Qué pedidos y ofertas deben
constituir la red relacional que
permitirá el cumplimiento cabal de las promesas
que sustentan cada día, en los hechos, a la Visión
Comunitaria?, ¿Qué le permitirá “pertenecer” y qué les traerá la
consecuencia de “no pertenecer”, en su Comunidad?.
Con todo ello presente, nos
adentramos en la Índole Comunitaria del
Yo, desde donde destacamos que la maravilla humanística del privilegiar a
la Comunidad y lo comunitario, aparece en la posibilidad
de alinear a la Visión todas aquellas
metas, objetivos y aspiraciones personales (de cada miembro de la Comunidad)
para su fortalecimiento en su posibilidad
de aparecer. No es que cancelemos, posterguemos o escondamos nuestras
aspiraciones personales para dar prioridad a nuestras promesas comunitarias y
sentirnos verdaderos miembros de nuestra Comunidad.
Por el contrario, nuestro orgullo de pertenecer se sublima en su expresión, al
generar realización y plenitud en cada uno de sus miembros, y en ello mucho
dice el reconocer que posiblemente mis logros personales no hubieran sido tan
potentes y exitosos si no hubiere pertenecido a mi Comunidad. Logra mi Comunidad
y logro Yo, en la danza conversacional
a la que pertenezco, y que nos permite a todos “aparecer” y “dejar aparecer”.
Es claro que el Poder Generador del Lenguaje nos coloca a todos en otro contexto;
en un lugar diferente para un “nuevo vivir”. Aquel que permite “dejar aparecer”
al futuro ideal que se expresa y se construye desde la observancia libre,
convencida y comprometida de nuestra Visión
Comunitaria. Una Visión establecida
y puesta en práctica desde nuestras declaraciones y su fundamentación en pedidos y ofertas que se constituyen en “promesas
cumplidas”, promesas
transformadoras del Ser Colectivo y de
aquellos Seres individuales
involucrados. Promesas que abren las puertas a “nuevos mundos”, “mejores mundos”.
Desde la Gestión Ontológica, la Misión
y la Visión en una Comunidad de Propósito, otorgan claridad
en el co-crear “mundos nuevos” y la coordinación de acciones se desarrolla de
manera más dinámica, consiguiendo resultados sin precedentes en el Dominio de la Realidad. En el Dominio de la Posibilidad, impulsan la
existencia y desarrollo de Lugares de Potencial
Realizado que privilegian la plenitud y la felicidad de sus miembros. En
cuanto al Dominio de la Gestión de los
Resultados, la cultura de logro llevada al extremo, al punto de quiebre, haciéndose
responsables por ello; genera en los involucrados una ambición por los
resultados extraordinarios, propia del Alto
Desempeño y la Realización
personal y colectiva. Esto nos lleva al Alto
Desempeño para la Realización Humana (la mejor expresión de mi Ser y mi contribución comprometida al Ser Colectivo que me contiene); que
difiere en mucho con el Alto Desempeño tradicional enfocado en los resultados,
principalmente en lo que finalmente se obtiene en cada caso.
Ya en el Dominio de la Relación, la
posibilidad de expresión y movimiento del Ser
Colectivo a través de la Red
Relacional que sustenta lo social, lo comunitario; nos permite aspirar a la
transformación del Mundo como hoy lo conocemos, para colocarnos en estadios más
justos, más incluyentes, más holísticos, de mayor oportunidad para todos, más
ambiciosos en la co-creación permanente del Bienestar
Común. Por último, en el Dominio de
la Gestión del Aprendizaje, es donde se expresa la potencia de la cualidad
de apertura que destaca a las Organizaciones
Inteligentes constituidas en Comunidades
de Propósito. Así, el cambio de fondo
supera su capacidad transformadora, para enraizarse como cultura permanente de
crecimiento, desarrollo, creatividad, innovación y trascendencia. La
sustentabilidad de la Comunidad de
Propósito en su Capital Social se soporta en la capacidad transformacional
del Ser Colectivo y de cada Ser Individual que se contiene, habita,
vive, aparece en plenitud, se perfecciona permanentemente, repercutiendo en su
tiempo y más allá de él. Esta maravilla se perfecciona en lo humano, al
profesar irrestrictamente los Valores
Comunitarios que les dan identidad y orgullo.
