Las Ideas Rectoras como condicción trasformacional en las Comunidades de Propósito



Misión, Visión y Valores, como Ideas Rectoras de Empoderamiento Comunitario.

Cuando Peter Senge habla de “Arquitectura Organizacional”, coloca a las Ideas rectoras en el vértice superior del triángulo que con las Teorías, métodos y herramientas (vértice derecho) y las Innovaciones en infraestructura (vértice izquierdo), la conforman (Peter Senge y otros, La Quinta Disciplina en la práctica, Editorial Granica, 2006, pág. 22).

Para el autor, las Ideas Rectoras son un principio (o conjunto de principios) que nos parece decisivo como fuente filosófica de esclarecimiento y dirección (Peter Senge y otros, La Quinta Disciplina en la práctica, Editorial Granica, 2006, pág. 9).

Peter Senge dice que las Ideas Rectoras en las Organizaciones Inteligentes comienzan con la visión, los valores y el propósito que se plantea la organización que desean crear sus integrantes (Peter Senge y otros, La Quinta Disciplina en la práctica, Editorial Granica, 2006, pág. 23). Y de esas tres ideas o principios fundamentales es que nos vamos a ocupar en esta lectura: la Misión (Propósito), la Visión y los Valores Organizacionales.

Y quisiera arrancar con la creencia personal, compartida por la mayoría de quienes se dedican al estudio de las organizaciones, de que a lo largo ya de treinta años (o más) que trabajamos a partir de estas Ideas Rectoras, la mayoría de los esfuerzos terminan en proclamas vacías. Frases hermosas destinadas a adornar las más diversas paredes dentro de la organización, pero que tanto en la práctica como en los resultados, poco impacto tienen. Para Peter Senge, en las organizaciones tradicionales sigue imperando la búsqueda por el alimento, la vivienda y la pertenencia (tres primeros niveles de las necesidades humanas que describe la escala de Abraham Maslow). En consecuencia, el reconocimiento es ampliamente cuestionado todavía, y la autorrealización, en la mayoría de las organizaciones tradicionalistas, ni siquiera ha podido ganar un lugar pequeño.

Parafraseando a Peter Senge, en la reflexión y en las conversaciones aún pendientes, es necesario impulsar que las ideas rectoras deben ser fortalecidas desde el enraizar de una “Profundidad Filosófica” y desde el entender que se trata de un “Proceso Continuo”, dinámico y en constante transformación. Sin buscar detenernos mucho en todo lo analizado por Peter Senge y colaboradores (mismo que puede encontrarse en Peter Senge y otros, La Quinta Disciplina en la práctica, Editorial Granica, 2006, pág. 24-28 y resto del libro), el autor señala la necesidad cambiar de paradigma desde el comprender y aplicar “La Primicia del Todo” (Pensamiento Sistémico), “La Índole Comunitaria del Yo” (la construcción de Comunidades de Propósito) y “El Poder Generador del Lenguaje” (uno de los pilares y fundamentos del Coaching Ontológico). Y es desde ahí que quiero empezar a desmenuzar el entender de las tres Ideas Rectoras citadas, desde el marco conceptual que empieza a imperar en los inicios de este Siglo XXI. Comencemos con la Misión.

Los objetivos son los fines o los resultados que la empresa desea alcanzar y se derivan de su misión. La declaración de la misión describe el objetivo fundamental y la filosofía básica de una organización (O.C. Ferrell, Geoffrey A. y Linda Ferrell, Introducción a los Negocios en un Mundo Cambiante, McGraw Hill, 2010 Séptima Edición, pág. 210).

Para algunos autores la Misión debiera contestar a la pregunta ¿Qué se supone que hace la organización?, y quizás en un principio esto fue útil porque generaba una especie de guía para todos los integrantes de la organización, había un referente al cual recurrir incluso en búsqueda de pertenencia. El propósito general del negocio, antes conocido y resguardado celosamente por la alta administración, ahora era ampliamente difundido y con posibilidades, incluso impositivas, de ser distinguido por todos.

Y entonces, ¿por qué se convierten en proclamas vacías?, palabras que no se aterrizan en la práctica diaria y que no sirven para generar cohesión y sinergia. Yo creo que tiene que ver con la imposición y el sentirse ajeno. Si la declaración de Misión es una facultad de la alta administración, por mucho que se diga lo contrario, son ellos los que la imponen para que los demás simplemente la obedezcan. Se les pide que se vean reflejados en ella, pero no pueden hacerlo porque se sienten ajenos, no tomados en cuenta, no vistos.

Misión. Este enunciado sirve como guía o marco de referencia para orientar sus acciones y enlazar lo deseado con lo posible. Es recomendable que el texto de la misión mencione la razón de ser de la organización en términos de propósitos específicos, resultados esperados y compromisos por cumplir (Enrique Benjamín Franklin Fincowsky, Organización de Empresas, McGraw Hill, 2009 Tercera Edición, pág. 251).

Ahora bien, cómo enlazar lo deseado con lo posible desde la mirada tradicional de las organizaciones, fuertemente centrada en el individualismo y la división, donde cada parte se siente el todo y la confrontación es por quien sobrevive a costa de quién.

Una posible respuesta surge del decir de este autor cuando refiere que es recomendable que en la Misión se mencione la razón de ser de la organización en términos de:

  • Propósitos específicos. Entendiendo que la propia misión contiene el propósito superior que le da origen, sentido y posibilidad a la organización misma, desde sus más profundos orígenes generativos.
  • Resultados esperados. Concentrándonos en esos resultados extraordinarios, propios de la sinergia que busca toda organización inteligente. Resultados extremos que resultan de operar en el punto de quiebre y asumir las consecuencias (Robert Bruce Shaw, 2018).
  • Compromisos por cumplir. Transformando el compromiso organizacional desde el paradigma tradicional de “ponerse la camiseta”, al nuevo paradigma de “la promesa asumida a partir del Ser que soy (Liderazgo), mi cultura personal y la cultura colectiva a la que me estoy adhiriendo en libertad y convicción”.

Intentemos distinguir la Misión desde la Gestión Ontológica y encuadrémonos en los cinco dominios para una gestión efectiva que enumera Ivonne Hidalgo (Ivonne Hidalgo Díaz, Gestión Ontológica, Servicios Editoriales Mil Palabras, 2009): el Dominio de la Realidad, de la Posibilidad, de la Gestión de los Resultados, de la Relación y de la Gestión del Aprendizaje. Además, es importante considerar la Ontología del Lenguaje de Rafael Echeverría, como apoyo y fundamentación del Paradigma que proponemos y que surge del Coaching Ontológico y su aplicación práctica en las organizaciones de nuestro tiempo.

Y entonces tenemos primero “Profundidad Filosófica” desde la Ontología y lo Biológico-Cultural (Epistemología), y después “Proceso Continuo” desde la evolución de los Procesos de Mejora Continua, para este Siglo XXI. También tenemos “La Primicia del Todo” desde el Pensamiento Sistémico, la “Índole Comunitaria del Yo” desde la Comunidad de Propósito y el “Poder Generador del Lenguaje” desde la Gestión Ontológica y la Ontología del Lenguaje. Para terminar aterrizándolo todo en la práctica diaria de los Lugares de Potencial Realizado, a través de “hacer realidad” la existencia y prevalencia de “propósitos específicos”, “resultados esperados” (previamente definidos con claridad) y “compromisos por cumplir”. Mismo ejercicio a realizar con la Visión y los Valores Organizacionales.

El nuevo paradigma que soporte y fundamente la Misión debe tener un fuerte contenido filosófico que la respalde, así como el conocimiento de “cómo” ese contenido filosófico va a impactar en los seres humanos que conforman la organización. No se trata de proclamar por proclamar, sino de establecer redes sociales que sustenten la intención humana colectiva de vivir diariamente conforme al contenido de la Misión proclamada. Y no me equivoco al decir “vivir”, ni intento sonar como pretencioso en mis términos.

Arranquemos entendiendo “vivir” como tener vida; pasar y mantener la vida con lo necesario para una persona, una familia, un grupo, etc.; habitar en un lugar; llevar un determinado tipo de vida; acomodarse uno a las circunstancias o aprovecharlas; experimentar; sentir profundamente lo que se hace o disfrutar con ello; entre otras muchas posibles formas de interpretar lo que es vivir.

Ahora bien, si la Misión es ese enunciado que sirve como guía o marco de referencia para orientar las acciones de quienes conforman la organización, y enlazar lo deseado por ella (como ente colectivo vivo) con lo posible; Vivir (laboralmente) tendría que ser esa forma de Ser y Hacer que por ser parte de la organización, diariamente nos llevaría a interpretar nuestra realidad laboral y a gatillar las acciones consecuentes, alineadas siempre y en todo momento, al contenido y significado profundo de la Misión Organizacional, de tal forma que pudiera declararse con fundamento que, “como miembro activo y convencido de mi comunidad, Soy y Hago con los demás (en lo relacionado directa e indirectamente con ello), en observancia y sentido de la Misión de mi organización”; de tal forma que en la expresión común de ello, se genere la sinergia necesaria para convertir en posibilidad real nuestro propósito superior generativo que nos hace “Ser Comunidad”.

Así, nuestro fluir cotidiano, inmerso en un proceso continuo en torno a nuestro propósito superior, no sólo nos consolidaría como Comunidad, sino que partiría de un Ser Colectivo en constante transformación y un Hacer corporativo en tiempo real (Jim Selman), sin un principio y un final definido, siempre activo, dinámico y cambiante. Es decir, un fluir constante, holístico, incremental y trascendente, que se perfecciona a partir de la transformación permanente del Ser Colectivo, entendido como “Comunidad de Propósito”.

Y ahí es donde aparece la “Primicia del Todo”. Es decir, la comprensión sistémica de la Comunidad y su Propósito como un todo inseparable e indisoluble, que hace lo “ideal”, posible. Una organización que funciona desde un sentido colectivo de identidad e intención, en torno a un propósito superior generativo, supera la individualidad, la división y la competencia, que tanto dañan a la organización tradicionalista. Pero también permite que hacia su interior, se generen y consoliden redes relacionales humanas que impulsan la colaboración, la empatía, la solidaridad y la sinergia, desde una perspectiva más integradora y más comprometida.

Relaciones y Resultados. Ambos orientados, alineados, en concordancia con aquello que constituye su origen generativo común y les otorga fortaleza y sentido de Comunidad que trasciende a su propio Ser Colectivo, a su tiempo y a su pertenencia social local. Que supera la vieja aspiración de Tener (enfoque en los resultados) e incursiona en un contexto más amplio, relacionado directamente con la capacidad de llevar el potencial a realidades concretas en beneficio de todos, garantizando felicidad y plenitud en la Comunidad de Propósito (organización del Siglo XXI) y en los Lugares de Potencial Realizado que la constituyen y sustentan.

Y ahí nos topamos con “La Índole Comunitaria del Yo”. Rompemos con el mito de que el individuo es más importante que su comunidad (primero yo, después yo y siempre yo), superando la posición de identificar al Yo con el Ego y de asignarle un valor superior a este último, a costa del dejar aparecer a los demás. Dejamos de considerar a la organización (ahora Comunidad) como una red de compromisos contractuales con intercambios simbólicos y económicos, firmemente enfocada en el Tener; para apreciarla desde una nueva mirada que, parafraseando a Peter Senge, guarde coherencia con una visión sistémica de la vida, donde el Yo nunca es algo “dado”, y siempre está en proceso de transformación. La naturaleza comunitaria del Yo nos permite apreciarnos como Ser Colectivo, lo que de hecho transforma profundamente nuestro Ser (individual), pues exige que se exprese permanentemente “lo mejor de nosotros mismos” en busca del beneficio grupal fusionado. Se supera la competencia y el individualismo destructivo, mientras se fortalece la identidad y pertenencia a una Comunidad de Propósito, cuya Misión nos llama y enfoca en un actuar conjugado y cohesionado que nos proporciona Horizonte de Sentido, Forja de Destino, Ánimo de Trascender y Orgullo de Pertenecer; todo ello en colectivo, en lo social, en Comunidad.