Pero
hay que tener muy claro que no estamos hablando de “alcanzar” la Misión, de “lograr” la Visión. No se trata de un objetivo a
conseguir. Nos referimos a “vivir permanentemente, cotidianamente” en la Misión y la Visión, accionando para cumplir la promesa de reconocerles y
observarles como Ideas Rectoras de
nuestra Comunidad; como herramientas
de claridad, guía, inspiración e impulso para el vivir, cotidiana y permanentemente,
en el movimiento que implica la naturaleza generativa del Propósito Superior que hemos adoptado como nuestro, desde nuestra
libertad y convicción plenas. Para entender a las Ideas Rectoras como un camino de Hacer, para transitarlo desde un caminar liviano, que nos permita
fluir en coherencia, en armonía, en Comunidad;
para estar y llegar a donde queremos estar y llegar. Y por qué no, para a lo
mejor llegar mucho más allá de donde queremos llegar, pues nos habremos de ir
transformando con y en “nuestro caminar”, en nuestro modo de vivir la vida con
realización, plenitud y felicidad.
Y
nos metemos al viejo y tenebroso mundo de los Valores. No hay nada más humano que la distinción que hacemos de
aquello a lo que llamamos Valores.
Los Valores son el acompañamiento más
antiguo que el hombre tiene, tan viejo como él mismo.
Los seres humanos pagan
el atrevimiento de haber querido participar en el proceso de creación. Ello
está simbolizado en haber cedido a la tentación de comer del árbol del bien y
del mal, el árbol de los valores y, en último término, aquel que alimenta el
sentido dela vida. Al haber comido del árbol del bien y el mal, los seres
humanos pierden la inocencia como condición de su existencia (Rafael Echeverría, Ontología del Lenguaje, Editorial
Granica, 2005, pág. 53).
Así,
como un ejemplo simplemente, para la tradición judeo-cristiana los Valores nos acompañan desde el momento
mismo de la Creación, desde que el hombre aparece en el Paraíso y como fundamento de su expulsión de él.
Pero
más importante aún es el hecho de la necesidad de sentido que el hombre tiene
para su accionar coherente con la mejor expresión que le reclama su Ser.
Sostenemos que los seres
humanos al actuar, nos estamos «haciendo cargo» de algo. Como apuntara el
filósofo Martín Heidegger, la existencia humana resulta, para los seres
humanos, un asunto del que requieren hacerse cargo y, por lo tanto, al que
tienen que «atender»
(Rafael Echeverría, Ontología del
Lenguaje, Editorial Granica, 2005, pág. 52).
Y al hacernos cargo de forjar los
destinos que deseamos desde nuestro “libre albedrío, requerimos de guías
conductuales, de límites a respetar, para pretender estar seguros de que
nuestra actuación nos dirige al destino que hemos “escogido”. Y regresamos a
Maturana, parafraseándole al decir: “Necesitamos dejar aparecer la vida misma en Comunidad,
para ir escogiendo aquel accionar que
le da sentido al camino a seguir en
la forja de los destinos pretendidos”.
A nosotros los seres humanos, la existencia nos desafía y, para mantenerla,
debemos a menudo tomar posición respecto a ella y, en razón de ello, nos vemos
muchas veces compelidos a modificar el curso espontáneo de los acontecimientos.
Esto último lo hacemos mediante la acción. Por lo tanto, concebimos la acción
como una dimensión exclusiva de la existencia humana (Rafael Echeverría, Ontología del Lenguaje, Editorial
Granica, 2005, pág. 53).
En esta expresión de Rafael
Echeverría encontramos sin duda la fundamentación de la existencia de Ideas Rectoras para sustentar la acción
que transforma una organización tradicional en Comunidad de Propósito. Y regresando a los Valores, como Ideas Rectoras
que son, su fin principal es la sustentabilidad de la organización. Por tanto,
una Comunidad de Propósito se
sustenta en el Capital Social que los
seres humanos co-crean en su vivir comunitario, y cuyo presente y futuro se ven
representados en la Misión y la Visión que profesan; así como en los Valores que le dan sentido a ese tipo de existencia.
Este desgarramiento, propio de la
existencia humana, se expresa por lo tanto a un nivel todavía más profundo que
el de la acción cotidiana, aquella que nos lleva a preocuparnos de nuestra
alimentación, abrigo y otras necesidades de este tipo. Como parte esencial de
este hacernos cargo y atender a nuestra existencia está también el imperativo
de conferirle sentido.
Los seres humanos requerimos del sentido de la vida, como condición de
nuestra existencia. Esta pareciera ser la otra cara del poder que tenemos de
participar en el proceso de nuestra propia creación (Rafael Echeverría, Ontología del Lenguaje, Editorial
Granica, 2005, pág. 53).