¿Qué aporta a todo esto “El Poder Generador del Lenguaje”? Es quizás aquí que mayormente podemos apoyar nuestro nuevo paradigma. El lenguaje, que durante muchos tiempo nos ha servido para describir “mundos” y todo lo relacionado con ellos, ahora sabemos que también nos permite “construirlos”, generarlos. Nuestra posibilidad humana de interpretar de múltiples formas una realidad dada, nos permite además seleccionar aquellas que nos sean más útiles para un propósito particular, desde el entendido de que no existe una interpretación inequívocamente correcta, ni del todo equivocada.

“En vez de considerar que el lenguaje describe una realidad independiente, podemos reconocer la capacidad del lenguaje para renovar nuestras interpretaciones de la experiencia, y así permitirnos suscitar nuevas realidades” (Peter Senge y otros, La Quinta Disciplina en la práctica, Editorial Granica, 2006, pág. 28).

Cómo nos puede ayudar esto en la asunción real de la Misión como “Idea rectora” imperecedera e intemporal: permitiendo que todos los miembros de la organización se sumen a su observancia de manera libre y comprometida, generando con ello una realidad proveedora de rumbo y sentido para el Hacer cotidiano de los miembros de la “Comunidad de Propósito” en que se han constituido.

Cómo podemos superar las proclamas vacías y suscitar realidades cotidianas siempre alineadas a la Misión y a la expresión sistémica de la organización misma. Un buen principio es comprender a la Misión como parte de un argumento dinámico y transformacional que forma parte de las conversaciones que se suscitan en los “Lugares de Potencial Realizado”. Conversaciones Poderosas, surgidas de la reflexión y el compromiso colectivos, fundamentadas en un Propósito Superior que convoca e inspira.

Un “Lugar de Potencial Realizado” es aquel donde se conversa, se reflexiona, se lenguajea, se co-crean “mundos nuevos”; se transforma permanentemente el Ser y la “posibilidad” se convierte en “realidad”, el “potencial” se traduce en “resultados superiores precisos”. Por tanto, un Lugar de Potencial Realizado no es un área física determinada dentro de la organización, ni forzosamente permanente en el paso del tiempo. Es más una percepción filosófica que rescata la gran capacidad potencial del ser humano, la empodera en su posibilidad de ser realidad y la alinea a propósitos determinados. Por decirlo de algún modo, es más el espíritu transformador del potencial humano en realización y plenitud colectiva, que el hecho concreto de generar un bien o servicio.

Ahora bien, esto es así porque cuando nuestra mirada se enfoca obsesivamente en resultados, lo más que podrá lograr es algo “cercano” a esos resultados. Sin embargo, cuando nos enfocamos en ser un mejor Ser, alineados en nuestra convicción y orgullo a un propósito superior colectivo, nuestras distinciones nos permiten empoderarnos y transformarnos para mejor, en la colaboración, la empatía, la solidaridad y la sinergia, lo que sin duda se refleja generativamente en nuestro Hacer (nuestro accionar) y nuestro Tener (los resultados que alcanzamos), desde una posibilidad real de generar “nuevos y mejores mundos” en los que los resultados extraordinarios se dan, pero solamente son el piso desde el cual sostener muchas otras cosas y circunstancias superiores, incluyendo incluso la “grandeza del Hombre”.

En este contexto, la Misión Comunitaria nace en la intensión colectiva de forjar destinos, se sustenta en un propósito superior compartido, creciendo y desarrollándose en el compromiso comunitario de co-crear “nuevos mundos”.

Al iniciar a forjar destinos aparecen las Ideas Rectoras y con ello la Misión. Así, la red relacional necesaria empieza a formarse y a consolidarse, y la alineación y el enfoque de la acción colectiva no se limita a un resultado (o conjunto de ellos) sino que se sitúa en el esfuerzo por crear, innovar, trascender, en pro del bienestar común. La capacidad sinérgica que se genera lleva a los resultados y a los equipos mismos, al nivel “extremo” del que habla Robert Bruce (Robert Bruce Shaw, Equipos Extremos, Editorial Paidós Empresa, 2018), haciéndose responsables de las consecuencias generadas también.

Y así, la Misión ya no es una Afirmación (descripción de la realidad) o un Juicio (nuestra manera de interpretar dicha realidad), como tradicionalmente lo es en las organizaciones a través del Lenguaje Descriptivo. Sino que el colectivo la asume desde su convicción y cohesión en su propósito (destino a forjar), así como su conocimiento y distinción del Poder Generativo del Lenguaje; como una Declaración (aquello que quiero que pase).

Así, la Misión es una Declaración, para la cual no importa quien la haya redactado, pues lo fundamental es que yo la asumo como propia y entonces se convierte para mí en un objetivo concreto que me comprometo a cumplir cotidianamente llevando a cabo acciones necesarias y comprometidas para que ello ocurra. Por tanto, la Misión “baja” de los cuadros desde los que adornaba, y se convierte en práctica diaria, acción comprometida que vive y reina en los Lugares de Potencial Realizado.

Como Declaración, la Misión es una Promesa (Las promesas son compromisos que asumimos. Son Ofertas o Pedidos más la declaración de aceptación, es decir, más un “Sí”), una Promesa que se sustenta en el Compromiso libre, convencido e involucrado de aquellos (todos) que forman una Comunidad de Propósito por el “orgullo de pertenecer”.

Y así, en el universo multirrelacional que conforma a la Comunidad, y específicamente a los Lugares de Potencial Realizado, la diversidad se vuelve en fortaleza desde el Compromiso que sustenta a la Promesa compartida.

Compromiso es lo que transforma una promesa en realidad.

Es la palabra que habla con coraje de nuestras intenciones.

Y las acciones que hablan más alto que las palabras.

Es hacerse del tiempo cuando no lo hay.

Salir airoso una y otra vez, año tras año.

Compromiso es el material que hace el carácter;

el poder de cambiar las cosas.

Es el triunfo diario de la integridad sobre el escepticismo.

Shearson Lehman

Y retomamos el orgullo de pertenecer… Quien pertenece está orgulloso de ello y, por lo mismo, comprometido con todo aquello que dicha pertenencia le genera, le provoca y le reclama. Quien no está comprometido, simplemente “no pertenece”. Entonces, desde esta distinción, la Misión se cumple porque todos están orgullosos de cumplirla, y cumplirla en la promesa comprometida le da sentido a su “Ser Comunidad” y a su pertenecer a ella.

Entonces, la Misión ya no es algo que se escribe y se proclama, buscando que se le “haga caso” de una u otra forma. Es algo que vive dentro del Ser de cada uno de los pertenecientes a la Comunidad de Propósito, y en ese vivir activo, se transforma en movimiento cotidiano y permanente, que le da sentido a su compromiso por hacerse cargo de los “destinos” que han decidido forjar juntos. Y la Misión se observa con orgullo en cada rincón de la organización, en cada Lugar de Potencial Realizado, porque no hacerlo así, sería tanto como negarse a pertenecer.

Deberíamos ser capaces de observar cuán lejos estamos de nuestra comprensión tradicional del lenguaje. La concepción del lenguaje como descriptivo y pasivo ha sido sustituida por una concepción diferente, que ve al lenguaje como acción y, en tanto tal, como una fuerza poderosa que genera nuestro mundo humano (Rafael Echeverría,  Ontología del Lenguaje, Editorial Granica, 2005, pág. 59)

La Misión convertida en Promesa, adquiere dimensiones que no pueden entenderse más que en la acción cotidiana de quienes han prometido, ya sea a través de una oferta o una petición. Pues “son las Promesas que cumplimos y las que no cumplimos, las que nos convierten en la persona que somos.

Desde la Ontología del Lenguaje, un Pedido es una conversación que a través de su manifestación, puede despertar el compromiso de alguien más y ayudarnos así, a satisfacer una necesidad. Cuando yo pido y alguien escucha mi pedido, al comprometerse a responder a él afirmativamente se expresa poderosamente la colaboración, ya que siempre existirá la posibilidad de que los actuantes en la conversación ocupen los lugares contrarios y fortalecer la red relacional que permite e impulsa la respuesta y la acción futura deseada, sustenta la reciprocidad necesaria en la danza conversacional permanente dentro de los Lugares de Potencial Realizado. Y no es que dar condicione y garantice la opción de recibir, pues se da desde la mirada de no esperar nada a cambio, o en la convicción del acuerdo cumplido. Por ello, dentro de una Comunidad de Propósito se vive en la certeza de que el forjar destinos siempre requerirá de múltiples conversaciones en las que habrá pedidos y posiciones recíprocas para atenderlos, por lo que la fortaleza de la relación está en el Ser que cada quien es, y en la capacidad social del grupo para constituirse en el Ser Colectivo que sustenta a la Comunidad de Propósito. Así, todos colaboramos desde la convicción de que hay que hacerlo sin esperar nada a cambio (Relaciones de Comunidad); pero también desde el saber de que en las Relaciones de Intercambio yo doy lo prometido por mí, desde la certeza de que recibiré de mi contraparte lo prometido por él (ellos) o ella(s). La fuerza está en la promesa; en su cumplimiento en sí, y en el hacerlo con las condiciones de satisfacción empeñadas en ello. Una promesa involucra tanto el hacerlo como el hacerlo bien, esa es la diferencia.

Las Ofertas se hacen cargo de las necesidades de los demás. Las Ofertas se manifiestan en las conversaciones que surgen desde el compromiso como posibilidades brindadas a partir de uno mismo, para otras personas. Cuando yo ofrezco mi “colaboración” y el(los) otro(s) la acoge a través de su declaración de aceptación, se consolida la Promesa. Como en el Pedido, esto sucede tanto en las Relaciones de Comunidad (ofrezco sin esperar nada a cambio de lo que doy) como en aquellas de Intercambio (ofrezco en el acuerdo de recibir en reciprocidad aquello que me han prometido a cambio).

Por tanto, la ya mencionada danza conversacional permanente que sustenta los Lugares de Potencial Realizado, se realiza desde la expresión dinámica de los Pedidos y las Ofertas, convertidos en Promesas a través de las Declaraciones de Aceptación correspondientes.

De nuevo, es una distinción ontológica decir y afirmar: “Son las promesas que cumplimos, y las que no cumplimos, las que nos convierten en la persona que somos”. Respecto al Ser Colectivo, es la Cultura de la Promesa Cumplida lo que le da valor y valía a la Comunidad en su conjunto, y no sólo eso, es lo que le otorga sentido y orgullo de pertenecer, por lo que “no cumplir” genera un daño irreversible a la Comunidad y al Propósito Superior que se persigue, tanto o más como a aquel o aquellos que incumplen. Daño que en ocasiones no se repara ni desde el re-prometer de mutuo acuerdo. Todo ello nos deja ver cómo desde esta mirada, el vivir en la Misión que nos orgullece, guía y enfoca, garantiza que la acción presente del colectivo este firmemente alineada a “hacer realidad” cotidianamente la Declaración hecha desde el vivir en la Promesa, desde el ser congruentes con la expresión poderosa de nuestro Ser Colectivo, desde lo que la Comunidad quiere que pase, desde el logro exitoso en la Forja del Destino que se persigue. Todo ello, fundamentado en el Ser de cada persona involucrada.

Así, las Comunidades de Propósito tienen un presente claro y preciso, enfocado en aquello que les convoca, les reta, les inspira y otorga convicción, les apasiona y les genera orgullo; a todos aquellos que forman y van formando parte del anhelo colectivo. Cuentan con una Misión que cohesiona y provoca conversaciones que permiten “co-crear nuevos mundos” desde la mirada compartida de “dejarlos aparecer como posibles”.