Los Valores no sólo apoyan el sentido del hacer en la Comunidad, sino que fundamentan el Ser que cada involucrado es como persona
y a aquel Ser Colectivo en el que se
convierte la organización misma. Es desde esa mirada que hemos trabajado la Misión y la Visión y es desde ahí que se deben entender y aplicar los Valores. Las tres Ideas Rectoras siempre accionarán en paralelo de manera
indisoluble. No podemos apoyar la acción en la Misión exclusivamente, ni tampoco en la Visión o los Valores, o
en cualquier combinación de dos de ellos. Para verdaderamente hacernos cargo de forjar los destinos que deseamos, debemos profesar nuestra
alineación a las tres Ideas Rectoras a la vez.
Los Valores son las cualidades generales que deben tener todos y cada
uno de los Seres involucrados como
miembros de la Comunidad, así como el
Ser Colectivo constituido por todos
ellos. Son agregados a las características físicas (cuerpo), psicológicas
(mente) y el ánimo (emociones) con que el Ser
asume su vivir. Así, la modificación del comportamiento esperado o posible,
tanto de la Persona como de la Comunidad, que la observancia del Conjunto de Valores Comunitarios llegase
a generar, no es más que el resultado de estarse haciendo cargo del bienestar general y el empoderamiento del
bienestar particular que la forja de
destinos comunes dispara en consecuencia.
Los Valores son convicciones
profundas de los seres humanos que determinan su manera de ser y el Ser mismo que les identifica y contiene,
orientando su conducta y sus decisiones. Dejándoles aparecer y desde ahí, escoger,
dijera Maturana. Es esa honda convicción la que provoca Profundidad Filosófica, la que les es propia como Ideas Rectoras que son. Y es el fluir coherente
en coordinaciones de sentires, haceres y emociones alineados al bienestar
común, lo que los empodera como Proceso
Continuo que sustentan la virtud de nuestro Vivir en Comunidad, desde la práctica cotidiana de la observancia a
principios superiores de Respeto, Confianza y Compromiso.
Ahora bien, si pudiéramos ubicarnos
desde un decir que nos coloca, desde la mirada accidental (nuestra cultura en
occidente, nuestra historia), como que “somos los hacedores”, mientras los “orientales” se conciben como
que “vienen a este mundo a algo”, que su vida ya está predeterminada, que hay
una divinidad, hay un destino; nuestra propuesta del “forjador de destino” podría estar en el centro de ambas miradas, ya
que si bien no negamos la posibilidad de una divinidad (de algo superior, de un
Supremo) que, concebimos, se manifiesta en nosotros mismos, en la expresión del
mejor Ser que deseamos ser. También
nos resinificamos como “hacedores”
cuando nos constituimos como forjadores
de nuestros propios destinos. Y en
tanto aceptamos que la capacidad de empoderarme para llegar a donde quiero
llegar, está en mí; también creemos que el Ser
que somos es mucho más grande que nuestros propios límites biológicos, porque
el Supremo se expresa constantemente
en nosotros, respetando nuestro libre
albedrío.
Somos “hacedores” capaces de forjar
nuestros propios destinos
(entendiéndolos como la imagen, el anhelo, la ilusión, el sueño; el proceso que
nos constituye, nos convoca, nos reta y apasiona, en la co-creación de nuestros
propios “mundos”); pero a la vez, creyentes consecuentes en la reflexión y
coherentes en nuestro conversar, de nuestra espiritualidad, entendida esta como
un espacio de expansión de consciencia, de que pertenezco a un ámbito más
amplio, desde el observador que soy, y desde el cual entiendo y practico mi
vivir. Todo ello respetando y sin descartar como posibilidad, la existencia de
un Supremo (según la religión que se practique) y de un vivir distinto al que
estoy viviendo, que tiene que ver con la eventualidad de un bienestar eterno.
Es entonces que nuestro observador no distingue para excluir, sino que lo hace
para incluir ambas posibilidades en una realidad coherente con los criterios de
validez desde donde la Comunidad
quiere vivir su vivir y darle sentido en el Propósito
Superior que le es generativo.
Nuestros Valores Comunitarios entonces, nos abren cotidiana y
permanentemente, a la experiencia activa
de valorar nuestra acción (individual y como parte de la colectividad), para “tener certeza” de que está alineada al propósito superior generativo de nuestra
Comunidad, potenciando así el sentido de la forja de destino que nos convoca y cohesiona como Comunidad de Propósito, a la vez que
empodera y sinergiza nuestro actuar comprometido en los Lugares de Potencial Realizado que nos contengan.