La fortaleza se consolida cuando la Comunidad de Propósito tiene una percepción común, clara y precisa, del futuro al que aspira colectivamente y que se contiene en la declaración de su Visión. Idea Rectora que surge, se consolida y trasciende a través de esta nueva forma de Ser, que coherentemente genera un nuevo Hacer y Tener, en la cotidianidad de un presente activo, que se refleja en el futuro que día a día se va construyendo.

Así, la Visión (como la Misión) es una Declaración hecha en la Promesa Colectiva que sustenta la forja de un Destino Común anhelado. Y que, en cambio, se ocupa de la Perspectiva de Futuro que contiene al Propósito Superior que le es propio y generativo a la Comunidad. La Misión es presente en acción, la Visión es futuro que se construye desde el presente. Ambas en tiempo real, ambas desde la cotidianidad del día a día.

Como posibilidad de futuro, la Visión provee a la Comunidad un lenguajear corto y fácil de entender, pero rico en su contenido filosófico y su profundidad de comunicación y reflexión. Surge entonces una conexión poderosa entre todos los miembros de la Comunidad, ya que se ven representados en el Propósito Superior que se encuentra contenido (de alguna forma) en la narrativa que da cuerpo y movimiento a la Visión. La Primicia del Todo (Peter Senge) se constituye en las conversaciones que surgen alrededor de la Visión, ya que la Comunidad tiene claro que es su sustentabilidad como tal lo que está en juego y por encima de todo. Sólo siendo Comunidad es que alcanzarán el logro del Propósito perseguido. Además, dado que este le es generativo, la Forja del Destino que convoca, inspira y cohesiona a todos los miembros de aquella, para la construcción exitosa del Destino elegido; es necesario que primero que todo sean Comunidad, sin perder el derecho de cada quien a Ser Persona, o el Ser de la persona que son. Todo ello se fundamenta en el Pensamiento Sistémico y fortalece la Declaración que soporta a la Visión, misma que también da pertenencia y que responde a las preguntas: ¿Qué quiere la Comunidad que pase en el futuro?, ¿Qué tiene que construirse (forjar destino) en la cotidianidad del presente, para que ese futuro ideal sea una realidad?, ¿Qué tiene que transformarse en el Ser Colectivo para que su conversar, su reflexionar y su lenguajear les lleve a vivir ese futuro cuyo anhelo les es generativo como Comunidad?, ¿Qué pedidos y ofertas deben constituir la red relacional que permitirá el cumplimiento cabal de las promesas que sustentan cada día, en los hechos, a la Visión Comunitaria?, ¿Qué le permitirá “pertenecer” y qué les traerá la consecuencia de “no pertenecer”, en su Comunidad?.

Con todo ello presente, nos adentramos en la Índole Comunitaria del Yo, desde donde destacamos que la maravilla humanística del privilegiar a la Comunidad y lo comunitario, aparece en la posibilidad de alinear a la Visión todas aquellas metas, objetivos y aspiraciones personales (de cada miembro de la Comunidad) para su fortalecimiento en su posibilidad de aparecer. No es que cancelemos, posterguemos o escondamos nuestras aspiraciones personales para dar prioridad a nuestras promesas comunitarias y sentirnos verdaderos miembros de nuestra Comunidad. Por el contrario, nuestro orgullo de pertenecer se sublima en su expresión, al generar realización y plenitud en cada uno de sus miembros, y en ello mucho dice el reconocer que posiblemente mis logros personales no hubieran sido tan potentes y exitosos si no hubiere pertenecido a mi Comunidad. Logra mi Comunidad y logro Yo, en la danza conversacional a la que pertenezco, y que nos permite a todos “aparecer” y “dejar aparecer”.

Es claro que el Poder Generador del Lenguaje nos coloca a todos en otro contexto; en un lugar diferente para un “nuevo vivir”. Aquel que permite “dejar aparecer” al futuro ideal que se expresa y se construye desde la observancia libre, convencida y comprometida de nuestra Visión Comunitaria. Una Visión establecida y puesta en práctica desde nuestras declaraciones y su fundamentación en pedidos y ofertas que se constituyen en “promesas cumplidas”, promesas transformadoras del Ser Colectivo y de aquellos Seres individuales involucrados. Promesas que abren las puertas a “nuevos mundos”, “mejores mundos”.

Desde la Gestión Ontológica, la Misión y la Visión en una Comunidad de Propósito, otorgan claridad en el co-crear “mundos nuevos” y la coordinación de acciones se desarrolla de manera más dinámica, consiguiendo resultados sin precedentes en el Dominio de la Realidad. En el Dominio de la Posibilidad, impulsan la existencia y desarrollo de Lugares de Potencial Realizado que privilegian la plenitud y la felicidad de sus miembros. En cuanto al Dominio de la Gestión de los Resultados, la cultura de logro llevada al extremo, al punto de quiebre, haciéndose responsables por ello; genera en los involucrados una ambición por los resultados extraordinarios, propia del Alto Desempeño y la Realización personal y colectiva. Esto nos lleva al Alto Desempeño para la Realización Humana (la mejor expresión de mi Ser y mi contribución comprometida al Ser Colectivo que me contiene); que difiere en mucho con el Alto Desempeño tradicional enfocado en los resultados, principalmente en lo que finalmente se obtiene en cada caso.

Ya en el Dominio de la Relación,  la posibilidad de expresión y movimiento del Ser Colectivo a través de la Red Relacional que sustenta lo social, lo comunitario; nos permite aspirar a la transformación del Mundo como hoy lo conocemos, para colocarnos en estadios más justos, más incluyentes, más holísticos, de mayor oportunidad para todos, más ambiciosos en la co-creación permanente del Bienestar Común. Por último, en el Dominio de la Gestión del Aprendizaje, es donde se expresa la potencia de la cualidad de apertura que destaca a las Organizaciones Inteligentes constituidas en Comunidades de Propósito. Así, el cambio de fondo supera su capacidad transformadora, para enraizarse como cultura permanente de crecimiento, desarrollo, creatividad, innovación y trascendencia. La sustentabilidad de la Comunidad de Propósito en su Capital Social  se soporta en la capacidad transformacional del Ser Colectivo y de cada Ser Individual que se contiene, habita, vive, aparece en plenitud, se perfecciona permanentemente, repercutiendo en su tiempo y más allá de él. Esta maravilla se perfecciona en lo humano, al profesar irrestrictamente los Valores Comunitarios que les dan identidad y orgullo.

Pero hay que tener muy claro que no estamos hablando de “alcanzar” la Misión, de “lograr” la Visión. No se trata de un objetivo a conseguir. Nos referimos a “vivir permanentemente, cotidianamente” en la Misión y la Visión, accionando para cumplir la promesa de reconocerles y observarles como Ideas Rectoras de nuestra Comunidad; como herramientas de claridad, guía, inspiración e impulso para el vivir, cotidiana y permanentemente, en el movimiento que implica la naturaleza generativa del Propósito Superior que hemos adoptado como nuestro, desde nuestra libertad y convicción plenas. Para entender a las Ideas Rectoras como un camino de Hacer, para transitarlo desde un caminar liviano, que nos permita fluir en coherencia, en armonía, en Comunidad; para estar y llegar a donde queremos estar y llegar. Y por qué no, para a lo mejor llegar mucho más allá de donde queremos llegar, pues nos habremos de ir transformando con y en “nuestro caminar”, en nuestro modo de vivir la vida con realización, plenitud y felicidad.

Y nos metemos al viejo y tenebroso mundo de los Valores. No hay nada más humano que la distinción que hacemos de aquello a lo que llamamos Valores. Los Valores son el acompañamiento más antiguo que el hombre tiene, tan viejo como él mismo.

Los seres humanos pagan el atrevimiento de haber querido participar en el proceso de creación. Ello está simbolizado en haber cedido a la tentación de comer del árbol del bien y del mal, el árbol de los valores y, en último término, aquel que alimenta el sentido dela vida. Al haber comido del árbol del bien y el mal, los seres humanos pierden la inocencia como condición de su existencia (Rafael Echeverría, Ontología del Lenguaje, Editorial Granica, 2005, pág. 53).

Así, como un ejemplo simplemente, para la tradición judeo-cristiana los Valores nos acompañan desde el momento mismo de la Creación, desde que el hombre aparece en el Paraíso y como fundamento de su expulsión de él.

Pero más importante aún es el hecho de la necesidad de sentido que el hombre tiene para su accionar coherente con la mejor expresión que le reclama su Ser.

Sostenemos que los seres humanos al actuar, nos estamos «haciendo cargo» de algo. Como apuntara el filósofo Martín Heidegger, la existencia humana resulta, para los seres humanos, un asunto del que requieren hacerse cargo y, por lo tanto, al que tienen que «atender» (Rafael Echeverría, Ontología del Lenguaje, Editorial Granica, 2005, pág. 52).

Y al hacernos cargo de forjar los destinos que deseamos desde nuestro “libre albedrío, requerimos de guías conductuales, de límites a respetar, para pretender estar seguros de que nuestra actuación nos dirige al destino que hemos “escogido”. Y regresamos a Maturana, parafraseándole al decir: “Necesitamos dejar aparecer la vida misma en Comunidad, para ir escogiendo aquel accionar que le da sentido al camino a seguir en la forja de los destinos pretendidos”.

A nosotros los seres humanos, la existencia nos desafía y, para mantenerla, debemos a menudo tomar posición respecto a ella y, en razón de ello, nos vemos muchas veces compelidos a modificar el curso espontáneo de los acontecimientos. Esto último lo hacemos mediante la acción. Por lo tanto, concebimos la acción como una dimensión exclusiva de la existencia humana (Rafael Echeverría, Ontología del Lenguaje, Editorial Granica, 2005, pág. 53).

En esta expresión de Rafael Echeverría encontramos sin duda la fundamentación de la existencia de Ideas Rectoras para sustentar la acción que transforma una organización tradicional en Comunidad de Propósito. Y regresando a los Valores, como Ideas Rectoras que son, su fin principal es la sustentabilidad de la organización. Por tanto, una Comunidad de Propósito se sustenta en el Capital Social que los seres humanos co-crean en su vivir comunitario, y cuyo presente y futuro se ven representados en la Misión y la Visión que profesan; así como en los Valores que le dan sentido a ese tipo de existencia.

Este desgarramiento, propio de la existencia humana, se expresa por lo tanto a un nivel todavía más profundo que el de la acción cotidiana, aquella que nos lleva a preocuparnos de nuestra alimentación, abrigo y otras necesidades de este tipo. Como parte esencial de este hacernos cargo y atender a nuestra existencia está también el imperativo de conferirle sentido.

Los seres humanos requerimos del sentido de la vida, como condición de nuestra existencia. Esta pareciera ser la otra cara del poder que tenemos de participar en el proceso de nuestra propia creación (Rafael Echeverría, Ontología del Lenguaje, Editorial Granica, 2005, pág. 53).

Los Valores no sólo apoyan el sentido del hacer en la Comunidad, sino que fundamentan el Ser que cada involucrado es como persona y a aquel Ser Colectivo en el que se convierte la organización misma. Es desde esa mirada que hemos trabajado la Misión y la Visión y es desde ahí que se deben entender y aplicar los Valores. Las tres Ideas Rectoras siempre accionarán en paralelo de manera indisoluble. No podemos apoyar la acción en la Misión exclusivamente, ni tampoco en la Visión o los Valores, o en cualquier combinación de dos de ellos. Para verdaderamente hacernos cargo de forjar los destinos que deseamos, debemos profesar nuestra alineación a las tres Ideas Rectoras a la vez.