Todo lo anterior sólo es concebible por cuanto los seres humanos somos
seres lingüísticos. No habría forma de dar cuenta de esta dimensión de hacernos
cargo y atender a nuestra existencia, ni del imperativo ontológico de
conferirle sentido a la vida, si no fuésemos seres que vivimos en el lenguaje y
el lenguaje humano no tuviese la capacidad de su propia recursividad. Tampoco
podríamos hablar de la acción humana, de la manera como lo hacemos, sino en
cuanto somos seres lingüísticos (Rafael
Echeverría, Ontología del Lenguaje,
Editorial Granica, 2005, pág. 53).
Es entonces que el Poder Generador del Lenguaje (Peter
Senge) se expresa en la Ética del
compromiso inherente a la Promesa
Cumplida. Es entonces que el “poder” tiene límites y contrapesos, y se
alinea a la posibilidad de sustentabilidad de la Comunidad en su Capital
Social y sus Valores.
La Comunidad, en su condición de Sistema
Humano, define, respeta y observa un solo Conjunto de Valores Comunitarios para su sustentabilidad, en la
libertad y coherencia de que cada Lugar
de Potencial Realizado podría definir en lo particular aquellos valores que
soporten específicamente su actuación, siempre alineados y subordinados a
aquellos superiores proclamados por la Comunidad
de Propósito a la que pertenecen. Así, la red de relaciones éticas que se
construyen de manera holística e incluyente a lo largo y ancho de la organización,
empoderan, cohesionan y provocan sinergia hacia el interior comunitario,
sustentando no sólo la actuación cotidiana, sino principalmente la capacidad
transformadora y trascendente de la Comunidad,
y el logro de resultados extraordinarios.
Esa capacidad social de generar comunidad es la que permite
entender a la organización desde un paradigma diferente. Desde uno más humano
y, por lo mismo, mucho más orientado al bienestar colectivo. Así mismo, el
surgimiento y desarrollo de la red relacional ética, cimiento mismo de la
capacidad social de forjar destinos, provee
al conglomerado de sentido y pertenencia, superando los límites individualistas
de Yo, que continuamente empodera un Ego exacerbado que lejos de ayudar,
limita la actuación humana en comunidad, en colectivo, en la búsqueda de un
propósito común que les inspire a actuar conjuntamente para un mismo logro,
para un mismo fin. El Conjunto de Valores
Comunitarios rescata la Índole
Comunitaria del Yo que impulsa y fortalece las capacidades individuales de
los miembros de la Comunidad, a través del trabajo de equipo empoderado en el
logro de resultados extraordinarios.
Lo maravilloso es, que ante la
sinergia propia de la gestión sistémica, las aspiraciones individuales
alineadas a ello, encuentran su propio empoderamiento y posibilidad de ser
realidad. No es como en el paradigma tradicional, en el que lo individual
combate, vence y borra a lo colectivo, a lo comunitario. En el nuevo paradigma,
lo comunitario se empodera en lo social, y empodera el logro individual
comprometido paralelamente. El aprender a vivir en la cultura de la promesa cumplida, no sólo fortalece la relación con
quien me comprometo desde el pedido o la oferta, sino que me permite asumir ofertas
y pedidos conmigo mismo, los que se transformaran en “realidades” a partir del
auto-compromiso en el “prometerme, declarar mi aceptación y cumplir”. Así, la Índole Comunitaria del Yo no sólo empodera la capacidad colectiva
de logro y destino, sino que paralelamente nutre e impulsa la posibilidad individual de todos los
miembros de la Comunidad en hacer realidad sus anhelos, y la capacidad
transformacional del Ser que “habita”
en ellos.
Pero los Valores no responden en sí a una promesa concreta, sino que apoyan
la consecución ética de las promesas que sustentan la red relacional
comunitaria. Encaminan a cada promesa que es tomada en el compromiso individual comunitario (aquellos que asume cada persona
en favor de su Comunidad), en cada oferta y en cada pedido, que se dan en la
acción cotidiana y que se corresponden en las declaraciones de aceptación
consecuentes, todo dado en el presente, en tiempo real, y en la construcción
del futuro común al que se aspira (forja
de destinos).