Los Valores son las cualidades generales que deben tener todos y cada uno de los Seres involucrados como miembros de la Comunidad, así como el Ser Colectivo constituido por todos ellos. Son agregados a las características físicas (cuerpo), psicológicas (mente) y el ánimo (emociones) con que el Ser asume su vivir. Así, la modificación del comportamiento esperado o posible, tanto de la Persona como de la Comunidad, que la observancia del Conjunto de Valores Comunitarios llegase a generar, no es más que el resultado de estarse haciendo cargo del bienestar general y el empoderamiento del bienestar particular que la forja de destinos comunes dispara en consecuencia.

Los Valores son convicciones profundas de los seres humanos que determinan su manera de ser y el Ser mismo que les identifica y contiene, orientando su conducta y sus decisiones. Dejándoles aparecer y desde ahí, escoger, dijera Maturana. Es esa honda convicción la que provoca Profundidad Filosófica, la que les es propia como Ideas Rectoras que son. Y es el fluir coherente en coordinaciones de sentires, haceres y emociones alineados al bienestar común, lo que los empodera como Proceso Continuo que sustentan la virtud de nuestro Vivir en Comunidad, desde la práctica cotidiana de la observancia a principios superiores de Respeto, Confianza y Compromiso.

Ahora bien, si pudiéramos ubicarnos desde un decir que nos coloca, desde la mirada accidental (nuestra cultura en occidente, nuestra historia), como que “somos los hacedores”,  mientras los “orientales” se conciben como que “vienen a este mundo a algo”, que su vida ya está predeterminada, que hay una divinidad, hay un destino; nuestra propuesta del “forjador de destino” podría estar en el centro de ambas miradas, ya que si bien no negamos la posibilidad de una divinidad (de algo superior, de un Supremo) que, concebimos, se manifiesta en nosotros mismos, en la expresión del mejor Ser que deseamos ser. También nos resinificamos como “hacedores” cuando nos constituimos como forjadores de nuestros propios destinos. Y en tanto aceptamos que la capacidad de empoderarme para llegar a donde quiero llegar, está en mí; también creemos que el Ser que somos es mucho más grande que nuestros propios límites biológicos, porque el Supremo se expresa constantemente en nosotros, respetando nuestro libre albedrío.

Somos “hacedores” capaces de forjar nuestros propios destinos (entendiéndolos como la imagen, el anhelo, la ilusión, el sueño; el proceso que nos constituye, nos convoca, nos reta y apasiona, en la co-creación de nuestros propios “mundos”); pero a la vez, creyentes consecuentes en la reflexión y coherentes en nuestro conversar, de nuestra espiritualidad, entendida esta como un espacio de expansión de consciencia, de que pertenezco a un ámbito más amplio, desde el observador que soy, y desde el cual entiendo y practico mi vivir. Todo ello respetando y sin descartar como posibilidad, la existencia de un Supremo (según la religión que se practique) y de un vivir distinto al que estoy viviendo, que tiene que ver con la eventualidad de un bienestar eterno. Es entonces que nuestro observador no distingue para excluir, sino que lo hace para incluir ambas posibilidades en una realidad coherente con los criterios de validez desde donde la Comunidad quiere vivir su vivir y darle sentido en el Propósito Superior que le es generativo.

Nuestros Valores Comunitarios entonces, nos abren cotidiana y permanentemente, a la experiencia activa de valorar nuestra acción (individual y como parte de la colectividad), para “tener certeza” de que está alineada al propósito superior generativo de nuestra Comunidad, potenciando así el sentido de la forja de destino que nos convoca y cohesiona como Comunidad de Propósito, a la vez que empodera y sinergiza nuestro actuar comprometido en los Lugares de Potencial Realizado que nos contengan.

Todo lo anterior sólo es concebible por cuanto los seres humanos somos seres lingüísticos. No habría forma de dar cuenta de esta dimensión de hacernos cargo y atender a nuestra existencia, ni del imperativo ontológico de conferirle sentido a la vida, si no fuésemos seres que vivimos en el lenguaje y el lenguaje humano no tuviese la capacidad de su propia recursividad. Tampoco podríamos hablar de la acción humana, de la manera como lo hacemos, sino en cuanto somos seres lingüísticos (Rafael Echeverría, Ontología del Lenguaje, Editorial Granica, 2005, pág. 53).

Es entonces que el Poder Generador del Lenguaje (Peter Senge) se expresa en la Ética del compromiso inherente a la Promesa Cumplida. Es entonces que el “poder” tiene límites y contrapesos, y se alinea a la posibilidad de sustentabilidad de la Comunidad en su Capital Social y sus Valores.

La Comunidad, en su condición de Sistema Humano, define, respeta y observa un solo Conjunto de Valores Comunitarios para su sustentabilidad, en la libertad y coherencia de que cada Lugar de Potencial Realizado podría definir en lo particular aquellos valores que soporten específicamente su actuación, siempre alineados y subordinados a aquellos superiores proclamados por la Comunidad de Propósito a la que pertenecen. Así, la red de relaciones éticas que se construyen de manera holística e incluyente a lo largo y ancho de la organización, empoderan, cohesionan y provocan sinergia hacia el interior comunitario, sustentando no sólo la actuación cotidiana, sino principalmente la capacidad transformadora y trascendente de la Comunidad, y el logro de resultados extraordinarios.

Esa capacidad social de generar comunidad es la que permite entender a la organización desde un paradigma diferente. Desde uno más humano y, por lo mismo, mucho más orientado al bienestar colectivo. Así mismo, el surgimiento y desarrollo de la red relacional ética, cimiento mismo de la capacidad social de forjar destinos, provee al conglomerado de sentido y pertenencia, superando los límites individualistas de Yo, que continuamente empodera un Ego exacerbado que lejos de ayudar, limita la actuación humana en comunidad, en colectivo, en la búsqueda de un propósito común que les inspire a actuar conjuntamente para un mismo logro, para un mismo fin. El Conjunto de Valores Comunitarios rescata la Índole Comunitaria del Yo que impulsa y fortalece las capacidades individuales de los miembros de la Comunidad, a través del trabajo de equipo empoderado en el logro de resultados extraordinarios.

Lo maravilloso es, que ante la sinergia propia de la gestión sistémica, las aspiraciones individuales alineadas a ello, encuentran su propio empoderamiento y posibilidad de ser realidad. No es como en el paradigma tradicional, en el que lo individual combate, vence y borra a lo colectivo, a lo comunitario. En el nuevo paradigma, lo comunitario se empodera en lo social, y empodera el logro individual comprometido paralelamente. El aprender a vivir en la cultura de la promesa cumplida, no sólo fortalece la relación con quien me comprometo desde el pedido o la oferta, sino que me permite asumir ofertas y pedidos conmigo mismo, los que se transformaran en “realidades” a partir del auto-compromiso en el “prometerme, declarar mi aceptación  y cumplir”. Así, la Índole Comunitaria del Yo no sólo empodera la capacidad colectiva de logro y destino, sino que paralelamente nutre e impulsa la posibilidad individual de todos los miembros de la Comunidad en hacer realidad sus anhelos, y la capacidad transformacional del Ser que “habita” en ellos.

Pero los Valores no responden en sí a una promesa concreta, sino que apoyan la consecución ética de las promesas que sustentan la red relacional comunitaria. Encaminan a cada promesa que es tomada en el compromiso individual comunitario (aquellos que asume cada persona en favor de su Comunidad), en cada oferta y en cada pedido, que se dan en la acción cotidiana y que se corresponden en las declaraciones de aceptación consecuentes, todo dado en el presente, en tiempo real, y en la construcción del futuro común al que se aspira (forja de destinos).

Así es que tenemos una Misión que se expresa en el presente de la acción comunitaria, una Visión que construye permanentemente en el presente la aspiración de futuro de la Comunidad que forja su destino, y unos Valores que le dan un sentido ético al accionar colectivo en su conjunto, convirtiéndose todo en el acumulado de Ideas Rectoras que hacen sustentable en su Capital Social y sus Valores a la Comunidad de Propósito y a los Lugares de Potencial Realizado que la conforman.

Ahora bien, cabe preguntarse si el hecho de que la Comunidad cuente con su Misión, Visión y Valores le otorga la posibilidad automática e invariable de forjar su destino, de perseguir y alcanzar el propósito superior que le es generativo.

Y desde mi mirada, la respuesta es ¡No! Se requiere de la intervención comprometida del factor humano. De los seres humanos que han decidido constituirse en Comunidad para buscar lograr un Propósito Superior que les es propio y generativo de la organización en su conjunto.

Pero dentro de este compromiso que todos los que se constituyen en Comunidad deben asumir y llevar a la práctica diaria, siempre destacará el impacto que tienen aquellos que ostentan el rol de líderes en la organización. Desde la apertura total al Aprendizaje, pasando por la gestión de Resultados y la red de Relación que caminan paralelamente en la construcción de la Arquitectura Organizacional, hasta el dominio de la Realidad y la Posibilidad, todos son ámbitos de profunda presencia y continuidad sustentados en el Liderazgo, ya que, parafraseando a Rafael Echeverría, son los líderes los que pueden impactar tanto en su auto-trascendencia como persona (la forma de Ser que somos como individuos) como en la forma de trascender más haya de nuestra individual, sumiéndonos o sumergiéndonos paralelamente en el espacio social dentro del cual nos constituimos como individuos que buscan mucho más que simplemente actuar (trabajar) juntos. Para el autor, es en el Líder donde ambos procesos de trascendencia se complementan.

El líder no es solo alguien que participa activamente en la invención de sí mismo; al hacerlo transforma el espacio social de su comunidad y genera un ámbito en el que, a la vez, otros acceden a nuevas formas de ser. El líder, por lo tanto, representa un espacio de encarnación del ser social de la comunidad de la que somos miembros (Rafael Echeverría, Ontología del Lenguaje, Editorial Granica, 2005, pág. 238).

Desafortunadamente no siempre los líderes actúan como el factor de cohesión y pertenencia que debieran ser en la constitución de Comunidades de Propósito y de empoderamiento, impulso y orgullo hacia el interior de los Lugares de Potencial Realizado. Muchas veces es el actuar de los líderes de la organización, el principal obstáculo para que las Ideas Rectoras reinen en el accionar del colectivo. Su poco apego a la observancia de ellas y su compromiso con otros intereses individuales o de grupo, no sólo los alejan a ellos de aquellos principios superiores que le son generativos a la Comunidad, sino que también generan el desapego de los demás miembros de la organización, en consecuencia a la falta congruencia entre lo que se dice y lo que se hace en la cotidianidad del accionar dentro de ella, así como en el esfuerzo co-creador de futuro y en la cultura existente que consciente o inconsciente, habita en la organización.

Cuando ocupamos cargos directivos o ejecutivos, constantemente nos contamos el cuento de que en nosotros reside una carga de responsabilidades y obligaciones mayores que en nuestros subalternos. Entonces, incurrimos fácilmente en el pensamiento de que nosotros tenemos claro qué es lo mejor y cómo deben hacerse las cosas (Santiago Beorlegui, El Despertar de la Conciencia, LID Editorial Mexicana, 2012, Pág. 56).

Sin ocuparnos de los contextos insanos dentro de las organizaciones, ni de las situaciones de doble moral o el reino de intereses ajenos a las mismas; cuando el actuar de los líderes no se alinea a las Ideas Rectoras, llevan al colectivo por un camino incierto que difícilmente les podrá conducir a donde quieren llegar.

Obviamente los individuos que se levanten como líderes influirán en su entorno social. No obstante, la perspectiva que sustentamos arranca desde una ética individual comprometida con asegurar el sentido de la vida y expandir las posibilidades de la existencia humana (Rafael Echeverría, Ontología del Lenguaje, Editorial Granica, 2005, pág. 239).

Es por ello que ser Líder es un rol fundamental en las Comunidades de Propósito ya que de su forma de constituirse en el Ser que son, radica en mucho, las posibilidades reales de que las Ideas Rectoras reinen en la organización para bien de todos los involucrados.

Roberto Arzate

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