Así es que tenemos una Misión que se expresa en el presente de
la acción comunitaria, una Visión que
construye permanentemente en el presente la aspiración de futuro de la Comunidad que forja su destino, y unos Valores
que le dan un sentido ético al
accionar colectivo en su conjunto, convirtiéndose todo en el acumulado de Ideas Rectoras que hacen sustentable en
su Capital Social y sus Valores a la Comunidad de Propósito y a los Lugares
de Potencial Realizado que la conforman.
Ahora bien, cabe preguntarse si el
hecho de que la Comunidad cuente con
su Misión, Visión y Valores le
otorga la posibilidad automática e invariable de forjar su destino, de perseguir y alcanzar el propósito superior que le es generativo.
Y desde mi mirada, la respuesta es
¡No! Se requiere de la intervención comprometida del factor humano. De los seres humanos que han decidido constituirse
en Comunidad para buscar lograr un Propósito Superior que les es propio y
generativo de la organización en su conjunto.
Pero dentro de este compromiso que
todos los que se constituyen en Comunidad
deben asumir y llevar a la práctica diaria, siempre destacará el impacto que
tienen aquellos que ostentan el rol de líderes en la organización. Desde la
apertura total al Aprendizaje, pasando por la gestión de Resultados y la red de
Relación que caminan paralelamente en la construcción de la Arquitectura
Organizacional, hasta el dominio de la Realidad y la Posibilidad, todos son
ámbitos de profunda presencia y continuidad sustentados en el Liderazgo, ya que, parafraseando a
Rafael Echeverría, son los líderes los que pueden impactar tanto en su auto-trascendencia
como persona (la forma de Ser que
somos como individuos) como en la forma de trascender más haya de nuestra
individual, sumiéndonos o sumergiéndonos paralelamente en el espacio social
dentro del cual nos constituimos como individuos que buscan mucho más que
simplemente actuar (trabajar) juntos. Para el autor, es en el Líder donde ambos procesos de
trascendencia se complementan.
El líder no es solo alguien que participa activamente en la invención de sí
mismo; al hacerlo transforma el espacio social de su comunidad y genera un
ámbito en el que, a la vez, otros acceden a nuevas formas de ser. El líder, por
lo tanto, representa un espacio de encarnación del ser social de la comunidad
de la que somos miembros (Rafael
Echeverría, Ontología del Lenguaje,
Editorial Granica, 2005, pág. 238).
Desafortunadamente no siempre los
líderes actúan como el factor de cohesión y pertenencia que debieran ser en la
constitución de Comunidades de Propósito
y de empoderamiento, impulso y orgullo hacia el interior de los Lugares de Potencial Realizado. Muchas
veces es el actuar de los líderes de la organización, el principal obstáculo
para que las Ideas Rectoras reinen en
el accionar del colectivo. Su poco apego a la observancia de ellas y su
compromiso con otros intereses individuales o de grupo, no sólo los alejan a
ellos de aquellos principios superiores que le son generativos a la Comunidad, sino que también generan el
desapego de los demás miembros de la organización, en consecuencia a la falta congruencia
entre lo que se dice y lo que se hace en la cotidianidad del accionar dentro de
ella, así como en el esfuerzo co-creador de futuro y en la cultura existente
que consciente o inconsciente, habita en la organización.
Cuando ocupamos cargos directivos o ejecutivos, constantemente nos contamos
el cuento de que en nosotros reside una carga de responsabilidades y
obligaciones mayores que en nuestros subalternos. Entonces, incurrimos
fácilmente en el pensamiento de que nosotros tenemos claro qué es lo mejor y
cómo deben hacerse las cosas (Santiago Beorlegui, El
Despertar de la Conciencia, LID Editorial Mexicana, 2012, Pág. 56).
Sin
ocuparnos de los contextos insanos dentro de las organizaciones, ni de las
situaciones de doble moral o el reino de intereses ajenos a las mismas; cuando
el actuar de los líderes no se alinea a las Ideas
Rectoras, llevan al colectivo por un camino incierto que difícilmente les
podrá conducir a donde quieren llegar.
Obviamente los
individuos que se levanten como líderes influirán en su entorno social. No
obstante, la perspectiva que sustentamos arranca desde una ética individual
comprometida con asegurar el sentido de la vida y expandir las posibilidades de
la existencia humana (Rafael
Echeverría, Ontología del Lenguaje,
Editorial Granica, 2005, pág. 239).
Es
por ello que ser Líder es un rol
fundamental en las Comunidades de
Propósito ya que de su forma de constituirse en el Ser que son, radica en mucho, las posibilidades reales de que las Ideas Rectoras reinen en la organización
para bien de todos los involucrados.
Roberto Arzate


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